Salomón Cohen: arte, sentido y la posibilidad de sanar en un mundo fracturado

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En tiempos donde la realidad parece desbordarse entre conflictos, incertidumbre y una constante sensación de fragmentación, la presencia del arte no es un lujo cultural ni una distracción estética: es una necesidad profundamente humana. Conversar con el maestro Salomón Cohen, en el marco de una entrevista que unió por primera vez dos espacios distintos como LogoCómic y De Aquí Somos y Aquí Estamos, permitió abrir una reflexión que va más allá de la trayectoria de un artista; nos situó frente a una pregunta esencial: ¿para qué sirve el arte en un mundo herido?

La respuesta no fue inmediata ni simplista. Cohen no evade la complejidad del contexto actual. Reconoce la dureza de una realidad marcada por guerras, por violencia estructural, por tensiones que atraviesan tanto lo global como lo local. Sin embargo, su postura no se instala en el pesimismo, sino en una comprensión más profunda: el arte no elimina el caos, pero ofrece una forma de transitarlo. No niega el dolor, pero lo transforma.

Desde su perspectiva, el arte no puede definirse en términos absolutos. No es una categoría fija ni una disciplina cerrada. Es, más bien, una extensión de la experiencia humana. “El arte es todo lo que vivimos”, afirma. Y en esa frase se condensa una visión filosófica donde la creación deja de ser un acto técnico para convertirse en una forma de existencia. El artista no reproduce la realidad: la interpreta, la siente, la reconfigura.

Ante la pregunta sobre la paz en un mundo convulso, su respuesta se desplaza hacia lo esencial: la paz no es un fenómeno colectivo que se impone desde fuera, sino una construcción interna. En ese sentido, el arte no detiene guerras ni resuelve conflictos geopolíticos, pero sí tiene la capacidad de intervenir en el espacio más determinante de todos: la conciencia individual. Es ahí donde puede sembrarse una posibilidad distinta.

La trayectoria de Cohen también permite observar otro fenómeno significativo: la transformación del arte en la era digital. Su incursión en el criptoarte, los NFTs y el metaverso no responde a una moda pasajera, sino a una comprensión lúcida de su tiempo. El arte ya no habita únicamente en galerías físicas; circula en plataformas, se comercializa en entornos virtuales, se experimenta a través de nuevas tecnologías. El artista contemporáneo, por tanto, no solo crea: traduce su lenguaje a los códigos de una realidad en constante mutación.

Sin embargo, en medio de esta expansión tecnológica, emerge un gesto que resulta profundamente contracultural: la pausa. Dos años de retiro, motivados por cuestiones de salud, llevaron a Cohen a un proceso de introspección que redefine su relación con la creación. En una sociedad que valora la productividad por encima del sentido, detenerse se convierte en un acto de resistencia. No producir, para volver a comprender por qué se produce.

Es en ese espacio donde el arte revela su dimensión más íntima: la sanación. Durante este periodo, el propio artista identifica cómo su obra comienza a reflejar, de manera inconsciente, su proceso físico. Las formas que emergen en sus nuevas composiciones evocan su propia columna, su cuerpo en proceso de rehabilitación. La pintura deja de ser únicamente expresión estética para convertirse en un lenguaje terapéutico.

No se trata únicamente de representar, sino de reconstruirse. En cada trazo, en cada explosión de color, subyace un diálogo interno donde el cuerpo, la emoción y la memoria buscan reconciliarse. El arte, en este sentido, no solo comunica: interviene, ordena, alivia.

En términos de la logoterapia de Viktor Frankl, podríamos decir que el artista encuentra sentido incluso en el sufrimiento, y que ese sentido se traduce en creación. La obra deja de ser un producto externo para convertirse en un proceso interno de resignificación.

No es casual que Cohen haya estudiado logoterapia. En su discurso se percibe una comprensión clara de que el ser humano necesita encontrar un motivo para continuar, un eje que le dé dirección a su existencia. En su caso, ese eje es el arte. No como profesión, sino como vocación. No como actividad, sino como forma de estar en el mundo.

Al abordar su relación con contextos internacionales, particularmente con Israel, su postura se mantiene firme en la complejidad. Reconoce la historia, la cultura, las tensiones, pero evita caer en simplificaciones ideológicas. Para él, el artista no está obligado a representar el conflicto de manera directa, pero sí tiene la libertad de expresarlo desde su propia sensibilidad. Cada creador dialoga con sus propios demonios, y en ese diálogo construye su obra.

En este sentido, el arte aparece como un espacio de mediación entre lo interno y lo externo. Entre el individuo y el mundo. Entre el dolor y la posibilidad de resignificarlo. Cohen no propone soluciones inmediatas ni discursos grandilocuentes. Su propuesta es más sutil, pero también más profunda: crear como forma de no fragmentarse. Crear como acto de continuidad. Crear como una manera de sostener la vida cuando todo parece desmoronarse.

No resulta casual, entonces, que esta trayectoria —marcada por la constancia, la reinvención y la profundidad humana— sea reconocida a nivel internacional. El maestro Salomón Cohen será galardonado con el Premio ASES DE ORO 2026, en el marco del Congreso Internacional “Excelencia, Comunicación y Trascendencia Profesional”, cuya ceremonia de premiación se llevará a cabo el jueves 23 de abril de 2026 en el Hotel Las Mañanitas, en Cuernavaca, Morelos. Este reconocimiento no solo celebra su obra, sino también su capacidad de transformar la experiencia humana en lenguaje artístico.

En última instancia, lo que esta conversación revela es que el arte no es un adorno de la civilización, sino uno de sus pilares invisibles. Es el lugar donde el ser humano procesa lo que no puede decir con palabras, donde encuentra sentido en medio del absurdo, donde transforma la experiencia en algo compartible.

Salomón Cohen, con más de treinta años de trayectoria y una constante capacidad de reinvención, encarna esa figura del artista que no se limita a producir obra, sino que construye significado. Y en un mundo donde el sentido parece diluirse, esa tarea resulta no solo valiosa, sino indispensable.

Porque quizá, al final, la verdadera función del arte no sea cambiar el mundo de manera inmediata, sino evitar que el ser humano se pierda dentro de él.

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