8M: Por las niñas que fuimos y las mujeres que somos

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Durante años, cada vez que llega el Día Internacional de la Mujer, vuelve la misma discusión.

Hay quienes ven las marchas del 8M y se quedan solo con la superficie: mujeres gritando consignas, calles cerradas, monumentos intervenidos. Y entonces aparecen las mismas preguntas de siempre:
“¿Por qué protestan si ya tienen los mismos derechos que los hombres?”
“¿Qué más quieren?”

Les diré por qué seguimos protestando año con año:

Porque en esas marchas me veo a mí luchando por mi yo de niña que sufrió abuso por parte de familiares; por esa pequeñita que fue sexualizada desde temprana edad y tuvo miedo de contarlo, incluso siendo adulta. Me veo representando a mi madre, a mis hermanas, a mis primas, a mis abuelas y a mis amigas que han sido violentadas física, económica y psicológicamente.

Veo a mujeres que tienen que mandar su ubicación en tiempo real y avisar cuando llegan a casa. Y no es exageración: en México, el último año cerró con más de 800 feminicidios registrados oficialmente, además de más de 3 mil asesinatos de mujeres en general. A eso se suman miles de denuncias por violencia familiar y agresiones que muchas veces ni siquiera llegan a denunciarse.

Veo a mujeres que quieren acabar con la idealización del amor romántico que justifica aguantar violencia por parte de quien dice amarlas.
Veo a mujeres que encuentran en estos espacios un lugar seguro para expresarse y una red de apoyo donde pueden hablar de lo que antes se callaba.

Lo que yo veo son mujeres que ya no quieren ser sumisas ni seguir estereotipos de belleza que las hacen infelices con tal de ser aceptadas. Mujeres conscientes de que más del 70% de las mexicanas ha vivido algún tipo de violencia a lo largo de su vida, de que la brecha salarial en el país ronda el 14%, y de que el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado sigue recayendo mayoritariamente en ellas, con casi tres veces más carga que los hombres.

Veo a mujeres preocupadas porque muchas veces convertirse en madres implica sacrificar su desarrollo profesional. Porque todavía hay mujeres que pierden oportunidades laborales al quedar embarazadas. Porque, aunque cada vez hay más participación femenina en todos los ámbitos, menos de un tercio de los puestos directivos en México son ocupados por mujeres.

Hace algunos días me cuestionaron sobre la “necesidad” de manifestarse este 8 de marzo. Y me quedó claro que justamente por esas preguntas la lucha debe seguir visibilizándose, porque se trata de mantenernos conscientes de las situaciones de violencia e injusticia que millones de mujeres enfrentan todos los días.

¿Y ha funcionado?

Basta con mirar atrás. Recordar cómo se vivía esta fecha hace diez o quince años. Ver a las nuevas generaciones hablar abiertamente de feminismo. Observar cómo cada vez más mujeres se reconocen como aliadas y no como competencia. Notar cuántas ya no están dispuestas a quedarse en un lugar donde no se les respeta y aprenden a poner límites.

¿Por qué siguen marchando las mujeres cada 8 de marzo?

Porque en esas marchas muchas vemos a la niña que fuimos.

La que tuvo miedo.

La que calló.

La que aprendió demasiado pronto lo que era la violencia.

Por eso tantas mujeres salen a las calles: no por odio, no por moda, sino por memoria, por justicia y por las que todavía tienen miedo de hablar.

“Juntas somos tormenta que transforma. Solas una gota; juntas, un aguacero”.

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