“La mentira corre un maratón mientras la verdad apenas se amarra los zapatos.” La frase, atribuida a distintos autores, parece describir con precisión una de las prácticas más recurrentes de la política contemporánea: fabricar una primicia espectacular, dejar que se viralice y esperar que el desmentido llegue demasiado tarde para corregir el daño.
Casi a las tres de la tarde, hora del Pacífico —dos de la tarde en la Ciudad de México— de este domingo, Simón Levy volvió a hacerlo. En sus redes sociales escribió: “Emiten orden de aprehensión internacional contra Adán Augusto López y Andrés Manuel López Beltrán. Sheinbaum ya tiene conocimiento.”
Una afirmación de enorme gravedad. También, hasta el momento, una afirmación sin documento, resolución judicial o confirmación oficial que la sustente.
No es un hecho aislado. Quienes siguen desde hace tiempo la actividad pública de Levy conocen un patrón que se ha repetido con notable frecuencia: anunciar supuestas exclusivas, investigaciones secretas, órdenes de captura o decisiones inminentes que prometen cimbrar al sistema político mexicano. Después ocurre lo inevitable: transcurren los días, las semanas o incluso los meses, y aquellas revelaciones terminan archivadas por la realidad. El tiempo, una y otra vez, se convierte en el mejor verificador de sus afirmaciones.
La gravedad del asunto no está únicamente en quien lanza la versión. El verdadero problema aparece cuando el rumor comienza a recorrer portales informativos, canales de YouTube, cuentas de Facebook y grupos de WhatsApp como si se tratara de una noticia confirmada. Es probable que este lunes algunos medios vuelvan a reproducir esta narrativa. Ya ha sucedido antes. Algunos periódicos regionales y portales digitales, en ocasiones alimentados por agencias o cadenas informativas vulnerables a este tipo de contenidos, terminan replicando versiones que nunca fueron corroboradas mediante documentos o fuentes oficiales.
Vivimos en una época donde la velocidad importa más que la verificación. Las redes sociales premian el impacto antes que la certeza; el algoritmo recompensa el escándalo mucho antes de que aparezcan las pruebas. Un rumor espectacular genera millones de reproducciones en cuestión de horas; un desmentido difícilmente alcanza la misma audiencia.
Y ahí radica el verdadero negocio de la desinformación.
No es necesario demostrar una acusación para que produzca efectos políticos. Basta con sembrar la duda, convertir una especulación en tendencia y dejar que la conversación pública haga el resto. La estrategia consiste en instalar sospechas permanentes, aun cuando nunca logren convertirse en hechos comprobables.
Paradójicamente, esta fórmula ha terminado produciendo un efecto contrario al que muchos de sus promotores esperaban.
Desde 2018, Morena ha enfrentado una sucesión casi ininterrumpida de campañas mediáticas, pronósticos de colapso, escándalos anunciados como definitivos e investigaciones que, según algunos de sus críticos, acabarían por derrumbar al movimiento. Se habló del “fin” del proyecto en innumerables ocasiones; se anticiparon procesos judiciales, sanciones internacionales y fracturas irreversibles que nunca terminaron por materializarse.
Sin embargo, elección tras elección, Morena ha conservado una sólida base electoral y ha logrado mantenerse como la principal fuerza política del país.
Eso no significa que el movimiento esté libre de errores, críticas o responsabilidades. Ningún gobierno democrático debe estarlo. La fiscalización del poder es indispensable y las investigaciones periodísticas sustentadas fortalecen la democracia. Lo que debilita el debate público no es la crítica, sino la sustitución de los hechos por narrativas construidas para generar impacto.
En el caso de este domingo, no existe información oficial que confirme una orden de aprehensión internacional contra Adán Augusto López o Andrés Manuel López Beltrán. Tampoco hay pronunciamiento alguno de la Fiscalía General de la República, de Interpol, del Departamento de Justicia de Estados Unidos o de alguna autoridad judicial competente que respalde la versión difundida por Simón Levy.
Eso debería bastar para ejercer la prudencia.
Pero la prudencia vende menos que el escándalo.
La política mexicana necesita oposiciones sólidas, periodismo de investigación y gobiernos sometidos al escrutinio permanente. Lo que no necesita son fabricantes profesionales de primicias que viven de anunciar terremotos políticos que jamás llegan.
La credibilidad es un patrimonio que tarda años en construirse y apenas unos minutos en perderse. Quien convierte el escándalo en método de comunicación corre un riesgo inevitable: cuando algún día tenga una denuncia verdadera, pocos estarán dispuestos a creerle.
Porque una democracia puede resistir los rumores.
Lo que difícilmente resiste es la erosión sistemática de la verdad.




