Hay una manera muy sencilla de medir qué tan lejos está un gobierno de su gente: comparar el aplauso que se escucha adentro del auditorio con el silencio que hay afuera, en la banqueta.
Septiembre es el mes en que esa distancia se vuelve visible en todo México. Alcaldes, gobernadores y funcionarios de todos los niveles rinden su informe de labores en actos cuidadosamente producidos, con invitados confirmados, video institucional, discurso extenso y presídium completo. Y afuera, a doscientos metros, la vida sigue exactamente igual, sin que nadie se haya enterado de que ese día su autoridad estaba rindiendo cuentas.
No es apatía ciudadana. Es un problema de diseño, y lleva décadas sin corregirse.
El informe de labores, tal como se practica hoy en la mayoría del país, está construido para una audiencia que no es la ciudadanía. Está hecho para el jefe político, para el partido, para los aliados que necesitan ser mencionados desde el micrófono, para la nota que saldrá al día siguiente y para el propio funcionario, que necesita una fotografía donde se vea rodeado, escuchado y aplaudido. La gente común aparece en ese acto únicamente como tema de conversación, nunca como interlocutora. Se habla mucho de ella y casi nunca con ella.
De ahí nace el segundo problema, que es más profundo: la escala. Los gobiernos informan en el lenguaje de la administración, y la gente vive en el lenguaje de lo cotidiano. Son dos idiomas distintos. Un ejemplo reciente lo ilustra bien: el gobierno federal ha difundido, en spots y materiales previos al informe, una reducción de cincuenta y uno por ciento en el promedio diario de homicidios dolosos durante los primeros veintidós meses de la administración. Es un dato que el gobierno sostiene y que forma parte del balance oficial. Pero un promedio nacional, por más correcto que sea, no describe la experiencia de quien vive en una región donde la violencia todavía organiza los horarios de la familia, decide a qué hora se sale y a qué hora se regresa, y determina si los hijos van o no van a la escuela. El dato puede ser cierto y aun así no significar nada para esa persona, porque el promedio del país no es el promedio de su calle.
Ahí se abre la distancia. No porque el gobierno mienta, sino porque está midiendo con una regla que el ciudadano no usa. Cuando una autoridad presume kilómetros de pavimentación y el vecino sigue esquivando el mismo bache de siempre, cuando se anuncian miles de consultas médicas y la persona lleva tres meses esperando una cita, cuando se celebra la inversión atraída y el sueldo no alcanza igual que el año pasado, lo que se produce no es información: es sospecha. Y la sospecha, una vez instalada, es muy cara de revertir.
Lo verdaderamente costoso de este formato no es el presupuesto que consume, aunque lo consume. Es lo que enseña. Cada informe diseñado para el aplauso le confirma a la gente que la autoridad no está buscando su opinión, solo su presencia. Y cuando alguien aprende que su opinión no cuenta, deja de darla. Deja de ir a las consultas, deja de contestar encuestas, deja de creer que participar sirve de algo.
La desconfianza ciudadana en la política no aparece por generación espontánea: se construye con miles de pequeños gestos que comunican, sin decirlo, que el ciudadano sobra en la conversación.
Acortar esa distancia no requiere más spots ni mejor producción de video. Requiere algo más incómodo y mucho más barato: informar en lugares donde no se controla el escenario, empezar por lo que no se cumplió, hablar en unidades que la gente reconozca y aceptar preguntas de personas que no fueron seleccionadas previamente. Un funcionario que responde diez preguntas difíciles en una plaza pública comunica más credibilidad que uno que habla una hora frente a un auditorio lleno de invitados.
El informe, en su forma actual, es un espejo. Y lo que refleja no es la gestión: es a quién le habla realmente el gobierno cuando cree que nadie está midiendo. La próxima vez que una autoridad suba al templete, valdría la pena preguntarse cuántos de los que están sentados llegaron por voluntad propia. La respuesta dice más sobre ese gobierno que todas las cifras del discurso.




