Lecciones de política: el cuerpo que no se purga

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El 21 de junio de este año estalló el escándalo de los audios de Marina del Pilar Ávila, gobernadora de Baja California: grabaciones donde negocia con presuntos intermediarios de una agencia estadounidense, admitidas como auténticas por ella misma, publicadas por Héctor de Mauleón. El 13 de julio salió un segundo audio. Morena, en la voz de su dirigencia nacional, cerró filas. No hubo investigación interna, no hubo separación del cargo, no hubo siquiera una pausa para revisar los hechos: hubo una defensa inmediata, calificando el asunto de espionaje en su contra. El PAN, mientras tanto, exige explicaciones a Morena por lo mismo que ellos no ofrecieron cuando la fiscalía capitalina destapó el llamado “cártel inmobiliario” dentro de su propia dirigencia, con un expresidente delegacional hoy detenido y el actual líder nacional del partido señalado como parte de esa misma estructura. Los dos partidos que se acusan mutuamente de proteger a los suyos hacen, con precisión casi coreografiada, exactamente lo mismo cuando la evidencia les toca la puerta a ellos.

Hay una anécdota en El Arte de la Guerra que se cuenta menos de lo que se cita el libro. El rey de Wu le pidió a Sun Tzu una demostración: que entrenara como soldados a ciento ochenta concubinas de palacio. Sun Tzu las dividió en dos compañías y puso al mando a las dos favoritas del rey. Dio la orden de marcha. Las mujeres rieron. Repitió la orden con más claridad, explicó de nuevo las señales, y volvieron a reír. Entonces dijo que si la orden es clara y no se obedece, la culpa es de los oficiales, no de la tropa — y mandó ejecutar a las dos capitanas, las favoritas del rey, delante de todas las demás. El rey protestó. Sun Tzu respondió que un general en campaña no está obligado a aceptar las órdenes del soberano cuando esas órdenes comprometen la disciplina del ejército. Después de eso, dice el texto, las mujeres marcharon en perfecto silencio, sin una sola falta.

La anécdota no es sobre la crueldad. Es sobre algo mucho más incómodo para cualquier organización que se llame a sí misma disciplinada: la prueba real de un mando no es cómo trata a los soldados anónimos, sino qué hace cuando quien rompe la formación es alguien que le importa. Un partido político puede escribir estatutos de ética, código de conducta, comités de honor y justicia, toda la arquitectura que se quiera. Ninguno de esos documentos vale nada hasta el momento en que la evidencia señala a una gobernadora, a un dirigente, a alguien con nombre propio y peso político. Ese es el único momento en que se sabe si hay ejército o hay fiesta.

Maquiavelo, en los Discursos sobre la primera década de Tito Livio —el texto que escribió pensando en repúblicas, no en príncipes—, va todavía más lejos con una idea que incomoda a cualquier partido que se presente como distinto a los demás: una república corrupta no puede reformarse a sí misma desde dentro, porque los mismos mecanismos que deberían corregirla ya están capturados por lo que se supone deben corregir. No es que falten leyes. Es que quienes tendrían que aplicarlas contra los suyos son los mismos que se benefician de no hacerlo. Morena no investiga a Marina del Pilar por la misma razón que el PAN no investigó a fondo su propio cártel inmobiliario mientras estaba en el poder en esa alcaldía: porque hacerlo habría significado admitir, en público, que el problema no es el partido contrario. Es la estructura entera.

Esto debería doler más de lo que duele, porque cada partido usa la corrupción del otro como coartada para no mirar la propia. El PAN cita las investigaciones estadounidenses contra gobernadores morenistas —Rocha Moya, y los señalamientos que rondan a otros nombres del oficialismo— como prueba de que Morena es el partido del crimen organizado infiltrado en el poder. Morena cita el cártel inmobiliario y a los detenidos de Benito Juárez como prueba de que el PAN no tiene autoridad moral para señalar a nadie. Ambos tienen razón sobre el otro. Ninguno tiene razón sobre sí mismo. Y mientras se acusan mutuamente con la evidencia que cada uno reúne pacientemente contra el rival, ninguno de los dos manda ejecutar a su propia capitana favorita.

Para quien se está formando en esto, la lección no es partidista, y sería un error leerla como si lo fuera. La lección es que la lealtad que no distingue entre proteger a la gente y proteger la mentira de la gente termina destruyendo exactamente lo que dice defender. Cualquier organización, política o no, que aprenda a mirar hacia otro lado cuando el problema tiene el apellido correcto, ya perdió la disciplina antes de perder la elección. Y quien algún día tenga mando sobre otros —un equipo, una dependencia, un partido— va a enfrentar tarde o temprano su propio momento de las concubinas favoritas: la persona cercana, útil, querida, cuya falta es innegable. Lo que haga en ese instante, no lo que diga en los discursos, es lo único que revela si de verdad puede mandar.


La pregunta que deja este segundo texto no es cuál partido es más corrupto. Los dos ya han dado la respuesta, cada uno mirando hacia el otro. La pregunta es si en este país queda todavía algún cuerpo político capaz de mirarse a sí mismo con la misma dureza con que mira al adversario — o si ya todos aprendieron que la disciplina, como la verdad, solo se aplica cuando conviene.

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