En política, las decisiones rara vez son lineales. Detrás de los discursos sobre unidad, democracia interna y encuestas casi siempre existen ecuaciones silenciosas donde se cruzan los equilibrios territoriales, los acuerdos entre partidos, la rentabilidad electoral y, cada vez con mayor fuerza, las reglas de la paridad de género.
La declaración de Ignacio Mier introduce precisamente una nueva variable en el proceso interno de Morena para definir la Coordinación de la Defensa de la Cuarta Transformación en Sinaloa.
El partido propondrá dos mujeres y dos hombres, mientras que los otros dos espacios corresponderían al Partido del Trabajo y al Partido Verde Ecologista de México. Sólo si alguno de esos partidos decide no registrar aspirante, Morena tendría derecho a ocupar ese lugar adicional.
A simple vista parece una regla administrativa, pero en realidad modifica por completo el tablero político.
Ya no basta con observar quiénes aparecen mejor posicionados en las encuestas o quiénes acumulan más simpatías. Ahora también habrá que entender cómo se acomodan las piezas dentro de la coalición.
Bajo esa lógica surge un escenario que, paradójicamente, podría fortalecer la representación femenina. Si Morena decide que sus dos propuestas sean, por ejemplo, Estrella Palacios Domínguez y María Teresa Guerra Ochoa, y deja fuera a Imelda Castro Castro, la lectura inmediata sería que una de las mujeres más competitivas quedó excluida. Sin embargo, esa conclusión podría ser precipitada.
Si el Partido del Trabajo ejerce su derecho de registrar una candidatura propia dentro del acuerdo de coalición, resulta difícil imaginar que desaproveche un perfil con el peso político, la experiencia y el reconocimiento de Imelda Castro.
En ese supuesto, la competencia quedaría integrada por tres mujeres —Estrella Palacios, Teresa Guerra e Imelda Castro— y tres hombres, entre quienes podrían figurar Omar López Campos, Rodolfo Valenzuela Sánchez y Ricardo Madrid Pérez por el Partido Verde.
El efecto sería exactamente el contrario al que muchos anticiparían. En lugar de reducirse los espacios para las mujeres, la coalición terminaría presentando tres perfiles femeninos con posibilidades reales de competir. Morena conservaría dos espacios para mujeres y, al mismo tiempo, uno de sus aliados incorporaría una tercera aspirante de gran peso político. Sería una redistribución de liderazgos más que una exclusión.
Existe, por supuesto, otro escenario igualmente viable. Morena podría decidir que sus dos propuestas femeninas sean precisamente Imelda Castro y Teresa Guerra, dejando fuera a Estrella Palacios o a cualquier otra aspirante. En ese caso, el Partido del Trabajo mantendría la posibilidad de postular a un hombre, mientras que el Partido Verde haría lo propio con Ricardo Madrid.
La lista podría integrarse entonces por Imelda Castro, Teresa Guerra, Omar López Campos, Rodolfo Valenzuela Sánchez, Ricardo Madrid Pérez y Jesús Fernando García Hernández.
En esta hipótesis la presencia femenina seguiría siendo relevante, pero ya no existiría una tercera mujer impulsada por uno de los partidos aliados. La competencia volvería al equilibrio tradicional de dos mujeres frente a cuatro hombres, aunque respetando las reglas anunciadas por la coalición.
Más allá de los nombres, la verdadera discusión está en la estrategia. Muchos interpretan que dejar fuera de Morena a una figura como Imelda Castro significaría debilitar la participación de las mujeres. No necesariamente. Si el Partido del Trabajo conserva la libertad de proponer a su propio perfil, esa decisión incluso podría ampliar la presencia femenina dentro de la contienda y, al mismo tiempo, mantener en competencia a uno de los liderazgos históricos de la Cuarta Transformación en Sinaloa.
Sin embargo, tampoco puede ignorarse el costo simbólico que tendría una decisión de esa naturaleza. Competir bajo las siglas de un partido aliado no significa perder relevancia política, pero inevitablemente alimentaría interpretaciones sobre el lugar que ocupa cada liderazgo dentro de Morena. En política las percepciones suelen pesar tanto como las decisiones formales. Las reuniones, las ausencias, las fotografías, los mensajes y hasta los silencios terminan construyendo narrativas que después resultan difíciles de desmontar.
Por eso la integración final de los seis nombres será mucho más que una simple lista de aspirantes. Reflejará el equilibrio interno de Morena, la fortaleza de sus aliados y la manera en que la coalición entiende la paridad, la competencia y la sucesión gubernamental.
Conviene hacer una precisión indispensable. Todo esto no deja de ser un ejercicio de análisis construido a partir de las reglas anunciadas públicamente por Ignacio Mier y de la configuración política actual. Las decisiones finales pertenecen exclusivamente a los órganos internos de los partidos y cualquier pronóstico está sujeto a los movimientos que inevitablemente acompañan a un proceso de esta naturaleza.
Porque la política, al final, pocas veces responde a una lógica estrictamente aritmética. En ocasiones, restar un espacio dentro de un partido termina sumando representación dentro de una coalición. Y otras veces, una decisión que parece perfectamente razonable sobre el papel modifica por completo la percepción pública. La sucesión en Sinaloa apenas comienza, pero la geometría de sus posibles desenlaces ya ofrece suficientes elementos para entender que, en política, las matemáticas nunca son solamente números.




