De tener como cuna una caja de cartón a ser escritor prolífico del pensamiento jurídico: la vida de Saúl Lara Espinoza

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Hay vidas que no comienzan en una cuna, sino en una humilde caja. La de Saúl Lara Espinoza inició en una de cartón —atada con mecates, balanceada como se podía— en Culiacán, Sinaloa. Ahí, en la precariedad más elemental, se gestó una historia marcada por el trabajo temprano, la disciplina tenaz y una vocación intelectual que no se dobló ni ante la pobreza, ni ante la adversidad administrativa, ni ante los laberintos del poder.
De bebé, Saúl Lara Espinoza no conoció una cuna de madera ni sábanas bordadas: su primer lecho fue una caja de cartón, atada con mecates que le permitían, conforme crecía, mecerse como le era posible, suspendida entre la necesidad y el ingenio. Su casa era una construcción frágil, de piso de tierra, cartones y láminas, levantada en la colonia Ejidal, por lo que hoy es la calle Fray Servando Teresa de Mier, cerca de las vías del tren y rodeada por la nada.
Tal era la escasez del hogar formado por Amalia Espinoza Romo y Abel Lara Ortiz, que en esa casa crecieron cinco hermanos, mientras otros cuatro conformaban una familia extendida que compartía carencias, afectos y sobrevivencia. El padre, hombre de trabajo inagotable, ejerció mil oficios para sostener a los suyos: fue ferrocarrilero, carpintero, velador y jornalero cuando hizo falta, sin conocer el descanso ni la resignación. En ese entorno de pobreza material —pero de disciplina y dignidad férrea— se forjó, desde el inicio, el carácter de quien aprendería muy pronto que la vida no concede: se conquista.
Nació el 22 de julio de 1955, aunque durante años la burocracia quiso decir otra cosa. Un error de origen —como tantos que pesan sobre los sectores populares— alteró su acta de nacimiento, el nombre de su madre y la fecha exacta de su llegada al mundo. Ese desajuste identitario lo obligó a librar juicios, presentar testigos, enfrentar expedientes congelados y cargar, incluso, con dos registros oficiales y dos CURP. Paradójicamente, fue el propio Estado el primer reto jurídico que tuvo que enfrentar quien más tarde se convertiría en uno de sus más finos intérpretes. Resolver ese conflicto no fue sólo un trámite: fue una defensa de la identidad, de la continuidad familiar y de la coherencia legal que habría de marcar toda su trayectoria.
La infancia de Saúl Lara no fue contemplativa. Fue callejera, trabajadora y digna. Vendió periódicos al amanecer —El Sol de Sinaloa y Diario de Culiacán— en el corazón del centro histórico; después, chicles, pastillas de menta y cachitos de lotería. Aprendió temprano que el dinero se gana con esfuerzo y que una parte siempre debía regresar a casa: su madre había quedado viuda cuando él tenía apenas doce años, tras la muerte de su padre, quien, quizá por la distracción de la fatiga tras una larga jornada, fue atropellado en 1967. Desde entonces, la responsabilidad dejó de ser una palabra abstracta.
Fue niño de la calle, sí, pero no un niño perdido. Supo convertir cada oficio —mensajero bancario, ayudante, velador, obrero ocasional— en una escuela. En el Banco Ejidal, luego Banco Rural y más tarde en el Banco de Sinaloa, aprendió contabilidad en la práctica: archivó legajos, controló almacenes y entendió la lógica administrativa desde abajo. Mientras otros veían rutina, él veía estructura.
Estudió la secundaria técnica nocturna, soldó metal con precisión de artesano, fue seleccionado entre los mejores alumnos para trabajar en talleres industriales y nunca dejó de estudiar, aun cuando cumplía jornadas completas de trabajo. En vacaciones viajaba a Tijuana a pintar casas y cargar mezcla; regresaba con el dinero justo para pagar el siguiente año escolar. Nada le fue regalado.
Cursó Contabilidad Privada para sostener sus estudios futuros y lo hizo con tal excelencia que egresó en primer lugar de toda su generación. Aun así, la pobreza le pesaba: el día de la graduación se sentó en las gradas, avergonzado por no contar con ropa adecuada. El director bajó a buscarlo. Ahí, entre miradas y aplausos, recibió una medalla al mérito académico. No fue humillación: fue carácter.
La vocación jurídica lo había acompañado desde los cinco años. Cumplió ese destino al ingresar a la Universidad Autónoma de Sinaloa, donde cursó la Licenciatura en Derecho entre 1977 y 1982. Grababa las clases en casetes, las escuchaba mientras conducía su viejo Maverick, exentó casi todas las materias y egresó con calificaciones sobresalientes. El derecho no era para él una abstracción: era una herramienta de orden, justicia y equilibrio social.
Su carrera pública fue amplia y compleja. Fue profesor fundador del COBAES, donde enseñó durante más de una década; ocupó cargos administrativos y de coordinación cultural a nivel estatal. Más tarde ingresó por oposición a la Procuraduría General de Justicia del Estado como Agente del Ministerio Público Especial para Fraudes Colectivos, en uno de los episodios financieros más dolorosos de Sinaloa. Ahí atendió a adultos mayores defraudados, escuchó historias de ahorros perdidos y dio trato humano a quienes lo habían perdido todo. El derecho, en sus manos, no fue letra fría: fue acompañamiento.
Diseñó la primera Ley Orgánica moderna de la Procuraduría, así como el primer Plan Estatal de Seguridad Pública y Justicia de Sinaloa, con diagnóstico, estrategias y líneas de acción. Muchos de esos documentos quedaron archivados, pero su solidez técnica permanece. Fue Director Jurídico Consultivo, asesor de procuradores, enlace con la Comisión Nacional de los Derechos Humanos y funcionario clave en procesos delicados de interpretación constitucional y penal.
Su paso por la academia fue igualmente histórico. En 1996, Saúl Lara Espinoza se convirtió en el primer titulado de la Maestría en Derecho Constitucional y Administrativo en los 123 años de historia de la UAS, lo que permitió elevar la escuela a rango de Facultad. Posteriormente obtuvo el primer Doctorado en Derecho expedido por la Universidad en 136 años, ambos grados con Mención Honorífica, cursados mediante convenio con la UNAM y con profesores de esa casa de estudios. Por cierto, en el Doctorado fue primer lugar de aprovechamiento de la generación con diez de promedio.
Autor prolífico y riguroso, ha escrito más de 200 artículos y ensayos, 70 iniciativas de ley y reglamentos administrativos y 19 libros de consulta obligada, obras monográficas trascendentes, entre ellas títulos fundamentales sobre derecho penal, amparo, seguridad pública y estructura socioeconómica. Dos de sus libros fueron editados por Porrúa, sello reservado a juristas de peso. Ha dirigido más de 50 tesis de maestría y doctorado, impartido clases durante más de 35 años, ofrecido conferencias en todo el país y recibido poco más de 200 reconocimientos.
Ha sido asesor de congresos, secretarías, institutos nacionales, ayuntamientos y grupos parlamentarios; coordinador de asesores; primer fiscal especial para delitos electorales en Sinaloa; articulista y postulante en el ejercicio libre de la profesión. En todos esos espacios mantuvo una constante: no doblarse, no callar cuando el conocimiento lo obligaba a hablar y retirarse cuando la dignidad lo exigía.
La historia de Saúl Lara Espinoza no es la de un hombre perfecto, sino la de un hombre persistente. De la caja de cartón al doctorado; del voceo de periódicos a la redacción de leyes; del niño pobre al arquitecto jurídico del Estado. Una vida que demuestra que el derecho, cuando nace del esfuerzo y de la conciencia social, puede ser no sólo profesión, sino destino.

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