La elección de 2027 todavía no comienza formalmente, pero los primeros números ya dibujan un escenario que merece atención: Mario Zamora está consiguiendo competitividad, mientras la designación de Imelda Castro enfrenta un nivel importante de inconformidad entre la población consultada.
No significa que la elección esté definida, mucho menos que Zamora tenga asegurada una candidatura o un triunfo. Pero sí hay datos que permiten afirmar que el priista ha dejado de ser solamente un aspirante más y comienza a colocarse en el centro de la conversación rumbo a 2027.
La fotografía más reciente de Arias Consultores resulta particularmente significativa.
En un escenario directo, Mario Zamora aparece con 19.3% de intención de voto, frente a 18.9% de Imelda Castro. La diferencia es de apenas cuatro décimas y, considerando el margen de error reportado de ±4 puntos porcentuales, estadísticamente representa un empate.
Pero el dato cambia cuando se incorporan alianzas.
Con PRI y PAN, Zamora alcanza 29%, mientras Castro registra 20.5%. Luego, cuando al escenario opositor se suma Movimiento Ciudadano, el priista llega a 35.9%, frente a 20.3% de Castro.
Ahí aparece uno de los principales elementos de esta fotografía electoral: la competitividad de Zamora aumenta considerablemente cuando su nombre se coloca al frente de una eventual alianza opositora.
No es un detalle menor.
Mario Zamora ha comenzado precisamente a construir ese discurso. Ha manifestado públicamente su intención de buscar nuevamente la gubernatura y ha planteado la posibilidad de encabezar un proyecto que trascienda las siglas del PRI.
Ha hablado de ciudadanos, acuerdos y un frente común.
También ha sostenido que funcionarios, alcaldes y legisladores identificados con Morena se han acercado para expresarle respaldo, aunque hasta ahora no ha presentado nombres ni elementos públicos que permitan verificar independientemente esas afirmaciones. Por ello, ese aspecto debe permanecer en el terreno de la declaración política del aspirante.
El dato verificable está en las encuestas, donde del otro lado del tablero aparece Imelda Castro.
La senadora con licencia fue designada por Morena como coordinadora estatal de la Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional rumbo a 2027, después de ocupar el primer lugar entre los seis perfiles medidos en el proceso interno de su partido.
Sin embargo, una encuesta de LaEncuesta.mx, levantada entre el 2 y el 4 de octubre, encontró que 74.2% de las personas entrevistadas en Sinaloa manifestó inconformidad con la designación de Castro. Solamente 18.7% dijo estar conforme, mientras que 7.1% no respondió o dijo no saber.
Sinaloa apareció como la tercera entidad con mayor inconformidad en esa medición, detrás de Nuevo León y Guerrero.
El dato debe ser leído con precisión: la encuesta consultó a mil personas mayores de edad por entidad, no exclusivamente a militantes de Morena. Por lo tanto, no puede afirmarse que 74.2% de la militancia morenista rechace a Castro.
Lo que sí demuestra el estudio es que existe un elevado nivel de inconformidad entre la población consultada respecto de la decisión de Morena de designarla.
En este contexto hay otro elemento revelador: entre quienes manifestaron su desacuerdo, las preferencias tampoco se concentraron en una sola alternativa. María Teresa Guerra Ochoa obtuvo 30.7%; Gerardo Vargas Landeros, 29.6%; y Omar López Campos, 25.1%.
Es decir, existe inconformidad, pero no un liderazgo alternativo claramente dominante dentro de ese segmento.
Ese es precisamente el espacio que Mario Zamora intenta ocupar.
La fotografía electoral, sin embargo, tiene otra pieza fundamental: Morena conserva una ventaja como marca partidista. Una medición reciente de Arias Consultores colocó al partido con 29% de preferencia, por encima del PAN y el PRI.
Por eso sería incorrecto convertir automáticamente la inconformidad con Imelda Castro en votos para Zamora.
Las elecciones no funcionan de esa manera.
Lo que sí muestran los datos es una combinación que hasta hace poco parecía menos evidente: Zamora aparece competitivo en la medición individual y crece con fuerza cuando se plantea una alianza opositora; Castro, en cambio, enfrenta un elevado nivel de inconformidad con su designación, aunque Morena conserva una posición importante como marca electoral.
Ahí está el verdadero desafío para ambos lados.
Zamora necesita demostrar que puede transformar su posicionamiento personal en una estructura electoral unificada, capaz de juntar partidos, grupos y ciudadanos que no necesariamente comparten una misma identidad política.
Castro necesita convertir la decisión de Morena en unidad política y electoral, particularmente frente a una medición que revela una amplia inconformidad ciudadana con su designación.
El análisis demuestra que entre ambos existe un territorio decisivo: 34.8% de electores que, en el estudio de Arias Consultores, aparecen como indecisos en el escenario directo.
Ese porcentaje representa mucho más que una cifra estadística. Representa el espacio donde todavía puede cambiar la conversación electoral, puesto que todavía no hay candidatos formales, campaña ni votos depositados, pero sí hay señales.
Mario Zamora está consiguiendo competitividad, mientras que Imelda Castro enfrenta una medición incómoda. Morena mantiene fuerza como partido, aunque una eventual alianza opositora modifica considerablemente el escenario cuando se incorpora a la ecuación.
Ciertamente, la elección todavía no existe en las urnas, pero la evidencia estadística demuestra que ya comenzó a disputarse en las encuestas, en las alianzas, en las estructuras partidistas y, sobre todo, en la percepción de los electores.
Esa percepción todavía está en construcción, pero la fotografía objetiva de hoy muestra dos realidades distintas: Mario Zamora crece y fortalece su competitividad cuando logra articular una alianza opositora, mientras Imelda Castro enfrenta un elevado nivel de rechazo a su designación y encuentra en la marca de Morena su principal fortaleza electoral.
Si esa fotografía no cambia y esas tendencias se mantienen hasta el momento de la elección, el respaldo partidista podría no ser suficiente para impedir que Morena pierda la gubernatura.



