Lecciones de política: el precio de los aduladores

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Hay lecciones que ningún diplomado de formación política enseña, y no por accidente: enseñarlas de verdad significaría admitir que la política no se aprende en un fin de semana ni se acredita con una constancia. Se aprende, cuando se aprende, a fuerza de errores costosos, de consejos mal dados y peor recibidos, de años acumulando el tipo de cicatriz que ningún curso puede simular. Y hay quienes, con cargo, con micrófono, con poder de decisión sobre la vida de millones, nunca llegan a aprenderlas — porque nadie se las exigió, porque el aplauso llegó antes que el criterio. Llevo años dedicado a la formación del pensamiento crítico, y si algo he confirmado en ese tiempo es que la diferencia entre un político y un estadista rara vez está en el discurso que da: está en quién se sentó, sin que nadie lo viera, a leer lo que otros ya habían aprendido a golpes siglos antes de que él naciera.
La primera de esas lecciones no tiene que ver con el carisma, ni con la estrategia, ni con ninguna de las cosas que se enseñan en los talleres de “liderazgo transformacional”. Tiene que ver con algo mucho más elemental y mucho más difícil: quién le habla al oído a quien manda, y qué le dice cuando lo que hay que decirle es incómodo.

El 28 de mayo de este año, en el Hospital General Regional No. 1 de Ciudad Obregón, Sonora, alguien grabó una rata desplazándose por los ductos del techo. El video se volvió viral. El IMSS reconoció el hecho y dijo que reforzaría la limpieza.

Hasta ahí, un episodio menor, uno más de los que ya venían circulando sobre plagas en clínicas del instituto. El 2 de junio, en la conferencia matutina, la presidenta Claudia Sheinbaum lo mencionó para desestimarlo: dijo que había mucha campaña de mentiras, que ella misma había visto el video, se lo había mandado al director del IMSS, Zoé Robledo, y que él le respondió que no, que ese hospital no era mexicano, que era un hospital en la India.

Léase de nuevo esa respuesta. No dijo “vamos a investigar”. No dijo “revisemos qué hospital es”. Dijo India, con la seguridad de quien no necesita verificar nada porque ya decidió qué versión conviene más. Y la presidenta la repitió, en cadena nacional, con la misma seguridad prestada. El hospital era mexicano. Era el de Obregón. La mentira no le costó a Robledo. Le costó a ella, sola, frente a las cámaras.

Maquiavelo dedicó un capítulo entero de El Príncipe a este problema exacto, y lo hizo sin ninguna ingenuidad sobre la naturaleza humana: dijo que las cortes se llenan de aduladores porque los hombres se complacen tanto en lo suyo que se engañan solos, y que no hay defensa posible salvo que el príncipe deje claro, de antemano, que decirle la verdad no ofende. No que la busque activamente entre cualquiera — eso lo vuelve manipulable, sujeto a la opinión de todos —, sino que reserve, deliberadamente, un espacio reducido donde pocos puedan contradecirlo sin pagar por ello. Casi nadie logra ese equilibrio. La mayoría, sin proponérselo, va entrenando a su alrededor un coro que aprendió qué decir para no incomodar, y cuando por fin necesita una voz honesta, ya no le queda ninguna.

Baltasar Gracián, dos siglos después, llegó a la misma advertencia desde otro ángulo. En el Oráculo Manual aconseja rodearse de quien tenga el valor de contradecir, porque la verdad, dice, casi siempre llega envuelta en aceite para que resbale mejor, y quien se acostumbra al aceite pierde la capacidad de reconocer el agua. Lo que hizo Robledo no nace, probablemente, de la maldad. Nace de algo más común: el cálculo, casi automático, de que la mentira cómoda tiene un costo diferido que paga otro, y la verdad incómoda tiene un costo inmediato que paga quien la dice primero.

A quien apenas se asoma a la política o a cualquier posición de mando, esta lección debería incomodarlo dos veces. Primero porque tarde o temprano va a estar del lado de Robledo: va a tener información que sabe que va a doler, y la salida fácil siempre va a estar disponible. Y segundo porque, si llega a mandar, va a estar del lado de Sheinbaum: rodeado de gente que aprendió, mucho antes de conocerlo, qué tipo de noticias sobrevive el trayecto hasta su escritorio y cuáles se quedan filtradas en el camino.

Ninguna de las dos posiciones se resuelve con un curso de fin de semana. Se resuelve, si acaso, decidiendo de antemano, con la cabeza fría, qué clase de voz se quiere ser cuando decir la verdad empiece a costar. Porque ese momento llega. Y para entonces ya casi nunca queda tiempo de decidirlo bien.

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