Un año sin tregua

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Hace un año, Culiacán dejó de ser la misma ciudad. Aquella mañana del 9 de septiembre marcó el inicio de una herida abierta que todavía no cicatriza. Desde entonces, el miedo se volvió rutina: despertar revisando el celular para saber dónde hubo balacera, salir a la calle con el presentimiento de que algo puede pasar, aprender a convivir con los helicópteros sobrevolando el techo de la casa, con los retenes en cada esquina y los convoyes que avanzan como recordatorio de que la paz sigue siendo una deuda pendiente.

Las cifras estremecen: 2 mil homicidios, 2 mil personas privadas de su libertad, 7 mil vehículos robados, 35 mil empleos perdidos, 50 policías asesinados y 50 menores de edad que ya no volverán a sonreír. Pero lo más doloroso es lo que no cabe en ningún número: los nombres de los ausentes, los niños que aprendieron primero a tirarse pecho tierra que a multiplicar, los vecinos que ya no regresaron, las familias que siguen buscando a quienes desaparecieron sin dejar rastro.

Todos, en esta ciudad, conocemos a alguien. Todos tenemos una historia que contar: el carro robado de un amigo, la hermana que fue testigo de un enfrentamiento, el primo que nunca volvió a casa. La violencia dejó de ser ajena para convertirse en una sombra que toca a cada hogar de manera distinta, pero innegable.

Y frente a ese hartazgo, la ciudadanía no se quedó callada. En este año se han multiplicado las marchas, esas caminatas en silencio o con pancartas en alto donde el dolor se convirtió en voz colectiva. Madres, padres, estudiantes, trabajadores: todos salieron a las calles porque había que gritar lo que desde casa asfixiaba. Esas marchas no fueron actos aislados, sino la muestra más clara de que la sociedad sinaloense se cansó de vivir bajo la amenaza constante, de normalizar la muerte y el miedo.

La respuesta de las autoridades, sin embargo, fue fría. Se intentó minimizar lo que era evidente, disfrazar con declaraciones lo que la realidad gritaba en cada esquina. Se habló de cifras controladas, de estrategias, de que no había de qué alarmarse. Pero mientras tanto, en las calles se lloraba a los hijos, se enterraban policías, se acumulaban los vehículos robados y se cerraban empresas que no pudieron resistir. La distancia entre el discurso oficial y la vida cotidiana se volvió un abismo doloroso.

Hoy, un año después, no hay tregua. Pero tampoco se ha extinguido la resistencia. Las mantas con mensajes de paz que cuelgan ahora en distintos puntos de Culiacán son una respuesta distinta: no son promesas políticas, son el eco ciudadano que insiste en que merecemos algo más que sobrevivir. Son recordatorios de que la esperanza se sostiene en lo cotidiano: en las marchas, en la voz colectiva, en esa necesidad de no callar más.

Un año después, el miedo sigue ahí. Pero también sigue ahí la fuerza de una sociedad que, entre la rabia y el dolor, ha encontrado su manera de gritar: ¡basta!

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