El Zombie Académico en la Era del Algoritmo Social

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En la entrega anterior de esta columna propusimos la huella cognitiva como instrumento para distinguir el pensamiento genuino del ensamblaje delegado: la evidencia de que un sujeto pensante medió entre el insumo tecnológico y el producto final. La pregunta que queda pendiente desborda el aula: si ese ensamblaje sin comprensión ocurre en la entrega de una tarea, ¿por qué habría de detenerse en la puerta del salón de clases? El mismo sujeto que entregó un ensayo sin haberlo pensado realmente cierra la laptop, saca el teléfono y repite, minuto a minuto, el mismo gesto: consumir, reaccionar, compartir, sin que medie comprensión alguna. El zombi no queda confinado a la vida académica.

El mecanismo es el mismo que describimos como reproducción algorítmica del conocimiento, solo que trasplantado a un ecosistema aún más hostil a la reflexión. El algoritmo social, a diferencia del profesor más complaciente, no pide comprensión: pide interacción. Su métrica de éxito no es si el usuario entendió lo que leyó, sino si se detuvo el tiempo suficiente para que el sistema registrará el gesto. Compartir una publicación sin haberla leído completa, reaccionar a un titular sin abrir el artículo, repetir una afirmación porque circula con insistencia y no porque se haya verificado: es exactamente la misma competencia performativa sin sustrato reflexivo que ya habíamos diagnosticado en el estudiante que entrega tareas técnicamente correctas y conceptualmente vacías. Cambia el escenario. El síntoma es idéntico.

Pero hay una diferencia crítica que no puede pasarse por alto, y es ahí donde este artículo se separa de los anteriores. En el aula, por precaria que sea la estructura, existe al menos la posibilidad de pedir cuentas del proceso: un profesor puede exigir una defensa oral, revisar versiones intermedias, aplicar el modelo evaluativo centrado en huella cognitiva que propusimos. En el feed no hay evaluador. No hay rúbrica, no hay proceso observable, no hay nadie con autoridad en preguntar cómo llegó el usuario a la conclusión que acaba de compartir. El zombi social no rinde cuentas a ninguna instancia crítica; rinde cuentas únicamente al algoritmo, que lo premia sistemáticamente por no pensar, porque la duda, la verificación y la lectura completa son fricciones que el sistema está diseñado para eliminar.

Esto conecta directamente con el fenómeno que solemos llamar posverdad, aunque el término suele malinterpretarse como si describiera una epidemia de mentiras deliberadas. La lectura más precisa es otra: no se trata, en la mayoría de los casos, de sujetos que mienten a sabiendas, sino de sujetos que jamás ejercieron el criterio que les permitiría distinguir entre verdad y verosimilitud. Comparten no porque hayan decidido engañar, sino porque nunca desarrollaron la capacidad de preguntarse si lo que están a punto de compartir resiste una segunda lectura. Es la unidimensionalidad de Marcuse operando sin necesidad ya de aula, de examen ni de calificación: la reproducción acrítica del contenido se volvió autosuficiente, se volvió su propia recompensa.

Cabe entonces la pregunta que da salida a este artículo: si la huella cognitiva sirvió para rediseñar cómo evaluamos el pensamiento dentro del aula, ¿puede algo equivalente operar fuera de ella, donde no existe institución que lo exija? La respuesta honesta es que no hay un dispositivo institucional para las redes sociales; ninguna plataforma tiene incentivo estructural para premiar la pausa reflexiva sobre la interacción inmediata. Lo que sí es posible es trasladar la lógica del concepto a una ética personal mínima: antes de compartir, preguntarse qué decisión propia media entre el contenido y la reacción. Si la respuesta es ninguna, lo que está a punto de circular no es criterio: es puro reflejo.

Marcuse advertía que la sociedad unidimensional no se limita nunca a un solo ámbito de la vida; el aula era apenas el síntoma más visible porque ahí, al menos, alguien mide y califica. El feed es esa misma unidimensionalidad sin evaluador, sin límites y sin siquiera el pretexto formativo que sostenía a la institución educativa. El Zombie Académico, hemos visto a lo largo de esta serie, no fue nunca un problema del aula. El aula solo fue el lugar donde, por un tiempo, todavía podíamos verlo venir.

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