El informe de la presidenta Claudia Sheinbaum dejó algo más que cifras, mensajes y posicionamientos. También abrió una discusión que cada vez aparece con mayor frecuencia en la vida pública mexicana: ¿se gobierna para resolver problemas o para producir espectáculos políticos?
Porque si algo quedó claro el pasado fin de semana es que el gobierno federal mantiene una enorme capacidad de movilización. Lo vimos en la Ciudad de México y lo vimos en los estados, donde plazas públicas, explanadas y pantallas fueron utilizadas para seguir un mensaje que, en teoría, tenía como propósito informar a los ciudadanos sobre el rumbo del país.
Sin embargo, buena parte de la conversación posterior no giró en torno a los resultados presentados, sino alrededor del evento mismo.
Las imágenes de miles de personas trasladadas para asistir, las denuncias de acarreo, los cuestionamientos sobre el origen de los recursos utilizados para la movilización y la logística desplegada terminaron ocupando un espacio tan importante como el propio discurso presidencial.
En Sinaloa, por ejemplo, alrededor de 40 mil de personas fueron concentradas en la explanada de Gobierno para seguir la transmisión del mensaje presidencial en medio de temperaturas extremas que superaron los 40 grados centígrados. Mientras las autoridades recomendaban evitar la exposición prolongada al sol, miles de asistentes permanecieron durante horas esperando el inicio y desarrollo del evento.
La escena resulta simbólica.
Mientras miles de familias enfrentan problemas relacionados con la inseguridad, la economía, la salud o la falta de oportunidades, buena parte de la estructura política se concentra en organizar actos masivos cuyo principal objetivo parece ser demostrar capacidad de convocatoria. Solo basta decir que ese mismo día del informe presidencial fueron asesinadas 14 personas en Sinaloa y con ello la entidad cerró mayo con 135 homicidios dolosos, el mes más violento del año en medio de la disputa entre grupos criminales.
Y eso debería preocupar.
No porque una presidenta no tenga derecho a convocar simpatizantes. Todos los gobiernos buscan mostrar respaldo político. Lo preocupante es cuando la demostración de fuerza termina siendo más relevante que los resultados que se pretenden comunicar.
Frente a esa realidad, resulta inevitable preguntarse cuánto tiempo, energía y recursos públicos se destinan a resolver esos problemas y cuánto a organizar eventos multitudinarios.
La pregunta cobra todavía más fuerza cuando no existe claridad sobre el costo total de estas movilizaciones.
¿Cuánto se gastó?
¿Quién financió los traslados?
¿Cuántos recursos públicos se utilizaron?
La rendición de cuentas no debería limitarse al discurso desde el templete. También tendría que alcanzar la organización de los propios eventos gubernamentales.
Otro aspecto que llamó la atención fue el tono del mensaje.
Una parte importante del discurso volvió a centrarse en los errores de gobiernos anteriores y en los adversarios políticos.
Esa narrativa pudo resultar efectiva durante los primeros años de la llamada Cuarta Transformación. Sin embargo, después de casi ocho años de Morena en la Presidencia, cada vez más ciudadanos esperan menos explicaciones sobre el pasado y más respuestas sobre el presente.
Porque llega un momento en que los gobiernos dejan de ser oposición.
Y cuando eso ocurre, también dejan de tener pretextos.
Los problemas que persisten ya no pueden atribuirse únicamente a quienes estuvieron antes. La responsabilidad de resolverlos recae en quienes hoy ejercen el poder.
México necesita gobiernos enfocados en resultados, no en escenarios; en soluciones, no en concentraciones; en atender las preocupaciones de la gente, no en medir quién llena más plazas.
Porque el caos que vivimos en el país no se resuelve con acarreados, ni auto alabándose. Se resuelven gobernando.
Se resuelven gobernando.
Y eso, por más grande que sea una explanada, no puede ocultarse detrás de una fotografía aérea.




