Coautor: Luis Ángel Rivera
Hay encuentros que no se planean. O quizá sí, pero en un plano donde el tiempo cotidiano no tiene jurisdicción.
Ocurren cuando la vida —con una precisión casi imperceptible— coloca a una persona frente a algo que la rebasa.
Para René Gastón Andraca Dumit, ese momento tuvo nombre: Juan Pablo II, el Papa que hoy es santo.
En 1989, Andraca Dumit fue invitado por el arquitecto Pedro Cerisola y Weber a integrarse al equipo de seguridad de Aeroméxico.
No era un encargo menor. La responsabilidad exigía disciplina absoluta, precisión y una cualidad indispensable: la invisibilidad emocional.
En 1990, el Papa visitó México en mayo y, para el equipo de seguridad aérea, la misión consistía en custodiar cada traslado, cada llegada y cada despegue.
En tierra, la vigilancia recaía en las autoridades federales, pero, en cuanto el pontífice llegaba al aeropuerto, abordaba el avión acondicionado —un McDonnell Douglas MD-88— ubicado en el Hangar Presidencial.
Durante ese tiempo, Andraca no fue un espectador, sino una presencia constante: siempre cerca, siempre atento.
Estuvo conviviendo con el Santo Padre, a su llegada y a su salida a los diferentes estados de la República, pero sin permitirse cruzar la línea que separa el deber de la emoción.
Mientras tanto, en los hangares de Aeroméxico se preparaba el DC-10-30 que llevaría al Papa de regreso a Roma.
El cierre de aquella visita ocurrió el domingo 13 de mayo, justo en el noveno aniversario del atentado al que sobrevivió en 1981, cuando en la Plaza de San Pedro, en el Vaticano, le disparó el turco Mehmet Ali Ağca.
Por eso, con Andraca Dumit atento a su seguridad en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, el Papa Juan Pablo II pronunció en su discurso:
—No puedo olvidar que hoy es 13 de mayo, fiesta de la Virgen de Fátima, fecha muy significativa para mí por haber sentido de manera particular, tal día como hoy hace nueve años, la protección maternal de María. Por eso, en esta hora radiante de una mañana dominical, mis pensamientos y mis plegarias van hacia el santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, para pedirle que me siga acompañando siempre en mi camino como Peregrino de la Evangelización y para que Ella, como Primera Evangelizadora de América Latina, ayude a la Iglesia, que está en este continente de la esperanza, a realizar la irrenunciable tarea de la nueva evangelización que deseamos, y que ya ha comenzado con ocasión del V Centenario de la llegada del Mensaje de Jesús a estas tierras.
Se había planeado un sobrevuelo simbólico sobre la Ciudad de México para que la gente, con espejos, reflejara la luz del sol como un último saludo, despidiendo a Su Santidad; pero, desafortunadamente, el cielo nublado apagó la escena antes de que ocurriera.
El avión DC-10-30 trazó, aun así, una vuelta sobre la Ciudad de México y emprendió el regreso en ese histórico viaje apostólico.
La primera escala fue en Curazao, una isla neerlandesa del Caribe con un aeropuerto sin grandes estructuras, sin pasillos telescópicos, apenas escalinatas abiertas al calor y al mar.
En esa isla sin policías, Andraca Dumit se tuvo que quedar resguardando la aeronave.
Ahí, en esa sencillez casi desprovista de ceremonia, ocurrió lo esencial: al bajar del avión, Juan Pablo II cumplió con su tradición de besar el suelo de la isla y fue transportado en un vehículo parcialmente abierto, saludando a los fieles que lo vitoreaban.
Con cantos e imágenes de la Virgen de Fátima, más de veinte mil personas acudieron a la misa a cielo abierto que ofició el Papa en un estadio.
Durante su visita a Curazao, que duró aproximadamente siete horas, pronunció un mensaje dirigido a los jóvenes, realizó un acto de encomienda a la Virgen de Fátima —coincidiendo con el noveno aniversario del atentado en su contra— y ofreció un discurso en el palacio de gobierno.
Ese mismo domingo por la noche emprendería su viaje hacia el Vaticano.
Tras la ardua jornada pastoral, el Papa regresó visiblemente agotado al avión, donde lo esperaba Andraca Dumit.
Cuando comenzó a subir lentamente por la escalinata, el desgaste físico era evidente.
Andraca hizo lo que sabía hacer: actuar.
Inmediatamente se acercó al Santo Padre y lo tomó del brazo para asistirlo, con la precisión de quien ha repetido mil veces un gesto sin dejar espacio a la duda.
Pero, en ese acto casi automático, surgió una pregunta:
—¿Cómo se siente, Su Santidad?
Su cuerpo, ligeramente encorvado, dictaba un ritmo fatigado, como si cargara un saco invisible de recuerdos demasiado pesados.
Al detenerse un instante para recobrar el aire, su rostro revelaba un semblante de agotamiento antiguo.
Se dejó asistir por Andraca, quien lo ayudó a subir para entregarlo a su gente.
No hubo solemnidad en la respuesta.
No hubo distancia.
Solo la verdad breve de un hombre exhausto que, con voz trémula, soltó la respuesta de alguien que ya no pelea contra el tiempo, sino que simplemente lo sobrelleva.
—¡Muy cansado!
Y en esa humanidad desnuda, algo se diluyó suavemente en el andamiaje profesional que Andraca había construido durante años.
Andraca Dumit sintió la profunda fatiga del Papa, quien caminaba con una lentitud que no era pausa, sino el peso acumulado de los años.
De vuelta en el aire, rumbo a Roma, todo regresó a su lugar: la rutina, los protocolos, la vigilancia minuciosa de rostros y credenciales.
La seguridad no admite distracciones; exige memoria, control y anticipación.
Todo parecía transcurrir dentro del orden previsto hasta que, poco antes del aterrizaje en Roma, una sobrecargo se acercó a Andraca Dumit, quien se encontraba en la sección trasera de la aeronave.
La azafata llevaba un mensaje inesperado:
—El Papa lo está llamando.
No era una orden.
No era parte del protocolo.
Era, simplemente, un llamado.
Andraca se puso de pie de inmediato y se lavó la cara.
Al acudir, el jefe de seguridad del Papa le indicó cuál era el protocolo para acercarse a Juan Pablo II.
Andraca avanzó siguiendo las indicaciones: arrodillarse, besar el anillo de San Pedro, sentarse a su izquierda.
Cada movimiento exacto, medido, aprendido.
Pero entonces ocurrió lo que no estaba escrito en ningún manual: el Papa le tomó la mano.
—¿Eres católico?
—Sí.
—¿Por qué nunca te acercaste a pedirme mi bendición?
—Porque estoy para cuidarlo.
En esa respuesta no había cálculo, solo verdad.
Y quizá por eso bastó.
Porque el pontífice no respondió con palabras, sino con un gesto: lo bendijo.
Andraca Dumit sintió una sensación indescriptible de gratitud profunda y paz.
Había recibido la bendición del Papa, no desde la distancia de la investidura, sino desde la cercanía de ese contacto directo, humano, silencioso.
Años después, Andraca sigue buscando las palabras para nombrar lo que sintió.
No las encuentra.
Dice que no hay lenguaje para describir esta experiencia divina.
Habla de una paz que no irrumpe, sino que se posa; de una serenidad que no exige, pero transforma.
No lo recuerda como un episodio extraordinario en términos históricos, sino como una certeza íntima que permanece.
Su vida continuó en el ámbito de la seguridad, enfrentando situaciones donde no hay espacio para lo simbólico: protocolos activados en segundos, puertas que se cierran, decisiones que no admiten error.
Nunca perdió a un bebé bajo su resguardo en los llamados “códigos rosa” del IMSS, con el Grupo de Seguridad Privada Pryse de México, donde labora, y eso, para él, es una de las mayores pruebas de su vocación.
Pero, entre todos los episodios que ha vivido, hay uno que permanece intacto, suspendido fuera del tiempo.
Muchos vieron a Juan Pablo II.
Muchos recibieron su bendición.
Pocos pueden decir que él los llamó, que los tomó de la mano y que, por un instante, desarmó toda barrera interior al encontrarse con un ser que irradiaba paz y tranquilidad: un Papa que ahora es santo.
A veces, Andraca bromea: dice que todo lo que toca con su mano derecha se santifica.
Pero, detrás de la broma, hay algo más hondo, más difícil de decir sin que pierda su fuerza.
Porque, durante unos segundos, un hombre entrenado para prever riesgos, para controlar cada variable, quedó completamente expuesto.
No al peligro.
A la trascendencia.
Y esa —como aprendió en aquel vuelo— no se anticipa.
Solo se vive.





