Lecciones de política: fortuna y virtú

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El 28 de mayo de este año, la Cámara de Diputados aprobó, con 307 votos a favor y 128 en contra, una reforma al artículo 41 constitucional que permite anular una elección si se comprueba injerencia extranjera. Al día siguiente, el Senado la ratificó con 85 votos contra 42. La justificación oficial fue la soberanía: meses de presión del gobierno de Trump sobre México, envuelta en el lenguaje de la lucha contra el narcoterrorismo y la migración, que la presidenta Sheinbaum y buena parte de su bancada leyeron como un intento de debilitar a Morena antes de 2027. Hasta ahí, la reforma se cuenta como un acto de defensa. Pero esa misma tarde, el propio promotor de la iniciativa, el diputado Ricardo Monreal, retiró del orden del día la ley secundaria que debía definir qué cuenta exactamente como injerencia, con qué pruebas se acredita y bajo qué procedimiento se aplica. Sin esa ley, la reforma no puede operar. Monreal mismo reconoció lo que eso significa: el blindaje no estará listo para la elección de 2027 — la que se avecina, la que enfrenta la presión real de Washington — sino hasta la de 2030.

Maquiavelo dedicó los últimos capítulos de El Príncipe a un par de conceptos que, mal leídos, se simplifican hasta la caricatura, y que sin embargo son quizás lo más útil que dejó para pensar el liderazgo bajo presión. Fortuna es todo lo que al príncipe no le pertenece: las circunstancias, el clima político, la voluntad de otros gobiernos, el capricho de la historia. Maquiavelo la compara con un río que en temporada de crecida se desborda, arranca árboles, arrasa casas, cambia el curso de los campos — y dice que los hombres, viéndolo venir, huyen sin construir nada, en vez de levantar diques y canales durante la época seca, cuando el río todavía es manso y da tiempo. Virtù, en su vocabulario, no es virtud moral: es la capacidad de prepararse con anticipación para lo que no se controla, de modo que cuando la crecida llegue, el daño sea menor del que pudo haber sido. Fortuna decide la mitad de lo que pasa, escribe Maquiavelo; la otra mitad, o casi, la decide quién construyó el dique a tiempo.

La presión de Washington sobre México —la amenaza arancelaria, la designación de cárteles como organizaciones terroristas, la posibilidad más o menos velada de que Estados Unidos busque influir en el resultado de 2027— es, en este esquema, fortuna en su forma más pura.

Nadie en Palacio Nacional decidió que Trump fuera a usar la lucha antinarco como palanca electoral contra Morena. Ese río ya venía creciendo. La pregunta que exige Maquiavelo no es si el río existe, sino qué hizo el gobierno mexicano con el tiempo que tuvo antes de que llegara la crecida grande, la de 2027.

Y ahí es donde el capítulo deja de ser una defensa cómoda de la soberanía y se vuelve una pregunta incómoda sobre el cálculo político. Porque el dique que se construyó —la reforma al artículo 41— tiene una fecha de entrada en vigor que no protege la elección amenazada, sino la siguiente. El senador de Movimiento Ciudadano, Luis Donaldo Colosio, lo dijo con una frase que vale la pena tomarse en serio incluso viniendo de la oposición: que el verdadero propósito de la reforma parecía ser una póliza de seguro, útil sobre todo si los resultados de 2027 no fueran los que Morena espera. No hace falta compartir la lectura partidista de Colosio para notar el problema estructural que señala: un dique que se termina de construir después de que pasó la inundación no es virtù. Es, en el mejor de los casos, una preparación a medias; en el peor, un instrumento político que se disfrazó de urgencia nacional para conseguir el voto rápido, y que luego se dejó sin filo deliberadamente cuando llegó el momento de definir con precisión qué cuenta como injerencia y quién decide.

Ahí está la lección, y es más dura que la de los aduladores y más incómoda que la del cuerpo que no se purga, porque esta no tiene un villano fácil de señalar. La amenaza externa no fue inventada por Morena: la presión de Trump es real, documentada, y cualquier gobierno mexicano habría tenido que responder a ella de algún modo. El problema no es haber actuado. El problema es la distancia entre el ritmo de la retórica —la urgencia con que se habló de soberanía, de blindaje, de que aquí decide México— y el ritmo real de la implementación, que convenientemente deja sin protección exactamente la elección donde esa protección más se necesitaría, y sin embargo construye el aparato legal justo a tiempo para la siguiente. Fortuna no distingue entre gobiernos honestos y gobiernos oportunistas. Pero virtù sí exige una prueba clara: que el dique se construya antes de que se necesite, no después, y que se construya para proteger el río, no para dejarlo crecer hasta que convenga.

Para quien se está formando en esto, la lección final de la serie es también la más difícil de aplicar, porque exige un tipo de honestidad que rara vez se premia en política: distinguir entre la urgencia real y la urgencia útil. Toda crisis genuina —una amenaza extranjera, una emergencia económica, un desastre— viene acompañada de la tentación de resolverla de un modo que, además de protegerlo a uno, fortalezca el propio poder por encima del problema original. Maquiavelo no condena esa tentación como pecado; la trata como el terreno mismo donde se juega si alguien tiene o no virtù. El príncipe mediocre confunde su propia conveniencia con la necesidad del Estado, y construye diques que solo protegen su margen del río. El príncipe con virtù construye diques que protegen el cauce entero, aunque eso signifique que el agua le llegue a él primero.

No hay forma honesta de cerrar esta serie con una fórmula. Tres lecciones, tres textos leídos hace siglos por hombres que no conocieron México ni sus partidos ni sus ratas de hospital ni sus audios filtrados, y sin embargo describieron con precisión inquietante los mismos mecanismos que hoy se repiten con otros nombres: el adulador que protege su lugar antes que la verdad, el cuerpo político que se niega a purgarse a sí mismo, el poder que confunde su propia supervivencia con la defensa del país. Ninguno de esos mecanismos se resuelve con un diplomado de fin de semana. Se resuelve, si acaso, con la disposición incómoda de leer antes de gobernar, y de hacerse, en privado, las preguntas que en público casi nadie se atreve a formular.

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