Protesta selectiva

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En la política hay muchas formas de hacerse escuchar, pero no todas pasan por el diálogo o la construcción de acuerdos. A veces, la ruta elegida es otra: la del impacto inmediato, la del gesto que busca reflectores.

Eso fue lo que hizo el diputado morenista Serapio Vargas Ramírez al encadenarse y amordazarse en plena tribuna. Un acto que, más allá de la causa que dice defender, deja más dudas que certezas.

Porque sí, el tema puede discutirse. El lenguaje incluyente, la forma en que se nombra el poder, todo eso es válido. Pero cuando la forma pesa más que el fondo, algo se descompone.

Encadenarse no es argumentar. Amordazarse no es dialogar. Pero hay algo que incomoda todavía más. La inconsistencia.

Porque mientras se monta todo este espectáculo por una iniciativa, en otros temas que también impactan directamente a las mujeres no se le ha visto la misma energía, ni la misma urgencia, ni mucho menos la misma dramatización.

Después de su protesta, una diputada subió a tribuna para denunciar violencia política en razón de género por parte de un compañero de la bancada de Morena, Guadalupe Santana Palma. Un tema serio, delicado, de esos que no admiten simulaciones.

Y ahí no hubo cadenas. No hubo mordazas. No hubo acto de protesta. Ahí hubo silencio por parte de Serapio Vargas.

Entonces la pregunta es inevitable: ¿qué causas sí ameritan espectáculo y cuáles no? ¿Dónde está la línea entre la convicción y la conveniencia?

Porque defender a las mujeres no puede ser selectivo. No puede activarse solo cuando el tema es propio o cuando conviene políticamente. No puede depender del reflector.

La política no debería tratarse de quién logra el momento más viral, sino de quién actúa con congruencia.

Cuando un diputado llega a ese punto, también está dejando ver que el impacto mediático pesa más que la consistencia. Y eso es lo que termina desgastando cualquier causa, por legítima que sea.

Hoy fue una cadena. Mañana puede ser cualquier otra cosa.

El problema no es el acto en sí, es lo que revela.

Que el Congreso corre el riesgo de convertirse en un espacio donde el ruido sustituye al fondo, donde la postura depende del momento y donde la congruencia se vuelve opcional.

Y cuando eso pasa, ya no se trata de legislar. Se trata de actuar.

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