Hay cirugías que se cuentan en horas y hay otras que se miden en décadas. La del médico cirujano cardiovascular Miguel Arturo Aguilar Montoya pertenece a estas últimas: una intervención prolongada sobre el cuerpo de la salud pública, realizada con paciencia, pulso firme y una fe obstinada en la vida.
Al culminar dos trasplantes renales exitosos, el doctor no alza la voz ni se refugia en la épica. Dice, con la sencillez de quien ha visto demasiado: “Le fue muy bien a mi compadre. Afortunadamente, funcionó a toda…”. Y en esa frase cabe todo un universo. Porque ahí está la vida, sí, pero también la ciencia; la técnica llevada al límite. “…Un riñón con una complejidad técnica de una arteria polar, pero quedó perfecto”, agrega quien sabe que el procedimiento exigía precisión absoluta y que el equipo multidisciplinario respondió como un solo organismo.
El órgano quedó impecable. El muchacho, sin complicaciones. La vida, otra vez, abierta de par en par.
Trasplantes, promesas de vida
En los pasillos del Hospital General de Culiacán IMSS-Bienestar “Dr. Bernardo J. Gastélum”, la palabra trasplante no es solo un procedimiento: es una promesa. Durante siete años, esa promesa estuvo suspendida. Antes, se realizaban hasta treinta trasplantes anuales. Hoy, el regreso de los trasplantes con donador cadavérico no es una simple reanudación administrativa: es un renacer moral. Un hospital que vuelve a latir. Un equipo intacto, convencido de que el trasplante no solo es la mejor opción clínica, sino la más humana: devuelve al paciente a su familia, a su trabajo, a la dignidad de una segunda oportunidad.
Miguel Arturo Aguilar Montoya, prestigiado médico originario de Guamúchil, lo dice sin romanticismo, pero con verdad probada: los pacientes trasplantados le ponen más ganas a la vida. Saben que alguien les entregó algo irrepetible y lo honran viviendo mejor.
Figura fundacional de los trasplantes en Sinaloa
Pionero de los trasplantes en Sinaloa y parte viva de su historia, el doctor habla desde un lugar singular: el de quien estuvo al principio y sigue estando al final, observando cómo la obra continúa. No solo fue testigo del desarrollo de la cirugía de alta especialidad en el estado: fue su motor. El 2 de diciembre de 1992, en el Hospital General de Culiacán, realizó la primera cirugía cardíaca y el primer trasplante de corazón en Sinaloa, marcando un antes y un después en la medicina pública de la entidad y demostrando que lo que parecía imposible también podía hacerse desde un hospital general.
A los 27 años realizó su primer trasplante; hoy, a los 70, suma más de 500, principalmente renales, además de decenas de trasplantes cardíacos. Inició su formación en el Centro Médico Nacional “20 de Noviembre” del ISSSTE, en la Ciudad de México, después de haber salido de su pueblo natal para estudiar medicina en la Universidad Nacional Autónoma de México. En 1977 obtuvo el título de médico cirujano y partero; cinco años después concluyó la especialidad en Cirugía Cardiovascular. Su internado lo realizó en el IMSS de Ciudad Obregón, Sonora, y su servicio social en Tijuana, Baja California.
Tenía apenas un año de haber llegado a Sinaloa cuando, el 5 de febrero de 1987, realizó en el ISSSTE el primer trasplante renal del estado. Cruz López fue la primera paciente. Blanca, su hermana, le donó el riñón. Dos mujeres originarias de Estación Naranjo, municipio de Sinaloa. Dos destinos unidos por la ciencia y el amor.
Cruz vivió alrededor de 35 años más con el riñón funcionando plenamente. Falleció tiempo después, no a causa del trasplante, sino por una infección que no pudo ser atendida oportunamente en Tucson, Arizona, debido a su condición migratoria. El órgano seguía cumpliendo su misión. Blanca, la donadora, se encuentra muy bien. Ambas historias permanecen como testimonio vivo de lo que un trasplante puede significar cuando la medicina, la voluntad y la solidaridad se encuentran.
Los primeros 12 trasplantes se realizaron en el ISSSTE; el número 13, en el Seguro Social. Sin embargo, la institución donde ha llevado a cabo cientos de trasplantes es el Hospital General de Culiacán.
“Le debo mi vida al Hospital General de Culiacán”: Miguel Arturo Aguilar Montoya
El Hospital General no fue, para él, una estación más. Fue una elección y una convicción. Ahí, donde muchos veían carencias, él vio posibilidades. El hospital considerado durante años “el más pobre” del sistema terminó siendo —sin proponérselo al inicio— el más resolutivo del noroeste del país: trasplantes de riñón, hígado y corazón; cirugía cardíaca; código infarto. Un hospital que aprendió a salvar sin trasladar, a resolver sin huir, a creer en su propia gente.
La historia se cerró sobre sí misma como un círculo perfecto cuando el propio Aguilar Montoya sufrió un infarto a los 49 años. Media hora bastó para abrir su arteria. Tres meses después fue operado del corazón en el mismo hospital donde había formado recurso humano especializado. Se salvó con las manos que él mismo había formado. Volvió a nacer donde había enseñado a otros a dar vida.
“Le debo mi vida al General”, dice. No como metáfora, sino como certeza. “Me salvé la vida yo mismo con toda la gente que había formado. No solo me atendieron de forma inmediata el infarto; tres meses después me operé del corazón y hoy estoy en excelente condición”.
Legado de bisturí y vida: trasplantes que cambiaron la historia de Sinaloa
Hoy, al final de su carrera, su legado no es solo quirúrgico. Es ético. Cree en el trabajo en equipo, en la formación de recursos humanos, en decirle no a la cultura del traslado y sí a la confianza en lo propio. Cree que los sinaloenses se atienden mejor en Sinaloa. Cree, sobre todo, que la salud pública se construye con visión, paciencia y amor por el otro.
Conocido cariñosamente como “Capiro”, fundador del programa de trasplantes del Hospital General de Culiacán, fundador del Consejo Pro Cultura de Donación de Órganos de Sinaloa y miembro del Consejo Estatal de Trasplantes, es un médico que camina de la mano del progreso científico sin perder el sentido humano.
Miguel Arturo Aguilar Montoya no habla de retirarse: habla de dejar un equipo listo, funcionando, confiable. Y eso —en un país donde tantas cosas se interrumpen— es quizá su mayor trasplante: haber injertado futuro donde antes solo había urgencia.
Cuando termina la entrevista, no hay discursos finales. Solo gratitud. Como si supiera que lo esencial ya fue dicho con bisturí, con manos firmes y con una vida entera puesta al servicio de otras vidas.




