Hay personas que no sólo dedican su vida a cuidar a los demás: terminan convirtiéndose en la memoria viva de las instituciones. Martina Alarcón Ramírez es una de ellas. Su historia corre paralela a la del Centro de Salud Urbano de Culiacán y a la propia evolución de la salud pública en Sinaloa. En sus manos caben miles de vacunas, incontables jornadas de trabajo y generaciones enteras que hoy viven gracias al esfuerzo silencioso de quienes entendieron que servir también es una forma de amar.
Hace sesenta y nueve años, cuando el Centro de Salud Urbano de Culiacán abrió sus puertas, comenzó una de las transformaciones sociales más importantes del estado. No fue solamente la inauguración de un edificio. Fue el nacimiento de una idea profundamente humana: que la atención médica debía pertenecer a todos, sin importar condición económica, afiliación o derechohabiencia. La salud pública llegaba para convertirse en un derecho y no en un privilegio.
Desde entonces, aquel inmueble levantado en la esquina de Francisco Zarco y Río Zuaque fue mucho más que concreto y ladrillos. Se convirtió en el refugio de madres angustiadas, de niños con fiebre, de ancianos que buscaban alivio y de familias enteras que encontraban en sus consultorios la esperanza de recuperar la salud quebrantada.
Los años transformaron su interior. Se ampliaron consultorios, llegaron nuevos programas, aparecieron mejores equipos médicos y la ciencia avanzó. Sólo la fachada permaneció como testigo silencioso de una institución cuyos verdaderos cimientos nunca fueron de cemento, sino de vocación.
Y entre esos cimientos humanos comenzó a escribirse la historia de Martina Alarcón Ramírez.
Nació en Mexicali, Baja California, hija de padres sinaloenses. Pero la vida la regresó muy pronto a la tierra de donde provenían sus raíces.
—”Soy sinaloense de corazón y alma”— suele decir con una convicción que no necesita demostraciones.
Ingresó al servicio público el 16 de enero de 1970 como auxiliar de nutrición en el Centro de Salud de Guasave. Vivir prácticamente dentro de un hospital despertó en ella una certeza que la acompañaría el resto de su existencia: había nacido para cuidar personas.
Después llegaron El Fuerte y Choix.
Mientras muchos apenas conocen esos municipios por un mapa, Martina los recorrió caminando bajo el sol, cruzando brechas, visitando casas de madera, rancherías apartadas y comunidades indígenas donde la salud dependía, muchas veces, de la llegada de una brigada.
No había caminos fáciles. Había cerros que subir, ríos que cruzar en lancha y trayectos en avioneta para alcanzar las comunidades más alejadas de la sierra.
Casa por casa llevaba vacunas, prevención y esperanza.
En 1973 llegó al Centro de Salud Urbano de Culiacán.
Cinco años después obtuvo el título de enfermera general y comenzó una trayectoria que la convertiría en una de las grandes referentes de la enfermería en salud pública en Sinaloa.
Vivió algunas de las batallas sanitarias más difíciles que ha enfrentado el estado.
Fue testigo de epidemias de sarampión, tosferina, influenza y, muchos años después, de la pandemia por COVID-19.
Pero hay una guerra que aún recuerda con particular intensidad: la poliomielitis.
Hubo un tiempo en que Sinaloa ocupó los primeros lugares nacionales por esta enfermedad. Niños que dejaban de caminar, familias enteras marcadas para siempre y hospitales desbordados formaban parte del paisaje cotidiano.
Martina estuvo ahí.
Entre 1975 y 1990 participó en las campañas que terminarían por derrotar al virus. Subió montañas, cruzó ríos y recorrió la costa. Entró donde no llegaban los automóviles porque la vacuna debía llegar antes que la enfermedad.
Décadas después, cuando la poliomielitis desapareció gracias a las campañas nacionales de vacunación, pocos recordaban los kilómetros recorridos por aquellas brigadas. Ella sí.
Cada dosis aplicada era una vida que no terminaría en una silla de ruedas. Cada niño vacunado era una victoria silenciosa de la salud pública.
En 1982 concluyó la especialidad en Enfermería en Salud Pública en el Instituto Nacional de Salud Pública. Después vinieron todos los cargos posibles: auxiliar, enfermera general, supervisora, jefa. Pero nunca perdió el gusto por volver al origen: caminar junto a la gente, porque entendía que la verdadera esencia de la enfermería no estaba en un nombramiento, sino en la cercanía con quienes más necesitaban ayuda.
Su liderazgo también transformó instituciones.
Bajo su impulso, el Centro de Salud Urbano de Culiacán se convirtió en unidad piloto de diversos programas nacionales de mejora continua y calidad.
Participó desde 2004 en el Programa Nacional de Calidad y, en 2008, la unidad obtuvo el Premio Nacional de Calidad, reconocimiento que confirmó que la excelencia también podía construirse desde el servicio público.
Sin embargo, el viejo edificio comenzaba a mostrar el desgaste inevitable del tiempo. Las paredes envejecían, los espacios resultaban insuficientes y las necesidades crecían. Martina se negó a resignarse y no reclamó desde un escritorio: gestionó, insistió y convenció.
El 1 de mayo de 2018, durante el desfile del Día del Trabajo, encontró al gobernador y lo invitó personalmente a conocer las condiciones del inmueble. No fue un gesto protocolario. Fue el acto de una mujer decidida a defender el lugar donde había entregado buena parte de su vida.
La visita cambió la historia.
Después de recorrer las instalaciones quedó claro que el edificio ya no necesitaba reparaciones: necesitaba renacer. La demolición comenzó el 24 de mayo de 2019. Muchos sintieron tristeza y ella también, porque no es sencillo despedirse del sitio donde se aprendió a servir.
A Martina todavía se le humedecen los ojos cuando recuerda aquellos pasillos. Cada pared guardaba nombres. Cada consultorio tenía historias. Cada rincón conservaba una parte de su vida. Pero entendía que los edificios también cumplen ciclos y que la salud pública merecía un hogar a la altura de su misión.
Después de cuatro años de construcción, el 13 de julio de 2023 abrió finalmente sus puertas el nuevo Centro de Salud Urbano de Culiacán.
Moderno, amplio, luminoso y preparado para responder a los desafíos del presente.
Cuando cruzó nuevamente sus puertas, Martina pronunció apenas dos palabras.
—”¡Misión cumplida!”
Pudo haberse jubilado pues tenía todos los derechos para hacerlo, pero decidió quedarse. Quería vivir el sueño completo. Quería atender pacientes en el edificio que ayudó a hacer posible. Porque, como suele repetir con la serenidad de quien ha encontrado el sentido de su existencia:
—”Atender a los usuarios con calidad es mi vocación.”
Hay personas cuya presencia modifica el ambiente de un hospital. No necesitan levantar la voz ni ocupar los reflectores. Su sola llegada transmite calma, su sonrisa inspira confianza y su energía contagia entusiasmo.
Martina Alarcón Ramírez pertenece a esa clase de seres humanos cuya autoridad nace del ejemplo. Camina por los pasillos con la misma sencillez con la que durante décadas caminó por la sierra llevando vacunas. Conserva intacta la alegría de servir y una inagotable disposición para ayudar. Quienes trabajan a su lado reconocen en ella una mujer cuya vocación parece irradiar una fuerza serena, capaz de recordar a todos que la medicina también se sostiene en la empatía, la entrega y el trato digno.
Por eso no sorprendió que el pasado martes 30 de junio, en el auditorio del Hospital General de Culiacán IMSS-Bienestar “Dr. Bernardo J. Gastélum”, el reconocimiento por 55 años de servicio provocara una de las ovaciones más sentidas de la ceremonia.
La medalla llevaba grabado un número. Su historia, en cambio, habla de casi cincuenta y siete años de trabajo ininterrumpido. Habla de miles de niños vacunados, de incontables familias atendidas, de epidemias vencidas y de generaciones de enfermeras formadas bajo su ejemplo.
Habla de una vida que eligió servir antes que figurar.
Hoy, Martina Alarcón Ramírez es mucho más que una enfermera distinguida. Es patrimonio humano de la salud pública sinaloense y uno de los grandes orgullos de IMSS-Bienestar. Porque existen personas cuya obra no puede medirse en años de servicio, sino en las vidas que ayudaron a transformar. Y mientras haya alguien que recuerde una vacuna aplicada, una palabra de consuelo o una mano extendida en el momento más difícil, el legado de Martina seguirá caminando por los pasillos del Centro de Salud Urbano de Culiacán y del Hospital General de Culiacán, recordándonos que la grandeza de la medicina comienza, siempre, en el corazón de quienes decidieron dedicar su vida a los demás.




