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domingo, octubre 17, 2021

La estupidez de la estatización

Todo nacionalismo es la ideología del aislacionismo, de la reivindicación de la tribu, de la ignorancia del mundo. Y es así porque desaparece la conceptualización de que las diferencias culturales son fronteras, cuando en realidad, deberían ser conversaciones sociales. 

Además del nacionalismo, tenemos la sacralización del Estado como solucionador único de los acontecimientos históricos. En este proceso, se destruye al individuo para darle significación al sistema político, por encima de la libertad individual. El Estado parece ser y estar, con su ideología dominante, por encima de las libertades. 

El Estado nunca ha sido eficiente para resolver problemas de mercado. La razón es simple: está supeditado a los vaivenes de la opinión y no a la búsqueda de la eficiencia. Es un actor caprichoso, dirigido en algunas ocasiones por incapaces y en otras, por personajes con sesgos personales que limitan su capacidad de decisión. Para evitar los problemas de los ciclos políticos, el Estado está obligado a construir instituciones y sobre todo, reglas claras para que los competidores de la economía sepan con claridad cómo pueden participar en los procesos de producción, comercialización, financiación y mejoramiento de las diferentes industrias.

El nacionalismo en economía inhibe la competencia y con ello, castiga a los competidores. No por nada Adam Smith, el creador de la Ciencia Económica contemporánea, entendió que el Estado cuando protege a sus productores en vez de incentivar su capacidad de competencia, genera menor capacidad de acceso a los consumidores, que no pueden encontrar bienes de calidad y quienes intentan entrar al mercado, son anulados por un Sistema Político que pretende la cooptación y no la optimización.

El Estado puede ser un competidor, pero si no se regula a sí mismo, cae en la posibilidad de que su ineficiencia lo ahorque. Veamos a Pemex, que es actualmente la petrolera más endeudada del mundo en este momento. Y aunque el ruido mediático nos insista que todo “se resuelve combatiendo la corrupción”, el verdadero problema es más simple: es un tema de optimización.

Cantarell fue el yacimiento petrolero más importante de nuestra historia y su explotación alimentó de manera importante a las finanzas mexicanas alrededor de 20 años. Pero como el amor, todo lo bueno acaba algún día. De producir 5 millones de barriles diario, hoy México no puede llegar a los dos millones. Esto en cualquier empresa privada hubiera significado disminuir personal y liquidarlo conforme a la Ley. Pero lo que hicieron los políticos mexicanos fue evitar el costo de esa decisión.

En vez de reducir a la plantilla laboral, decidieron aumentarla. Para pagar ese incremento, recurrieron a la deuda, por lo que cada vez era más difícil para Pemex pagar y, por tanto, los bonos emitidos, valían menos y nos tocaba pagar más interés (si aumenta el riesgo de no pago, hay un costo financiero cada vez más alto).

El petróleo que tenemos está en el océano profundo y Pemex no tiene la infraestructura tecnológica para explotarlo. Lo eficiente sería compartir el riesgo con algún socio petrolero que sí lo tenga, aunque sea privado. Pero eso sería para algunos, lucrar con la riqueza nacional, cuando en realidad es un acto, insisto, de optimización. Si yo no puedo solo, tendría que asociarme y compartir la utilidad. 

Lo que la Reforma Energética de Obrador plantea en estos momentos, es aún peor. No solo es evitar que la Comisión Federal de Electricidad se autorregule más y mejor. Es evitar que, si su ineficacia evita el crecimiento de una industria, los privados no puedan asociarse para resolverla. Peor aún, es un agravio a los acuerdos internacionales que México ha signado, ya que ningún país puede cerrar su competencia sin violar los tratados de libre comercio.

Más aún, todos van a estar obligados a venderle electricidad al precio que quiera la paraestatal. Esto significa que, aunque tu capacidad de producción sea óptima, CFE puede pagártelo sin que sea tu punto de equilibrio, con lo que las empresas privadas operarán con pérdidas.

La jugada es obvia, desaparecer a los actores privados para que CFE se convierta a la vez en un monopolio (un solo vendedor) y a la vez, sea un monopsonio (un solo comprador). La industria mexicana tendrá que perder gran parte de su atractivo internacional (basado en sus bajos costos de producción), porque ahora, la electricidad por hora será aún más cara.

Y si eso fuera por sí mismo un enorme problema para la economía mexicana, veremos que en vez de promover el desarrollo de energías limpias como la solar y la eólica, esta Reforma pretender limitar su crecimiento, sobrerregularlas y, además, castigarlas fiscalmente. No solo ya no será posible producir electricidad de energías limpias, sino que será casi imposible venderla.

Todo lo anterior, en medio del Cambio Climático que amenaza a toda la población mundial, que destruye el medio ambiente y que está matando miles de especies protegidas al año. Sí, la reforma energética ni siquiera menciona cómo disminuirá México sus cuotas de Dióxido de Carbono, que por obligación con el Acuerdo de París, es una tarea pendiente.

Esta Iniciativa de Reforma al Sistema de Producción y Comercialización de Energía va a herir a la economía mexicana, con un costo incalculable para que los sectores estratégicos puedan crecer. Lo peor, es que es una regresión al pasado en que estábamos atrapados en 1970, en donde solo el “Estado Revolucionario” podría defender los “intereses de la nación”.

Esa visión estatista es una estupidez histórica. Lo hemos visto no solo en Pemex, sino en innumerables modelos económicos. Si Obrador cree que el “milagro mexicano” dirigido por Antonio Ortiz Mena fue posible gracias a la protección nacionalista de ese entonces, no le ha quedado claro que, en estos momentos, la economía global se rige por otros aspectos, entre ellos, que las cadenas de producción están quebradas en varios países. (Un avión, por ejemplo, se arma en un país al que llegan todas las piezas desde otras naciones).

La ideología nacionalista es pura manipulación social. Castiga al pensamiento contrario a la clase dirigente del Estado y promueve ineficiencias en nombre de la soberanía. Se puede amar profundamente a tu país y estar totalmente en contra de quienes lo dirigen. Quienes no entienden esto, aman más a una ideología que a su nación.

Con el litio sucederá exactamente lo mismo que con el petróleo: nos lo vamos a acabar y vamos a derrochar la utilidad en fantasías presupuestales que alimentarán programas sociales mal diseñados, mal implementados, clientelares y mal hechos. 

Las empresas privadas, sean nacionales o no, están obligadas a hacer las cosas de manera eficiente, porque de no hacerlo, estarían cediendo su lugar a otras que sean más eficientes. La estatización de Obrador con el litio, insisto, será igual que lo que pasó con Cantarell: perderemos la riqueza natural en presupuestos insensatos con el futuro de México.

Los beneficios de un sistema de producción de energía abierto son obvios. Los países más desarrollados les han apostado a instituciones autónomas del control político, para ser imparciales en momentos en que los mercados fallen o entren en crisis. 

Hoy en México, vemos que estos beneficios nos serán negados por una clase dirigente que no entiende ni una tilde sobre la Ciencia Económica y que, en vez de usar la técnica para beneficiar al país, para ayudar a los consumidores, para provocar empresas más competitivas, desprecia a la Ciencia en aras de consolidar una narrativa social que no llevará a México al futuro, sino que lo regresará al pasado.

Ojalá el bloque opositor se permita el debate serio, que escuche a las Cámaras de Empresarios y entienda que, además, México no puede ir en contra de sus acuerdos internacionales y sea capaz de convencer a la sociedad mexicana de lo peligroso que es cerrar el sistema eléctrico mexicano en este momento y de los problemas ecológicos que tendremos de producir energía quemando carbono.

APÉNDICE.

La inflación en México sigue imparable con diez meses consecutivos al alza. Particularmente por el precio del gas, que golpea a toda la cadena productiva y los comportamientos erráticos en materia logística que ha tenido la industria. Como hemos visto, Gas Bienestar resultó una ocurrencia más y no una política pública seria, con efectos positivos para los consumidores. El sector del Gas en México requería más fuerza por parte de los organismos autónomos, como el Consejo Regulador de Energía, en vez de una presencia sin coherencia por parte del Ejecutivo.

SIGUE A ÓSCAR RIVAS EN:

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Economista. Maestría en Negocios Globales por la Escuela de Negocios Darla Moore de la Universidad de Carolina del Sur. Maestría en Administración de Negocios por el Tecnológico de Monterrey. Egresado del Programa de Georgetown en liderazgo e innovación y del Curso Emerging Leaders de Executive Education de Harvard y del Programa de liderazgo y ciudades inteligentes de la Fundación Naumann, de Alemania. 

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