Camilo Valenzuela: la memoria que no se rinde

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Hay vidas que no caben en la biografía porque se escriben con fuego, con cárcel, con ideales y con amor por lo imposible. Hay hombres que no envejecen porque el tiempo los usa de semilla. José Camilo Valenzuela Fierro, nacido un 7 de octubre de 1946 en Guasave, Sinaloa, cumple hoy 79 años y, más que un aniversario, su nombre convoca una reflexión sobre la persistencia de la dignidad en un país que ha aprendido a sobrevivir a costa de olvidarse.

Camilo es una de esas presencias que parecen hechas de viento y tierra, de protesta y ternura. En los años setenta, cuando lideró la Federación de Estudiantes de Sinaloa y empujó la autonomía y democratización de la Universidad Autónoma de Sinaloa, no sólo defendía una institución: defendía el derecho de los jóvenes a pensar sin permiso. Esa rebeldía se convirtió en brújula para generaciones enteras que encontraron en la educación un acto de resistencia.

Fue preso político, pero no vencido. En la Penitenciaría de Culiacán su liderazgo transformó los muros: acabó con castigos inhumanos, abrió espacios deportivos, mejoró las dietas, dignificó las visitas. Allí donde otros hubieran callado, él organizó. Donde la represión pretendía apagar la voz, él sembró conciencia. Su historia recuerda los versos de Roque Dalton: “Los que ampliaron los límites del mundo / los que ensancharon los caminos de la justicia / no mueren nunca.”

Con el paso del tiempo, su lucha se trasladó a los espacios institucionales. Diputado federal en dos ocasiones, primero con la Corriente Socialista aliada al PSUM y luego con el PRD, José Camilo llevó al Congreso la voz de los invisibles. Pero nunca dejó de ser, ante todo, un militante del pueblo: un hombre que cree que la política es servicio y que las revoluciones verdaderas no se hacen desde los templos del poder, sino desde la calle, desde el aula, desde la trinchera silenciosa de la solidaridad.
Su figura pertenece a esa estirpe de la izquierda mexicana que comprendió que la justicia no se negocia, se conquista. Y que la democracia sin participación popular es apenas una sombra. En un país donde tantas causas se desdibujan entre intereses y ambiciones, su ejemplo insiste en que la coherencia es también una forma de valentía.

Hoy, al celebrar sus 79 años, su vida nos invita a mirar hacia dentro: ¿qué hemos hecho con las luchas que nos heredaron?, ¿qué hemos hecho con esa palabra tantas veces usada —justicia— que a veces se nos deshace entre los dedos? La respuesta, tal vez, la ofreció Efraín Huerta cuando escribió: “La patria es una herida abierta que sólo se cierra con amor y con justicia.”

José Camilo Valenzuela Fierro sigue siendo esa herida abierta, pero también la esperanza de que aún hay quienes no renuncian a cerrarla con amor, con memoria, con lucha. En su cumpleaños, más que felicitarlo, habría que agradecerle: por recordarnos que la historia no se hereda, se honra. Y que hay hombres que no cumplen años, sino causas.

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