En Uganda, donde la ley prevé cadena perpetua para personas homosexuales, una encuesta revela que el acceso al tratamiento entre la población LGTBIQ+ ha caído del 72% al 58% en los últimos tres años
La ola conservadora que en los últimos años ha endurecido las leyes contra la población LGTBIQ+ en países como Uganda, Senegal o Burkina Faso, y que amenaza con hacerlo también en Ghana, se ha convertido en un obstáculo más en la lucha contra el VIH. Uganda es el ejemplo más grave, con la ley aprobada hace tres años que prevé penas de cadena perpetua e incluso de muerte en casos considerados como “homosexualidad agravada”, que incluyen relaciones con menores, personas con discapacidad u otros supuestos, como que una de las personas es seropositiva.
La nueva norma ha condenado a la clandestinidad a miles de personas que hasta no hace mucho aún confiaban en una red de apoyo formada por clínicas, ONG y plataformas de la sociedad civil. Se ha instalado un clima de miedo que hace que muchos incluso dejen de acudir a buscar las píldoras de la profilaxis previa a la exposición (PrEP), de consumo diario. A la legislación homófoba se suma el problema de los recortes de la ayuda internacional, que se agudizaron tras el cierre de USAID, la agencia de cooperación de Estados Unidos.
Ruth Kikonyogo, investigadora y especialista en salud pública de Plan Internacional Uganda y Save the Youth Uganda, asegura a este diario que los pacientes ya no van al hospital a por las pastillas. “Y no solo es un tema de la comunidad LGTBIQ+”, asevera. “Cualquier persona que les ayude puede acabar en la cárcel. Incluso las enfermeras o los doctores tienen miedo y prefieren no atenderlos. La mayoría dice que son heterosexuales para recibir el tratamiento, pero algunos no quieren mentir y han dejado el país”.
Kikonyogo habla con miedo desde la Conferencia Internacional del Sida que se acaba de celebrar en Río de Janeiro y donde ha presentado un estudio sobre el impacto de las leyes homófobas en las políticas antiVIH. Confiesa que cada vez que sube a un escenario para hacer una presentación, por mucho que esté a miles de kilómetros de casa, se fija bien en la platea por miedo a que haya ugandeses que puedan jugarle una mala pasada, ya que, debido a la nueva normativa de su país, su trabajo en defensa de los colectivos vulnerables podría encuadrarse como “promoción de la homosexualidad”, que también prevé penas de cárcel.
A pesar del riesgo, asegura que su vida en Uganda no corre un peligro extremo porque ella es heterosexual, pero muchos de los colegas con los que trabaja viven rozando la clandestinidad, invisibles. “Ser gay en Uganda siempre ha sido difícil, pero desde que se aprobó la ley se instaló un clima de desconfianza muy grande. La gente con la que teníamos contacto y a la que hacíamos seguimiento ha desaparecido. Muchos desconfían incluso de nosotros”, dice.
Ya no van al hospital a por las pastillas, y no solo es un tema de la comunidad LGTBIQ+. Cualquier persona que les ayude puede acabar en la cárcelRuth Kikonyogo, de Plan Internacional Uganda y Save the Youth Uganda
Realizar el estudio no fue fácil para Kikonyogo, pero entre otras conclusiones encontró que, entre la población gay, que en Uganda es la más estigmatizada dentro del colectivo, el acceso a tratamiento para el VIH cayó 14 puntos en los últimos tres años, pasando del 72% al 58% de los encuestados. Una parte de los 141 participantes iniciales (hombres gays jóvenes) dejó de coger el teléfono en algún momento por miedo. Todos los indicadores de ansiedad, depresión e intentos de suicidio han aumentado en ese periodo.
Penalizaciones en Ghana
Noticias similares llegan desde Ghana, donde el Parlamento aprobó en mayo un proyecto de ley que, si finalmente es promulgado por el presidente John Mahama, endurecerá la legislación de la época colonial sobre “el contacto carnal contra natura”, hasta el punto de contemplar penas de hasta 10 años de cárcel.
La ghanesa Akua Gyamerah lideró un estudio desde la Universidad de Buffalo (EE UU) que confirma que el clima que se instaló en los últimos años en su país está teniendo efectos en las políticas de contención del VIH entre la población de riesgo. En sí, la homofobia imperante no impacta en el acceso inicial a los tratamientos, pero sí en la adherencia, pues hace que aumenten los casos de depresión y otros problemas de salud mental que al final llevan a que los pacientes dejen de medicarse y los que están más expuestos al virus dejen de protegerse. De entre casi 300 encuestados en el área metropolitana de Accra, la capital del país, el 27% dijo haber sido amenazado con una denuncia ante la policía por su orientación sexual y el 22,5% dejó de acudir a los grupos de debate sobre salud LGTBIQ+ por miedo. El desánimo llevó a pensar en la posibilidad del suicidio al 30% de los participantes.
De entre casi 300 encuestados en el área metropolitana de Accra, la capital del país, el 27% dijo haber sufrido amenazas de denuncia a la policía por su orientación sexual y el 22,5% dejó de acudir a los grupos de debate sobre salud LGTBIQ+ por miedo
La paradoja es que en algunos de estos países el miedo del colectivo convive con un momento esperanzador: la llegada del lenacapavir, un antirretroviral de acción prolongada que protege del virus con dos inyecciones al año. No solo es más práctico y cómodo que la PrEP oral diaria; el hecho de que sean apenas dos pinchazos es clave para poblaciones estigmatizadas, personas que no quieren verse señaladas por su entorno por tomar pastillas.
Los especialistas coinciden en que su expansión marcará un antes y un después en la estrategia para frenar la epidemia de VIH en el continente africano. El problema es que las dosis todavía son muy escasas; están llegando con cuentagotas. De momento, se han beneficiado casi 66.000 personas en nueve países considerados prioritarios, en los que se han suministrado 191.620 dosis, según los datos más recientes, ofrecidos en la conferencia celebrada en Río. Entre ellos está Uganda. “Sabemos que ha llegado un lote este año en un distrito, pero todavía no tenemos mucho acceso, y lo peor es que muchos no sabrán nada porque les hemos perdido la pista”, lamenta Kikonyogo




