No quiero regalarle otro año de mi vida a la violencia

¿En qué momento dos años se convirtieron en una vida entera?

La fotografía de arriba la tomé durante una de las tantas protestas que se han hecho en Sinaloa, pero hoy, cuando vuelvo a verla, hay algo que me pega distinto.

“Queremos vivir sin miedo”.

Lo escribimos, lo gritamos, lo llevamos a las calles porque eso era lo que queríamos entonces. Y lo seguimos queriendo hoy. Eso es quizá lo más duro de mirar esta fotografía: que el mensaje sigue teniendo sentido.

Han pasado dos años desde aquel 9 de septiembre de 2024. Dos años desde aquella mañana en la que despertamos sin saber que lo que estaba ocurriendo en Sinaloa no iba a durar unos días, ni unas semanas, sino que terminaría convirtiéndose en una parte demasiado larga de nuestras vidas.

No sabíamos que íbamos a aprender a cuidar las salidas, a pensar las rutas, a avisar cuando llegábamos, a estar pendientes del teléfono. No sabíamos que habría noches de ansiedad, días de cansancio y momentos en los que simplemente querríamos dejar de enterarnos de lo que estaba pasando.

Tampoco sabíamos que dos años después seguiríamos contando:

Casi 4 mil personas asesinadas. Más de 4 mil desaparecidas. Más de 7 mil empresas cerradas. Más de 50 mil empleos perdidos, vehículos robados, escuelas afectadas, familias que cambiaron su vida y se fueron…

Son números enormes, pero después de repetirlos tantas veces existe el riesgo de que dejen de decirnos lo que realmente significan.

Porque detrás de cada uno hay una vida que estaba ocurriendo.

Y la vida siguió.

Como dice Sabina, “como siguen las cosas que no tienen mucho sentido”.

Siguieron los cumpleaños, el trabajo, las escuelas, los pendientes, las reuniones, los proyectos, las personas que se fueron y las que llegaron. Siguieron naciendo niños, creciendo los que ya estaban y a otros casi 180 les truncaron la vida.

La vida siguió pasando mientras nosotros intentábamos entender cómo vivir en medio de todo esto.

Y quizá ahí está una de las cosas que más me cuesta aceptar cuando pienso en estos dos años: todo lo que pasó mientras esperábamos que esto terminara.

Y quizá por eso, cuando vuelvo a mirar esta fotografía, lo que más me duele no es recordar lo que decía. Es darme cuenta de que todavía seguimos pidiendo exactamente lo mismo:

Queremos vivir. Sin miedo.

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