Rocha: 34 horas para quedarse solo

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El poder no siempre se pierde cuando uno abandona la silla.

A veces se pierde cuando uno regresa y descubre que ya nadie está sentado detrás de ti.

Hay regresos que significan volver.

Y hay regresos que terminan demostrando que ya no se tiene el mismo lugar al que se pretende volver.

Rubén Rocha Moya regresó el viernes a la gubernatura de Sinaloa después de 112 días de licencia.

Regresó diciendo que estaba listo para retomar el mandato que los sinaloenses le dieron y concluir el periodo para el que fue electo.

Pero algo no salió como esperaba.

Porque Rocha volvió al Palacio de Gobierno y, en cuestión de horas, comenzó a quedarse solo.

El primer deslinde llegó desde la Secretaría de Gobernación.

La dependencia dejó claro que el regreso de Rocha era una decisión personal y que no había sido una determinación del Gobierno de México.

Después vino Morena.

Y ahí la cosa se puso todavía más seria.

Los diputados federales de Morena se deslindaron públicamente de la decisión. Su coordinador, Ricardo Monreal, fue todavía más lejos: le pidió a Rocha reconsiderar y solicitar nuevamente licencia mientras continuaban las investigaciones.

Los senadores morenistas hicieron lo propio.

No hubo respaldo.

No hubo aquel “no estás solo” que alguna vez acompañó al gobernador.

Esta vez el mensaje fue exactamente el contrario: la decisión había sido de Rocha y el partido no la compartía.

Después se sumaron gobernadores de la Cuarta Transformación.

Le pidieron madurez, responsabilidad y prudencia.

El mensaje político ya no podía ser más claro: Rocha había regresado por decisión propia, pero la estructura política que lo llevó a la gubernatura no estaba dispuesta a acompañarlo.

Y entonces llegó Claudia Sheinbaum.

La presidenta fue el último eslabón de una cadena que comenzó en Gobernación y pasó por Morena, diputados, senadores y gobernadores.

No necesitó mencionar a Rocha por su nombre.

“Ningún interés personal puede estar jamás por encima de los intereses del pueblo y de la Nación”.

Y después una frase todavía más dura:

“El poder sin principios se vuelve arrogancia”.

Pero quizá lo más revelador fue lo que Sheinbaum contó después: ella se enteró del regreso de Rocha por el mensaje que el propio gobernador publicó en redes sociales.

La presidenta de México no había sido consultada.

El partido tampoco.

Gobernación tampoco.

Rocha simplemente decidió regresar.

Y ahí está el verdadero problema político de esta historia.

Porque jurídicamente podía hacerlo.

Pero políticamente nadie parecía estar esperándolo.

Hay que recordar por qué Rocha había dejado el cargo en primer lugar.

El 1 de mayo solicitó licencia para separarse temporalmente de la gubernatura, después de los señalamientos formulados por autoridades de Estados Unidos y ante la investigación que se abrió en México.

El Departamento de Justicia estadounidense presentó acusaciones contra Rocha y otros funcionarios y exfuncionarios de Sinaloa por presuntos vínculos con una estructura criminal, incluyendo señalamientos de conspiración para traficar drogas, sobornos y protección política.

Son acusaciones, no una sentencia.

Rocha las ha rechazado.

Y durante estos meses sostuvo que no existían elementos en su contra y que su separación del cargo permitiría que las investigaciones se realizaran sin interferencias.

Por eso su regreso resultaba tan extraño.

Si las investigaciones seguían abiertas, ¿por qué regresar precisamente ahora?

Y, sobre todo, ¿por qué hacerlo sin consultar a quienes políticamente representan al movimiento del que forma parte?

La respuesta quizá nunca la sabremos completamente.

Pero las consecuencias sí fueron inmediatas.

En menos de dos días, el gobernador que había vuelto para terminar su mandato terminó solicitando nuevamente licencia.

Esta vez por tiempo indefinido.

Treinta y cuatro horas.

Eso fue lo que duró el regreso de Rubén Rocha Moya a la gubernatura.

Treinta y cuatro horas entre anunciar que retomaba el poder y volver a pedir permiso para separarse de él.

Y aquí aparece la parte más política de toda esta historia.

Rocha no perdió la gubernatura porque una autoridad se la quitara.

No fue destituido.

No hubo una resolución judicial que lo obligara a retirarse.

Regresó por decisión propia.

Y volvió a pedir licencia después de que el movimiento al que pertenece, sus legisladores, sus gobernadores y finalmente la presidenta de México marcaran distancia.

Eso es mucho más que una anécdota.

Es una señal.

Porque un gobernador puede conservar constitucionalmente el cargo y, al mismo tiempo, perder algo mucho más importante: el respaldo político.

Rocha volvió a la silla.

Pero la silla ya no era la misma.

O quizá él ya no tenía detrás a quienes estaban cuando llegó.

La historia de estas últimas horas no es solamente la de un gobernador que regresó y volvió a irse.

Es la historia de cómo un regreso que pretendía mostrar fortaleza terminó exhibiendo aislamiento.

Primero Gobernación.

Después Morena.

Luego diputados y senadores.

Después gobernadores de la 4T.

Y al final, la presidenta.

Todos fueron poniendo distancia.

Hasta que Rocha entendió que podía permanecer en el cargo, sí.

Pero que hacerlo solo tenía un costo político demasiado alto.

Y entonces volvió a pedir licencia.

La segunda.

La indefinida.

Qué ironía.

Después de 112 días fuera, Rocha regresó buscando recuperar el control de la gubernatura.

Tardó apenas 34 horas en volver a dejarla.

Tal vez la pregunta ya no sea por qué regresó.

La pregunta verdaderamente interesante es:

¿Qué encontró Rocha en esas 34 horas que lo hizo volver a pedir licencia?

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