La ambigüedad como recurso estético: Mi experiencia como escritor

Escribir no siempre ha sido, para mí, un acto de decir. A menudo, ha sido el arte de no decir del todo. En la ambigüedad encontré un hogar narrativo, una habitación con luces tenues en la que los personajes pueden ser ellos mismos sin la vigilancia constante de un lector que lo entiende todo. No por desdén al lector, sino por respeto a su inteligencia, a su intuición, a su silencio lector. Me interesa —y me obsesiona, a ratos— esa zona de penumbra donde los sentidos se entrecruzan y las certezas se diluyen. Tal vez por eso titulé uno de mis libros Conversaciones en la Penumbra, como una forma de nombrar esa vocación por lo no dicho, lo insinuado, lo roto.

No se trata de un gesto estético gratuito, ni de un recurso decorativo. La ambigüedad ha sido, desde que comencé a escribir, una forma de sostener lo indecible, de mantener abiertas las puertas del misterio sin la necesidad de cerrarlas con explicaciones. Cuando escribo, me interesa más la atmósfera que la trama, más la tensión latente que el desenlace. Así, la ambigüedad se vuelve una respiración del texto, una forma de vida del lenguaje. ¿Quién habla en mis cuentos? ¿Quién muere? ¿Quién miente? A veces ni yo lo sé del todo, y cuando lo sé, prefiero no decírselo al lector. No porque falte claridad, sino porque la claridad plena puede resultar una forma de mutilación de la experiencia estética.

De alguna manera, he llegado a pensar que escribir desde la ambigüedad es también una forma de posicionarse éticamente frente al lector. No se le impone un sentido único, no se le obliga a seguir un camino trazado de antemano, sino que se le invita a caminar con libertad, a construir sentidos, a dudar. Esta postura me ha llevado a desarrollar ciertos recursos narrativos que acompañan esta intención: narradores poco confiables, cambios sutiles de perspectiva, silencios significativos, símbolos recurrentes que no terminan de cerrarse, y sobre todo, fragmentos. Me interesa lo fragmentario no como ruptura, sino como estilo: lo inconcluso como forma de verdad, lo contradictorio como huella de humanidad.

Cuando pienso en los relatos que he escrito, reconozco en ellos un deseo de no apresar al lector, sino de provocarlo suavemente, como quien enciende una vela en medio de una habitación oscura. El lector, si quiere, puede acercarse. Puede encender otras velas, o puede permanecer en penumbra. Puede leer como quien escucha una confidencia, o como quien abre una puerta a lo incierto. En cualquier caso, no busco que comprenda todo, sino que lo sienta. Que viva, incluso sin entender del todo, el eco de lo que se está diciendo.

Quizá por eso, escribir se me ha vuelto más un acto de búsqueda que de hallazgo. No escribo para encontrar respuestas, sino para permanecer en el filo de las preguntas. Y la ambigüedad me permite mantenerme en esa tensión, en ese estado de vigilia creativa donde cada palabra es un abismo y cada personaje una máscara. No todos los lectores disfrutan de ese pacto con la incertidumbre, lo sé. Pero aquellos que lo aceptan, descubren que la literatura —como la vida— no siempre necesita respuestas, sino buenas preguntas. Y en lo ambiguo, a veces, se esconden las preguntas más duraderas.

A lo largo del tiempo, he aprendido que no todo debe cerrarse, que no todo debe explicarse, que no todo debe resolverse. Hay belleza en lo irresuelto, dignidad en lo insinuado, profundidad en lo no dicho. Escribo desde ese lugar. Escribo hacia ese lugar. Y si el lector quiere acompañarme, sabrá que no le ofrezco certezas, sino ecos. No puertas, sino umbrales. No finales, sino resonancias.

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