Crónica | México detenido: el reclamo del campo que paraliza al país

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El bloqueo no es un accidente. Es una protesta. Una herida abierta que recuerda lo que muchos olvidan: no hay ciudad sin campo, ni pueblo sin agricultor.

En la carretera Celaya-Irapuato, México el sol cae a plomo sobre el asfalto detenido, como si el tiempo mismo hubiese decidido dejar de avanzar. Camiones, autobuses, tráileres, camionetas particulares, todos alineados en un silencio tenso y cansado que sólo rompen los cláxones esporádicos y el murmullo de la desesperación. Son las tres de la tarde, pero la fila de vehículos lleva ahí desde la madrugada. Nadie se mueve. Nadie avanza. Nadie sabe cuándo podrán seguir.

El bloqueo no es un accidente. Es una protesta. Una herida abierta que recuerda lo que muchos olvidan: no hay ciudad sin campo, ni pueblo sin agricultor.

Los campesinos han tomado la carretera Celaya–Irapuato, como otras tantas en México. Dicen que el gobierno no cumplió, que todo lo quiere prometer de palabra, que los acuerdos nunca llegan firmados, y que están cansados de sobrevivir en la orilla del abandono. Ellos exigen lo suyo: precios justos, apoyos reales, respeto. Y se plantaron aquí, bajo el sol, frente a un país que pocas veces los mira.

Pero la realidad no es una sola y la de quienes están varados es otra historia que se vuelve tragedia.

Alexis Hernández salió de la Ciudad de México a las siete de la noche. A las once, antes de llegar a Celaya, todo se detuvo. Una hora, luego diez kilómetros de avance, y desde la una de la mañana permanece atrapado en este punto donde la carretera se convirtió en cárcel.
“En el autobús vienen niños —dice— y ya sabrás. Si uno como adulto se desespera… imagínate los bebés.”

La noche no ofreció descanso. Los pasajeros no pudieron bajar. No por soberbia del chofer, sino por miedo. Miedo a la carretera oscura, al rumor de asaltos, a lo desconocido. “Estamos expuestos”, insiste Alexis.

Los baños se quedaron sin agua. Los tanques de los autobuses sin combustible, porque el aire acondicionado no perdona. Las personas sin comida. Sin bebida. Sin un sitio donde hacer sus necesidades. Los cuerpos cansados, los nervios tensos, la cabeza pesada.
La fila es interminable: 24 kilómetros hacia adelante. Otro tanto hacia atrás.
Cientos de historias detenidas en medio de la nada.

Y sin embargo, la escena no es de violencia. Es un país complejo el que se abre aquí:
Los campesinos reparten café y pan a quienes están cerca del bloqueo. Invitan a desayunar. Comparten lo poco que tienen. No gritan. No golpean. No exigen sometimiento. Solo hacen visible su reclamo.

Hombres y mujeres que trabajan la tierra, que hacen posible el pan, la tortilla, la fruta, la carne, el alimento que llega todos los días a las ciudades que no saben mirar hacia donde nace su comida.

Los otros, los varados, son también víctimas. No del campesino. Sino de un sistema que permitió que llegar a esto fuera la única forma de ser escuchado.

Porque entre el reclamo justo y el sufrimiento humano que provoca el bloqueo, hay un gobierno ausente. Un puente roto. Una voz oficial que no responde

El dolor se acumula por ambos lados. El país está detenido sobre una carretera. Aquí, donde el calor desgasta y la noche amenaza volver, se encuentran dos Méxicos que deberían ser uno solo: El que siembra. El que viaja. El que vive del trabajo. El que intenta llegar a casa.
Las carreteras no deberían ser trincheras, pero hoy lo son.

Si la ciudad necesita comida, necesita campo. Si el campo quiere justicia, necesita ser escuchado. Mientras tanto, el sol sigue bajando. Los vehículos siguen parados. Y la vida se suspende, como un suspiro que no termina de soltar.

México tiene frente a sí una verdad que duele: Cuando el campo se detiene, el país entero se detiene con él.

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