Reconstruir la seguridad desde la cultura: Andraca Dumit

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Hay hombres cuya vida no se mide en años, sino en responsabilidades asumidas. Así se dibuja la figura del Capitán Piloto Aviador y Licenciado René Gastón Andraca Dumit, Premio ASES de Oro a la Trascendencia Profesional 2026: un profesional que ha hecho de la seguridad no sólo una disciplina, sino una forma de comprender el mundo.
Pero más que una trayectoria, lo que define su pensamiento es una postura clara: la seguridad no se impone únicamente con fuerza o tecnología; se reconstruye desde la cultura. Desde los valores que se enseñan —o se dejan de enseñar— en la vida cotidiana. Desde la manera en que una sociedad decide mirarse a sí misma.
Al conversar con Andraca Dumit me encuentro con una narrativa hecha de rigor, experiencia y una ética que no suele anunciarse, pero se percibe en cada respuesta.
Más de cuatro décadas en la seguridad integral no son únicamente un dato: son una cartografía del riesgo, del miedo social y de la constante búsqueda de orden en medio de la incertidumbre. Andraca Dumit no romantiza su oficio. Por el contrario, lo define con una frase que resuena como una revelación: la seguridad es un sentimiento. Y en esa definición cabe todo: la angustia del ciudadano, la tensión de la noche, la fragilidad de la rutina cotidiana.
Su formación dual —aviador y jurista— no es un ornamento académico. Es la estructura que le permite ver la seguridad como un sistema: aire y tierra, norma y acción, estrategia y humanidad. Ha transitado por el ámbito público y privado, y en ambos reconoce una misma grieta: la distancia entre la obligación institucional y la experiencia real del ciudadano.
Pero hay algo más. Detrás del estratega hay una memoria de origen. Los camellos que decoran su espacio no son simple estética: son símbolo. Resistencia, carga, travesía. Herencia libanesa convertida en metáfora de vida. El hombre que habla de seguridad también habla de comunidad, de solidaridad perdida, de valores que se han ido diluyendo en la prisa contemporánea.
Y es ahí donde su reflexión adquiere mayor profundidad: no habrá seguridad posible si no se reconstruye primero el tejido cultural. Andraca Dumit insiste en volver a lo esencial: el civismo, el respeto, la corresponsabilidad social. Aquello que antes parecía cotidiano —saludar, ayudar, intervenir, no ser indiferente— hoy se ha vuelto excepcional. Y en esa ausencia, advierte, crece la inseguridad.
En la conversación emerge una crítica sin estridencias, pero firme. El Estado, dice entre líneas, ha sido rebasado. La sociedad, añade, ha renunciado en parte a su corresponsabilidad. Y en ese espacio intermedio —ese territorio de nadie— es donde la inseguridad florece.
Sin embargo, no hay resignación. Su planteamiento no es el de la queja, sino el de la reconstrucción. Volver a educar, volver a formar, volver a reconocernos como comunidad. No desde la nostalgia, sino desde la urgencia.
Al final, lo que queda no es la imagen de un experto, sino la de un hombre que ha decidido cargar —como sus camellos— con el peso de una responsabilidad que muchos prefieren evitar. Y en ese acto, silencioso pero constante, se revela su verdadera dimensión.

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