La prisa que nos está volviendo analfabetos funcionales

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Los números de PISA 2025 ya circularon y, como suele ocurrir con las cifras educativas, se leyeron rápido y se olvidaron todavía más rápido. Es una ironía que merece detenernos: los datos denuncian precisamente el hábito con el que los estamos consumiendo. En 2025, el promedio de lectura entre los países de la OCDE cayó a 461 puntos, catorce menos que en 2022 y veintiocho menos que hace una década, la caída más pronunciada de las tres áreas que evalúa la prueba. En México el descenso fue de siete puntos frente a la edición anterior —de 415 a 408— y de quince desde 2015, con cuatro de cada diez estudiantes de quince años por debajo del nivel mínimo de competencia en las tres materias evaluadas de manera simultánea. Pero el dato que debería inquietarnos de verdad no es el puntaje, sino la explicación que ofrece la propia organización para justificarlo: los estudiantes responden sin adentrarse en el texto, y los errores que cometen no nacen de la ignorancia sino de la prisa. Le llaman lectura apresurada. No es que ya no sepan leer las palabras. Es que dejaron de sostener la atención el tiempo suficiente para que esas palabras se conviertan, dentro de ellos, en algo parecido a comprender. Ahí termina el diagnóstico educativo y empieza uno neuropsicológico, y es ahí donde de verdad duele.
Conviene recordar algo que la alarma mediática siempre pasa por alto: no existe un cerebro lector de fábrica, entregado de nacimiento junto con el resto del equipo neuronal. La lectura es una invención cultural, y el cerebro no trae un circuito dedicado a ella. Lo que hace, con una plasticidad que sigue asombrando a quienes la estudiamos, es reclutar regiones que evolucionaron para otras tareas —el reconocimiento visual de formas, el procesamiento fonológico, la integración semántica— y ensamblarlas en una red nueva que no viene de fábrica ni se instala sola: se construye, ladrillo sobre ladrillo, con exposición sostenida a textos extensos, con la exigencia repetida de mantener el hilo de un argumento a lo largo de varios párrafos, con el hábito de detenerse ante una frase que todavía no termina de encajar. Y aquí está lo que de verdad debería quitarnos el sueño: ese ensamblaje es exquisitamente sensible al tipo de estímulo que lo entrena. Un cerebro que practica sistemáticamente el escaneo fragmentado no está simplemente leyendo menos. Está construyendo, minuciosamente, una arquitectura distinta, optimizada para detectar información relevante a toda velocidad y no para integrar ideas que se sostienen despacio unas sobre otras. El propio informe de la OCDE lo sugiere sin nombrarlo en estos términos: los estudiantes dedican en promedio 3.4 horas diarias a dispositivos digitales con fines recreativos, frente a apenas tres horas de uso escolar entre semana. No es la tecnología como tal la que está erosionando la comprensión lectora de una generación entera. Es el tipo de procesamiento cognitivo que esa tecnología entrena por defecto, y que compite contra el procesamiento que la lectura profunda exige sin negociar.
Hay todavía una segunda pieza que la neuropsicología del desarrollo aporta a este cuadro y que casi nunca entra en la conversación pública sobre estos resultados. A los quince años, la edad en la que se aplica PISA, la corteza prefrontal sigue todavía en obra negra. Es, de hecho, una de las últimas estructuras del cerebro humano en terminar de madurar, y eso significa que la capacidad de leer con profundidad no es solamente una destreza aprendida como quien memoriza una tabla: depende de un andamiaje biológico que todavía se está terminando de levantar, y que necesita ejercicio deliberado, insistente, casi terco, para consolidarse en la dirección correcta. Cuando el entorno ofrece constantemente la alternativa de menor esfuerzo esa corteza prefrontal en obra negra no encuentra ningún motivo para ejercitar el circuito costoso de la atención sostenida, porque ningún organismo elige voluntariamente el camino difícil cuando el fácil está siempre ahí, brillando, a un toque de distancia. La lectura apresurada, entendida así, deja de ser una falla de carácter o un síntoma de pereza intelectual. Es la ruta que toma, con toda lógica biológica, un sistema nervioso todavía en desarrollo cuando nadie a su alrededor le exige, de manera sistemática y sin excepciones, tomar la ruta más difícil.
Nombrar el mecanismo no sirve de mucho si no se traduce en algo que pueda hacerse con las manos. La solución no puede reducirse a prohibir los dispositivos, de la misma manera en que prohibir una herramienta nunca resuelve el problema de fondo que esa herramienta apenas expone. La lectura profunda necesita practicarse como se practica cualquier función que dependa de un circuito en formación: con exposición repetida, sostenida, sin atajos, no como actividad ocasional de fin de semana sino como ejercicio tan regular como respirar. Y quizá lo más incómodo de admitir es que evaluar si un estudiante comprendió un texto exige algo más que revisar si marcó la respuesta correcta: exige escucharlo explicar por qué llegó a ella, comprobar si puede sostener, con sus propias palabras y en voz alta, el argumento que dice haber entendido. Es la misma lógica que he defendido en esta columna a propósito de la huella cognitiva frente a la inteligencia artificial generativa: lo que importa no es nunca el producto final, sino la evidencia de que un proceso de pensamiento genuino medió en su construcción. La lectura apresurada es, en ese sentido, el fenómeno espejo desde el lado de quien recibe el texto en lugar de producirlo: ya no se trata de escribir sin pensar, sino de leer sin comprender, dos síntomas de la misma prisa que se ha instalado, sin que apenas lo notamos, en el centro mismo de cómo pensamos.
PISA 2025 no anuncia el fin de la lectura. Anuncia algo más íntimo y más urgente: que el cerebro que la sostiene se está formando, generación tras generación, con un entrenamiento distinto al que dábamos por garantizado, y que cada adolescente que hoy responde apresuradamente una pregunta que en realidad sí sabía contestar está mostrándonos, sin saberlo, el costo silencioso de una prisa que nosotros mismos normalizamos. Entender el mecanismo es apenas el primer paso. El segundo, el que de verdad importa, es decidir, con la misma deliberación lenta que la lectura profunda exige y que tan poco practicamos ya, qué estamos dispuestos a hacer al respecto antes de que la prisa termine de ganar.

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