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lunes, junio 27, 2022

El llanto de las sirenas

En 1810 el físico francés Charles Cagniard de la Tour dio el nombre de sirena al sonido generado por la ambulancia por el parecido (según él), al sonido del llanto de las sirenas de la mitología Griega.

¡Hola, yo otra vez! ¿Cómo los ha tratado la vida? Yo, como dice el Poema de Ítaca, disfrutando mi camino, antes de llegar al Puerto que, aunque no quiera, tarde o temprano llegaré. Mientras hago mi recorrido en este largo viaje llamado vida, me gustará compartir mis experiencias, no sé si les sirvan, pero mínimo los distraeré un rato.

Ahora bien, dejen contarles, hace algunos días, al ir rumbo al consultorio, recordé lo que para mí fue una tragedia de hace 4 años. Mi madre sufrió un accidente grave, de lo cual no voy a entrar en por menores, sólo basta decir que la encontré en el suelo, al pie de la escalera, inconsciente y sobren charco de sangre, en ese momento, pensé en todas las cosas terribles que uno puede imaginar, y mientras yo me disponía a valorarla y ver en qué condiciones se encontraba, mi hijo mayor se comunicaba con la ambulancia. ¿Cuánto tiempo tardó? No lo sé, así como pudieron ser minutos, pudieron ser horas, en esos momentos, el tiempo se vuelve relativo, un minuto se vuelve una eternidad por la desesperación tan profunda de no saber lo que pasará.

Al revisarla, me di cuenta de que mi madre seguía viva y sólo quería que rápido fuera atendida. Llegó la Cruz Roja, la revisaron y la subieron en la parte trasera de la ambulancia, yo me subí con ella para acompañarla en su camino. El trayecto se me hizo interminable, eran aproximadamente las 7:30 u 8 de la mañana, se imaginarán el tráfico a esa hora y yo sólo escuchaba el llanto de la sirena y el claxon que no paraba de sonar, tratando de naufragar entre el mar de automóviles. Al ver que no avanzábamos, el tiempo se me hizo eterno, me sentí como un náufrago perdido en la inmensidad del mar donde nadie acude a salvarte. No sé en cuento tiempo llegamos, pero al llegar, mi madre fue tendida y sin más que decir, aún la tengo conmigo.

Pero, ¿Por qué esta historia? ¿Por qué les cuento esta tragedia que ensombrece una parte de mi vida? Pues, déjenme decirles: al momento que me dirigía  al consultorio, pasaba a un lado mío una ambulancia y mi mente, en forma repentinamente volvió años atrás,  la sirena no dejaba de llorar con ese sonido agudo que te cimbra los tímpanos y el claxon suplicando que dieran paso, y ahí vi que la gente estoica e inamovible, sin responder al llanto desesperado de la ambulancia , no se movía, al hacerme a un lado y al alcanzar a ver un poco lo que iba pasando detrás de la ambulancia, observé  cómo un paramédico se encontraba  realizando maniobras que tal vez eran de reanimación (por el tipo de movimientos y al  ser  yo médico consideré que eso era). Esto  me hizo  pensar lo poco empático que somos a ese sonido, del egoísmo que se apodera de nosotros al  no dejar pasar,  porque tal vez vaya tarde a mi trabajo, a mi escuela o a alguna cita.  Pero no nos ponemos a pensar que ese minuto que sería tarde para nosotros, es un minuto que le puede costar la vida a alguien, a tu madre, a tu hijo, a tu hermano, a tu amigo.

Quizás estoy más sensible por la experiencia vivida, y a la mejor si no lo hubiera vivido, sería igual. ¿Qué nos hace ser tan egoístas, tan inmunes al dolor ajeno? Nos sentimos poderosos, invencibles, inmortales  y creemos que a nosotros nunca nos pasará, pero créeme, siempre nos puede pasar, entonces ¿Por qué no empatizamos con ese sonido? Hagámonos a un lado como marca las reglas de tránsito, qué importa que pierdas un minuto o cinco, la vida de alguien depende de ese tiempo.

Si llegas escuchar ese sonido, párate o hazte a un lado, deja que la vida no se escape de alguien que puede ser tu familiar, deja que el tiempo no se vuelva un enemigo para alguien que ocupa este para seguir con vida y ruega a la vida, a Dios, o en quien creas, que tu nunca seas el que esté en ese viaje.

Nos leeremos próxima semana.

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