La epidemia que se sentó a nuestra mesa

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Por décadas, México creyó que sus mayores enemigos eran los virus, las bacterias y las enfermedades infecciosas. Mientras la ciencia ganaba esas batallas, un adversario mucho más discreto cruzó la puerta de millones de hogares sin hacer ruido. No llegó con fiebre ni con síntomas espectaculares; llegó en forma de sedentarismo, alimentos ultraprocesados, bebidas azucaradas y jornadas cada vez más alejadas del movimiento. Cuando el país volteó a verlo, ya había conquistado una generación entera.

Ese enemigo silencioso es el síndrome metabólico, una condición que no suele aparecer en los titulares de los periódicos, pero que hoy explica buena parte de la epidemia de diabetes, hipertensión, enfermedades cardiovasculares, insuficiencia renal, hígado graso e incluso diversos tipos de cáncer que afectan a los mexicanos.

La medicina lo define como la coexistencia de varios factores de riesgo: obesidad abdominal, resistencia a la insulina, alteraciones en los lípidos y presión arterial elevada. Sin embargo, detrás de esa definición clínica existe una historia mucho más profunda. El síndrome metabólico es, quizá, el mejor retrato del cambio que ha experimentado la sociedad mexicana durante los últimos cuarenta años.

México dejó de ser un país donde la principal preocupación era la desnutrición para convertirse en una nación donde el exceso alimentario convive, paradójicamente, con la mala nutrición. Las calles se llenaron de automóviles, las oficinas sustituyeron al trabajo físico, las pantallas desplazaron los parques y los alimentos industrializados ocuparon el lugar de la cocina tradicional. Poco a poco, sin que nadie lo advirtiera, la grasa visceral comenzó a convertirse en uno de los principales problemas de salud pública.

Las cifras son tan contundentes como preocupantes. Más del 40 por ciento de los adultos presenta síndrome metabólico y alrededor de tres de cada cuatro viven con sobrepeso u obesidad. No se trata únicamente de estadísticas; son millones de personas cuya calidad de vida y expectativa de supervivencia disminuyen cada año como consecuencia de enfermedades que, en gran medida, pueden prevenirse.

Lo más inquietante es que el problema ya no distingue edades. Investigaciones recientes muestran que incluso estudiantes universitarios ingresan a las aulas con criterios diagnósticos de síndrome metabólico. Es decir, antes de iniciar su vida profesional, muchos jóvenes ya cargan factores de riesgo que hace apenas unas décadas eran exclusivos de personas mayores.

Esta realidad también desnuda los desafíos del sistema sanitario. Miles de pacientes con diabetes no reciben el seguimiento necesario mediante hemoglobina glucosilada; una proporción importante de personas hipertensas permanece fuera de control y, en el tratamiento de la obesidad, apenas una minoría logra alcanzar un índice de masa corporal saludable. El diagnóstico existe, pero muchas veces el acompañamiento terapéutico resulta insuficiente para modificar conductas que se han construido durante toda una vida.

La pandemia de COVID-19 terminó por evidenciar aquello que los epidemiólogos ya advertían desde años atrás. Las personas con obesidad, diabetes e hipertensión fueron las más vulnerables ante el virus. La tragedia sanitaria dejó una enseñanza irrefutable: las epidemias encuentran terreno fértil cuando una población ya vive bajo el peso de enfermedades crónicas.

Pero el costo no solo se refleja en las salas de hospital. También se mide en productividad perdida, en familias que destinan buena parte de sus ingresos al tratamiento médico y en un sistema de salud que enfrenta una demanda creciente de enfermedades complejas. La transición epidemiológica representa hoy uno de los mayores desafíos económicos y sociales del país, con pérdidas que equivalen a varios puntos del Producto Interno Bruto.

Quizá el mayor error ha sido pensar que el síndrome metabólico se combate únicamente con medicamentos. En realidad, la solución comienza mucho antes: en la educación alimentaria durante la infancia, en ciudades que inviten a caminar, en escuelas que enseñen hábitos saludables y en políticas públicas capaces de enfrentar una industria alimentaria que ha modificado profundamente los patrones de consumo.

La salud pública siempre ha enseñado que las grandes epidemias no se vencen únicamente en los hospitales. Se derrotan cuando la sociedad decide cambiar las condiciones que las originan.

Hoy, México enfrenta una epidemia distinta. No hace ruido. No provoca cuarentenas. No obliga a usar cubrebocas. Pero cada día cobra miles de años de vida saludable y compromete el futuro de las nuevas generaciones.

Porque, al final, el enemigo más peligroso no siempre es el que llega de improviso. A veces es aquel que, sin ser invitado, termina sentándose todos los días a nuestra mesa.

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