Hay vidas que se explican con estadísticas y hay otras —las verdaderamente excepcionales— que explican las estadísticas. Cuando pienso en la Dra. Sara Carmina Armenta Meneses, pienso en una mujer que no solo leyó los indicadores de salud pública: los transformó.
Originaria de Los Mochis, Sinaloa, hija de esta tierra a la que ella misma agradeció con emoción —“Gracias a la población de Sinaloa que me vio nacer y me dio la oportunidad… de llegar hasta aquí”—, su historia es la de una pionera que entendió, desde muy temprano, que la medicina no era únicamente una profesión, sino una causa. Porque, como suele decirse, “quien trabaja por la salud pública trabaja por el porvenir”.
Egresada como médica cirujana en 1982 por la Universidad Nacional Autónoma de México, consolidó en esa etapa una formación académica rigurosa y, al mismo tiempo, una vocación de servicio profundamente social.
En la Ciudad de México se adentró en la medicina comunitaria, participando en programas de crecimiento y desarrollo infantil —Atención al Niño Sano— en zonas periféricas y marginadas. Allí, entre calles de tierra y consultorios modestos, comenzó a forjar su identidad salubrista.
Más tarde se integró a proyectos de atención a adolescentes desde instancias públicas y, tras superar exigentes procesos de selección, ingresó al Instituto Nacional de Salud Pública en el área de Administración de Hospitales con enfoque en Salud Pública. Fue entonces cuando su vocación encontró rumbo definitivo: fortalecer instituciones, organizar sistemas y construir estructuras capaces de garantizar el derecho a la salud.
En Sinaloa, su huella es indeleble. Entre septiembre de 1989 y mayo de 1990 asumió la responsabilidad de supervisar la obra y la puesta en marcha del Hospital General de Culiacán.
No solo fue trabajadora fundadora: es parte protagónica de la historia de la medicina en el estado. Con el paso de los años el destino la convirtió en la primera mujer médica en dirigir este hospital emblemático de los Servicios de Salud de Sinaloa, rompiendo inercias históricas y abriendo espacios que durante décadas estuvieron reservados a los varones.
Tuve el privilegio de tenerla como directora; además, me ratificó en el área de Comunicación Social de esta unidad, gesto que habla de su confianza en el trabajo en equipo y en la institucionalidad.
Su liderazgo no comenzó ni terminó ahí. Participó en la transición administrativa que dio origen a la Jurisdicción Sanitaria Culiacán, de la cual fue la primera mujer en asumir la jefatura.
Ha sido la primera en numerosos cargos y responsabilidades: la primera y única mujer en Sinaloa en ocupar la Dirección de Programas Preventivos y la Dirección del Hospital General de Culiacán; la primera mujer en desempeñarse como titular de la Jurisdicción Sanitaria Culiacán, como ya mencioné; y la primera en ser subdirectora de Primer Nivel de Atención.
Fue pionera en dirigir una delegación sanitaria en la zona centro y en encabezar delegaciones sanitarias de los Servicios de Salud en el estado. Asimismo, presidió —la primera en hacerlo— la Sociedad Sinaloense de Salud Pública “Dr. Jesús Kumate Rodríguez”, de la cual fue socia fundadora e integrante de su primer Consejo Directivo.
No exagero cuando afirmo que su nombre está inscrito en múltiples “primeras veces”. Y cada una de ellas abrió puertas para muchas más.
Como ella misma ha sostenido: “La salud pública es una respuesta social organizada. No es únicamente médica”. En esa convicción se resume su trayectoria.
Prestigiada epidemióloga, sanitarista y médica tratante, ha participado en innumerables jornadas —largas, productivas y muchas veces anónimas— que han generado beneficios invaluables para la población.
Fue integrante del consejo editorial de diversas publicaciones, entre ellas Ventana Sanitarista, donde coordinó la sección de enfermedades infecciosas. Su autoridad no es solo administrativa: es académica y científica.
Recuerdo que, en 2009, frente a la pandemia de influenza H1N1, organizó programas de vacunación y coordinó un verdadero ejército de trabajadores de la Secretaría de Salud que recorrieron casa por casa los 18 municipios del estado, rastreando pacientes con cuadros gripales, orientando a la población y desplegando médicos, brigadistas y laboratorios móviles en todos los rincones de Sinaloa.
Me consta, porque en ese periodo me desempeñé como director de Imagen y Difusión de la Secretaría de Salud en Sinaloa.
Años después, durante la pandemia por SARS-CoV-2, volvió a demostrar fortaleza, entrega y sensibilidad. Recuerda con emoción el momento en que vio arribar al aeropuerto el primer avión con vacunas contra COVID-19: parecía imposible —dijo—, pero allí estaba la esperanza aterrizando.
También de ese episodio puedo dar fe, pues ya fungía un servidor como titular del Departamento de Comunicación Social del Hospital General de Culiacán.
Su concepción de la prevención es igualmente elocuente. La ha llamado “el milagro invisible de la salud pública”: ese éxito silencioso que consiste en evitar que la enfermedad ocurra; ese cero —cero viruela, cero casos prevenibles por vacunación— que puede parecer insignificante, pero que en realidad representa la mayor victoria colectiva.
“Prevenir —ha dicho en más de una ocasión— es salvar vidas que nunca sabrán que estuvieron en riesgo”.
Bajo su guía, los indicadores de salud pública en nuestro estado han mostrado resultados históricos. Liderazgo, vocación y excelencia no son adjetivos retóricos cuando se habla de ella; son descripciones comprobables. Es ejemplo de ética, disciplina y profundo amor por Sinaloa.
Está casada con el ingeniero y salubrista Enrique Alfonso Ferrer MacGregor Gil, con quien ha construido una familia comprometida con el bienestar de sus semejantes.
En su mensaje de agradecimiento evocó con gratitud a su esposo; a sus hijos, Luis Fabián y Ana Teresa; a sus nietos, Luis Manuel y Pablo; a su nuera, Lidia, y a su yerno, Francisco. “Gracias, gracias”, repitió con la emoción apenas contenida.
Agradeció también a la Sociedad Sinaloense de Salud Pública por permitirle “creer y crecer” junto con ella.
He tenido el privilegio de coincidir con Sara Carmina en distintos periodos y responsabilidades, enfrentando retos comunes. Hemos compartido diagnósticos complejos, decisiones difíciles, momentos de presión y también la satisfacción silenciosa cuando los resultados hablan por sí mismos.
La admiro profundamente y le tengo un gran cariño. Porque, además de brillante profesional, es amiga leal, generosa con su experiencia, firme en sus convicciones y humilde en sus victorias.
Hay trayectorias que se construyen con la convicción de que la salud es un derecho y no un privilegio. La suya es una de ellas.
Por eso, cuando recibió la más alta distinción otorgada por la Sociedad Sinaloense de Salud Pública “Dr. Jesús Kumate Rodríguez” —la Medalla al Mérito Sanitario 2026, entregada durante la inauguración del 3er Congreso Estatal de Salud Pública y la 1ra Reunión Regional de la Sociedad Mexicana de Salud Pública— no solo se reconoció una carrera ejemplar: se honró una vida íntegra, estratégica y profundamente humana, dedicada a hacer posible, día tras día, ese “milagro invisible” que protege la salud de nuestro pueblo.





