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miércoles, mayo 18, 2022

La Ingobernable: El caso de Elena Garro

En Fuentes Fidedignas, nos hemos dado a la tarea de hacer una recopilación de entrevistas, escritos y columnas de nuestro director Luis Enrique Ramírez. En esta ocasión, estamos compartiendo con ustedes, queridos lectores, el inicio del libro La ingobernable: Encuentros y desencuentros con Elena Garro, publicado en el año 2000 por Hoja Casa Editorial (Raya en el Agua).

Introducción

Por Elena Poniatowska

El homenaje nacional que se le brinda en Bellas Artes ha concluido. Elena Garro es por una multitud que acaba  por formar una fila: felicitaciones, autógrafos, citas,  breves entrevistas y manifestaciones de jubilo como la de Emilio Carballido, cuyo largo abrazo es interrumpido por ella. Nadie parece haberse retirado del salón, tan lleno como al inicio, Rafael Tovar y de Teresa la toma de un brazo y la lleva a conocer el recinto, en lo alto del palacio de mármol. Entonces la veo por primera vez frágil, etérea, el abrigo café por toda protección. Me encuentro junto a Marco Aurelio Carballo, a quien ella algo dice sobre lo guapo que es. “¿Te acuerdas cuando partías plaza Madrid?” Tal vez para evitar rubor, Carballo me presenta. Veo venir hacia mí la mano lánguida que al llegar me estremece. Elena Poniatowska me explicara años mas tarde: “Ella tiene adentro algo que los demás no tenemos”.

La literatura de Elena Garro, –dramaturgia, novela, cuento—ha logrado colocarse por encima de su autora, Su convicción  rabiosamente derechista, el repudio que le atrajo su postura frente al movimiento estudiantil de 1968, sus excentricidades y delirio paranoico que solo ella era capaz de negar, la orillaron al auto exilio durante 20 años. Se le impuso desde entonces, como penitencia, el olvido. Hoy, aun cuando persisten los recelos frente a este ser de naturaleza impredecible, el valor de su obra es reconocido y Elena Garro emerge como un insólito caso de deslinde persona-escritor en el medio intelectual mexicano. “Es quizá, la mujer mas brillante entre todas las que he tratado; también, una de las mas intrigantes y perversas”, escribe Emmanuel Carballo.

Un grado excepcional de inteligencia y una capacidad imaginativa desbordante la vuelven, para muchos, la mejor escritora actual de America latina. Es, de hecho, la iniciadora del llamado “realismo mágico” que acabo por rechazar: Los recuerdos del porvenir , su primera novela, fue publicad en 1963, cuatro años antes que Cien años de soledad  de Gabriel García Márquez . Allí, los personajes adquieren el don de volar o de convertirse en sombras para escapar de sus perseguidores y son capaces de cruzar la lluvia sin mojarse, todo  por obra y gracia de un milagro que será al final, paradójicamente la causa de su destrucción. El amor. Isabel Moncada, la protagonista, termina convertida en piedra. Sin embargo, alegaba la Garro convencida—y, lo que es mas grave, convincente–,”eso es real, porque en Guerrero hay un montón de gente que se convierte en piedra. “Que fulanita andaba en los malos pasos y en una de esas quedo hecha piedra”, cuentan, y yo lo creo. Pero eso no es magia, es mas que magia”.

La observación del fenómeno que en ella misma entraña Elena Garro es lo que motiva esta reunión de trabajos periodísticos: dilucidar, en lo posible, la compleja personalidad de la escritora en función de sus palabras; la maraña de visiones y fantasías con que funda un imperio en la que es dictadora y habitante única, regida por sus propias leyes y bajo una solo lógica que es asequible para ella cuyos códigos, no obstante, ofrecen en su escritura descubrimientos infinitos, puertas  nuevas a la percepción y una incluso notable: la realidad es múltiple.

Abismal y fascinante, extranjera en cualquier sitio de la tierra, mas parte del mundo de los gatos que de los humanos, Elena Garro fue creadora de un mito personal que volvió, en lo literario, su heroína: la criatura perseguida, recurrente pero siempre irrepetible. La desadaptación marco su vida, y es a tal fatalidad que debemos uno de los mas grandes aportes de la literatura contemporánea. La literaria de Elena Garro no es si no una autografía interminable: un retrato de si misma, o de cómo ella lograba verse. Envolvente, convence a sus lectores para luego, quizá como culminación de su juego y de su burla, delatarse en su compulsión mitómana. Dice también Emmanuel Carballo: “admiro en ella la pureza de la infancia (que se permite decir lo que piensa aunque transgreda los códigos de la amistad y comportamiento con los seres queridos), la maldad (admirable siempre y cuando principie a producir catástrofes en la misma persona que las desata) y el desamparo: Elena Garro estuvo y esta tan sola como un presidente  de México en los últimos días de su sexenio”

El mito de la Garro comenzó a envolverme desde mis años de adolescencia. Testimonios sobre Mariana despertó el afán de saber quién era la autora de aquel libro que percibí testimonial. Elena Garro se perfilaba fantasmal y misteriosa, más inasible que la propia Mariana. Lector debutante el norte bárbaro, descubrí que los únicos rastros de Elena Garro debían estar  en sus relatos, no en las enciclopedias, ni en las antologías, ni en las páginas culturales de los diarios de los que entonces, reciente aún la herida del 68, se encontraba proscrita. La publicación de aquel libro y el otorgamiento del Premio Grijalbo eran los primeros atisbos del perdón que le sería concedido 12 años después.

Cumplida la penitencia de 20 años de olvido, la injusticia, de cualquier modo, la persiguió; no obstante que estuvo incluida en el Sistema Nacional de Creadores, el Premio Nacional de Literatura le fue negado sistemáticamente pese a lo indiscutible de su trascendencia en nuestras letras. Este honor, dicho sea de paso, no ha sido concedido hasta hoy a ninguna mujer escritora.

A cambio de los galardones, Elena Garro tiene su leyenda y el irrefutable sitio de figura mayor de la narrativa mexicana.

L.E.R.

EL CASO ELENA GARRO

Elena Delfina Garro Navarro nació en la ciudad de Puebla el 11 de diciembre de 1917, aunque ella solía cambiar el año: 1920. Sus padres fueron José Antonio Garro – español –   y Esperanza Navarro – mexicana – , “dos personas que vivieron fuera de la realidad, dos fracasados, y que llevaron a sus hijos al fracaso”, según la propia Elena. “Ellos me enseñaron la imaginación, las múltiples realidades, el amor a los animales, el baile, la música, el orientalismo, el misticismo, el desdén por el dinero y la táctica militar leyendo a Julio César y a Von Clausewitz, Mientras viví con ellos sólo lloré por Cristo y por Sócrates, el domingo en que bebió la cicuta… (Protagonistas de la literatura mexicana, Lecturas Mexicana, 1986)”.

Tuvo cuatro hermanos, hoy todos fallecidos: Albano, Estrella, Jesús y Devaki, a quien vivió mayormente apegada. Juntas corrían – niñas durante la guerra cristera – al lado del coche de Plutarco Elías Calles para gritarle: “¡Viva Cristo rey!”. El Padre Pro era su héroe aunque de adultas Devaki se volvió comunista férrea. Elena permaneció “católica, monárquica y guadalupana”, según su propia definición.

“Ella era de derecha y sigue siendo de derecha – refería Deva en la revista Proceso 776 –, y nadie lo creía porque la oían hablar como izquierda. Ella pensaba en devolver a los zares al poder (…) nadie la entendió, ni ahorita tampoco, porque sus opiniones son muy duales: cree en un sistema con un gobernante puesto por la mano de Dios pero que sirva realmente a su pueblo, algo que es absurdo, que no se va a dar nunca”.

¿Crees en la felicidad? Le preguntó Emmanuel Carballo y la Garro contestó: Sí, porque me acuerdo que la practiqué en la infancia”. Vivió añorando los tiempos iniciales de su vida en el mundo fantástico inventado por sus padres. Le gustaban los juegos de niño y lo primero que quiso ser de grande fue general de división; más tarde, educada en colegios religiosos, creyó tener vocación de monja.

“Elena Garro combate en su obra narrativa la angustia de perder la infancia – escribe Luzelena Gutiérrez de Velasco –. Desde su perspectiva inventa y reconstruye un tiempo signado por la felicidad, por la plenitud, por el derroche”. (Escribir la infancia. Narradoras mexicanas contemporáneas. Ed. El Colegio de México).

A los 7 años se trasladó con su familia a Iguala, Guerrero. “Quiero mucho a Guerrero. Tiene muy mala fama, es como yo”. Contaba 15 años de edad cuando vinieron a  residir a la ciudad de México. Aquí hizo la preparatoria en San Idelfonso, estudió letras españolas en la UNAM y trabajó como coreógrafa del Teatro Universitario que entonces dirigía Julio Bracho. “Debutamos en el Teatro de Bellas Artes con un éxito tan grupo”. Colaboró con Xavier Villaurrutia y con Rodolfo Usigli.

Paz

En 1935 se presentó un suceso que cambió su vida: conoció en un baile a un joven estudiante de nombre Octavio Paz. Se casaron dos años después y casi inmediatamente viajaron a España, en plena guerra civil. Él, de 22 años, era el más joven poeta invitado al antifascista Segundo Congreso Internacional de Escritores celebrado en Valencia. Asistían, entre otros, André Malraux, Pablo Neruda, León Felipe, Alejo Carpentier y Nicolás Guillén convocados por Rafael Alberti quien, al oir hablar a “la rubita”, como llamaban todos a aquella Elena Garro adolescente, exclamaba sorprendido: “Esta chica, con esa vocecita, sólo dice barbaridades”.

Elena recuperó aquellas vivencias en su libro que publicó en 1992, Memorias de España, 1937. Narra allí su encuentro con una Europa distinta a la de sus lecturas y sueños infantiles, su llegada al frente de batalla, el desconcierto que ya desde entonces provocaba su singular personalidad – niña inconsciente para algunos, “la pacecita” era acusada por otros de ser espía inglesa –, su adicción al “futbolito”  y a los cigarrillos Lucky Strike, su encuentro con los grandes escritores que tomaban parte en el encuentro y también con los que no: se reunía en secreto por las tardes con Luis Cernuda a la orilla del mar, presenció una imagen patética de Antonio Machado y adivinó el sufrimiento en el rostro grave de César Vallejo, “el elegido de la desdicha”, poco antes de que éste muriera de hambre en París.

Evoca en su relato a Tina Modotti, partícipe en la guerra española bajo el nombre de María, como una mujer tenebrosa llena de poder que le ordenó presentarse ante ella, a lo cual la Garro se negó. Dedica conceptos generosos a algunos personajes del México de los años treinta como Ninfa Santos, amiga suya hasta el fin de sus días, Lupe Marín (“debe hacerse una revisión de su vida para colocarla en el lugar que mereció en México en el siglo”) y Juan de la Cabada, cómplice en aquel viaje de sus bromas a los intelectuales, de quienes subraya sus errores y contradicciones: “Era dramático ser comunista… y peligroso”. El libro concluye con la narración de su azaroso retorno a México a bordo del barco Orinoco, en tercera clase para ayudar a costear el boleto de un empobrecido Silvestre Revueltas.

Desde el principio hasta el final de este libro, la omnipresencia de Octavio Paz es inquisición, censura y tormento para quien fuera su esposa:

“Durante mi matrimonio, siempre tuve la impresión de estar en un internado de reglas estrictas y regaños cotidianos que, entre paréntesis, no me sirvieron de nada, ya que seguí siendo la misma… Los mexicanos siempre compadecieron a Paz por haberse casado conmigo. ¡Su elección fue fatídica! Me consuela saber que está vivo y goza de buena salud, reputación y gloria merecida, a pesar de su grave error de juventud”.

La unión, sin embargo, se prolongó por 30 años. A causa principalmente del trabajo diplomático de Octavio Paz, vivieron largas temporadas en Europa. Tuvieron una hija, Laura Elena, a cuyo segundo nombre le fue añadida una H en los colegios franceses; se dedicó también a la poesía y hoy la conocemos como Helena Paz.

Personaje de novela

Por extravagante. Por magnética, Elena Garro se convirtió en un personaje literario recurrente. José Bianco la recreó en su novela La pérdida del reino y  Adolfo Bioy Casares en El sueño de los Héroes. Carlos Fuentes publicó en 1964 Cantar de ciegos, volumen de cuentos que abre con uno titulado “Las dos Elenas”. Elena Garro y su hija Helena Paz son identificables en este relato que más tarde fue llevado al cine por Juan Ibáñez. El acercamiento más reciente a Elena Garro como personaje novelesco es la “Amaya Chacel” de Elena Poniatowska en Paseo de la Reforma (1996), una mujer que recoge niños de la calle, defiende a los desposeídos y pernocta en los plantones con su abrigo de pieles como colchoneta; en sus cenas sirve tacos de moronga acompañados  del mejor vino francés y deslumbra a sus interlocutores no sólo por su excentricidad, sino por su inmenso poder verbal. Acaba este personaje fascinante y contradictorio siendo victima de sus excesos.

Elena Garro aparece también – diabolizada – en por lo menos dos de los grandes poemas de Octavio Paz: Piedra del sol y Pasado en claro, y en la inspiradora de su cuento Mi vida con la ola en que un hombre captura una ola y se la lleva a vivir a su casa; un día la ola se enoja y comienza a armar desastres. Él se harta, la congela, la hace cachos con un picahielo y la reparte en los bares para acompañar cocteles.

Cuando estuvo finalmente asentada en México, Elena Garro se dedicó a la defensa de los campesinos, adoptó posturas claramente antigobiernistas y se alió a Carlos A. Madrazo, cabeza de una fuerte escisión dentro del PRI. Ejerció el periodismo en revistas como Sucesos y ¿Por Qué? Alojaba a líderes campesinos en su casa de Alencastre, en Las Lomas, donde llegó a recibir a 160 personas. En una ocasión llevó a una multitud de ellos a pedir justicia a una elegante recepción del Fondo de Cultura Económica para Rómulo Gallegos, en la que estaba presente Octavio Paz. Los echaron. A la salida, Las  llantas de todos los coches habían sido ponchadas.

La estatura mítica de Elena Garro se entreteje con cantidad de anécdotas y desplantes de este tipo, con el gigantesco poder de seducción de que hacía gala pero también, y sobre todo, con la calidad de su escritura. Sibarita nata, vivió sus primeros 40 años dedicada a la vida mundana y a sorprender a propios y extraños con su dominio del arte de la conversación. Mucho tiempo hubo de pasar antes de descubrirse que, en secreto, también escribía. Fue por insistencia de Octavio Paz, cuando éste animaba el grupo Poesía en Voz Alta, que comenzó a hacer dramaturgia. En julio de 1957, como parte de aquellos programas, se estrenaron tres breves y extrañas obras de su autoría: Un hogar sólido, Andarse por las ramas y Los Pilares de Doña Blanca. Al año siguiente la Universidad Veracruzana publicó su primer libro, en el que reunió 6 piezas de teatro en un acto; lo tituló Un hogar sólido. “Si llega tardíamente al público lector, a los 38 años – dice Emmanuel Carballo –, llega dueña de un oficio, de un lenguaje poético y eficaz, de una sabiduría burlona con los cuales construye sus obras”.

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