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lunes, junio 27, 2022

La fugacidad del rencor y de la crispación

Ryan Holiday narra en su libro “Stillness is the Key”, un capítulo sumamente interesante en la vida de uno de los mayores atletas de la historia: Michael Jordan.

El capítulo es más o menos así: en 2009, cuando el estadio de los Chicago Bulls se prepara para brindar un homenaje a Jordan, subiendo su camiseta a las alturas del escenario, toda la afición del equipo rinde reconocimiento a quien habría de ser quizá el atleta más relevante de dicho deporte en prácticamente toda su historia.

Jordan no puede hacer sino soltar las lágrimas. La emoción le invade. Al momento de hablar, la mayoría de las personas esperaba un discurso que revelara la grandeza de quien fuese el mayor anotador en la historia de la NBA.

Sin embargo, Jordan (quien tiene prácticamente todos los récords en el salón de la fama del basquetbol internacional), comienza hablando de quienes no lo ayudaron para lograrlo. Un hombre que había probado todo de lo que era capaz, que mostró una tenacidad a prueba de cada insulto, una disciplina a prueba de cada reto, una fortaleza física que le hizo llevar a los Bulls de Chicago a ganar seis títulos, jugando aún enfermo y anotando más de 50 puntos en algunos partidos, aún no había superado los viejos rencores, las rencillas añejas, las humillaciones que enfrentó cuando nadie creía en su capacidad como jugador.

La audiencia comenzó a sentirse incómoda. Obvio, esperaba más de su héroe. Creían en un hombre que había superado todo, hasta sus propias debilidades. Y es que lo que hizo Jordan trasciende los anales de la historia del deporte. No solo fue el mejor anotador, el que atrapó más rebotes en cada partido, se convirtió en un líder de su equipo. Fue él quien creyó en el talento de Denis Rodman, el que defendió la inteligencia estratégica de un coach como Phil Jackson. Fue Jordan el que, con sus resultados, pudo hacer mancuerna con Scottie Pippen. Fue Jordan quien ponía los límites, quien los rompía, quien hizo posible lo imposible.

Dice Holiday que Jordan quiso expresar que la ira es un poderoso combustible. Pero al decirlo, en realidad consiguió lo opuesto: sus fans, sus admiradores solo vieron a un niño herido, a un hombre que lo había conseguido todo, menos vencerse a sí mismo. Al referirse con desdén a sus detractores, el atleta solo demostró que lo que lo movía era la validación de otros. Al mostrar que era el odio lo que lo empujaba a lograr cosas, Jordan mostró ser el malo de su historia, anulando su rol como el héroe que era para millones de personas.

La ira no puede ser el motor de las personas, nos dice Holiday. La grandeza está en otras virtudes, en otro tipo de logros. Si permitimos que sea el rencor el que nos empuje, habremos de hacer todo, hasta lo que nos hicieron, para lograrlo. Es decir, nos convertimos en nuestro abismo, porque no somos capaces de romper la cadena del odio. Si algo nos dice Marco Aurelio, es que el odio destruye a quien lo elige. Por eso es la virtud de seguir adelante, aún a pesar de todo.

Admiro mucho a Nelson Mandela. Leí en uno de los momentos más complicados de mi vida su libro “Long Walk to Freedom: The Autobiography of Nelson Mandela”. La personalidad de Mandela siempre ha significado para mí un torbellino de dudas existenciales. Siempre quise saber cómo un hombre puede resistir con dignidad a la adversidad y, aun así, ser capaz de perdonar. Caminar es encontrarse una serie de obstáculos durísimos, de personas que hacen hasta lo imposible para desprestigiarnos, para rompernos, para que nos rindamos. ¿Cómo logró Mandela resistirlo, superarlo, y seguir adelante, cuando le quitaron a su familia, cuando abusaron de su esposa? ¿Cómo pudo, simplemente seguir adelante y gobernar para todos, hasta para sus enemigos?

Mandela pasó 23 años en la cárcel, de manera injusta. ¿Qué movía a un hombre en momentos así? El libro no da las respuestas. Nelson Mandela no habla de cómo lo hizo. Por el contrario, describe qué fue lo que lo movió. En sus letras se puede leer a un hombre que vivió en su niñez y en su adolescencia un sistema político en donde el color de una persona determinaba todo, pero, sobre todo, limitaba al talento. Y más allá de eso, asesinaba, violaba derechos, destruía personas.

Pero hay una especie de poesía cuando describe a su tribu, cuando habla de los campos de la sabana africana. Hay en sus palabras un anhelo de compartir esas planicies, en donde el ser humano simplemente es parte de un todo, de algo más grande que sí mismo.

No pude sino sentir fascinación por esa Libertad que Mandela describe. Quizá es comparable a la sensación de un niño cuando ve por primera vez el mar y entiende que hay algo tan grande y tan inmenso que jamás habrá de comprender.

Para lograr convertirse en el líder de un pueblo herido por algo tan brutal y violento como el racismo, Mandela pudo ser un dictador que fusilara a sus captores. Pudo haber asesinado a los supremacistas, pudo haber quemado banderas de los partidos opositores, pudo ser un hombre vil, un asesino de guante blanco a la Frank Underwood, (tan adorado por cada político mexicano y tan terriblemente admirado por quienes toman decisiones públicas).

Pero no lo hizo. Lo primero que hizo fue construir un Gobierno plural. Eso es en esencia, la decisión de un hombre que estaba por encima de sus ya difíciles circunstancias. A diferencia de otros países de África, con una horrible tradición de dictadores asesinos, Sudáfrica se convirtió en la potencia emergente que hoy es porque hubo un hombre que decidió construir en vez de destruir.

Mandela buscó símbolos para unir. Se reunió incontables ocasiones con personajes que se odiaban a muerte y trató siempre de ser ejemplo de lo que les pedía: la fuerza del perdón es también una política inteligente. La destrucción mutua era propia en sociedades primitivas, pero sociedades avanzadas crean instituciones para evitarla. Lo inteligente, nos decía el premio Nobel de Economía John Forbes Nash Jr, es cooperar para maximizar las utilidades de todas las partes.

Por eso es tan difícil entender al populismo. Hoy en América Latina, estamos más divididos que nunca. Solo veo hombres y mujeres dirigiendo instituciones como si fueran niños heridos, encaprichados con decir que ellos son más fuertes, mejores, más honestos que los demás. Por eso no veo a generadores de cambio, sino creadores de envidias públicas, a personas que cazan a los opositores, a liderazgos que se asumen reyes de la intriga, en vez de ser diligentes para sanar las heridas sociales de un sistema económico que no ha sido capaz de responder.

Y es preocupante ver que el culto a la personalidad se apropia de la conversación pública. La única razón para explicarlo es que esos liderazgos han construido desde el odio y la ira personal sin entender lo que logró Mandela: despojarse de sí mismo, servir a una causa antes que a sus rencores.

Desconozco cuanta vida le quede al populismo. Colombia está en un debate en el cual está decidiendo su rumbo; México sigue sin decidir si seguirá con estas fórmulas que nada resuelven, pero sí dividen.

Pero sí creo que quienes habremos de dirigir o estamos a punto de hacerlo, tenemos que ver en el ejemplo de Mandela lecciones de vida y de política. Porque no era ningún ingenuo, como tampoco lo fue Marco Aurelio. Eran hombres que conocían a la maldad porque la habían padecido, pero sabían que había dignidad en el ejercicio del poder y ésta nace y crece en la medida en que mejora las condiciones generales de un país.

Tenemos mucho que aprender aún. Pero si algo debemos de entender, es que cada ser humano debe estar dispuesto a dejar al agravio y enfocarse como lo hizo Mandela, en una causa. Porque por cada persona que nos ha puesto obstáculos y se ha portado de la peor manera, hay otras tres que han creído en nosotros, y es con ellos con quien debemos construir.

Óscar Rivas es Economista, con maestría en Negocios Globales por la Escuela de Negocios Darla Moore de la Universidad de Carolina del Sur. Maestría en Administración de Negocios por el Tecnológico de Monterrey. Egresado del Programa de Georgetown en liderazgo e innovación y del Curso Emerging Leaders de Executive Education de Harvard. Cofundador de Chilakings Sinaloenses. Emprendedor, Maratonista y escritor.

SIGUE A ÓSCAR RIVAS EN:

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