Hoy vuelve a doler tu ausencia, Luis Enrique Ramírez Ramos.
No es una fecha cualquiera: es de esos días que abren la memoria como una herida fina, precisa, inevitable. Hoy se cumple el aniversario de tu asesinato, y tu nombre vuelve no solo como recuerdo, sino como una presencia que sigue haciendo falta. El aniversario de tu muerte no es solo un recordatorio del tiempo que pasa, sino de lo mucho que se ha perdido con tu silencio.
Porque hay silencios que pesan más que cualquier palabra, y el tuyo —el de tu pluma detenida— es uno de ellos.
Fuiste, sin exageraciones, una voz imprescindible. De esas que no solo informaban, sino que iluminaban. Tus columnas no eran un hábito: eran un rito. Lectura obligada no por imposición, sino por necesidad. En medio del ruido, tú ofrecías claridad; en medio de la prisa, profundidad.
Pero también hay algo más, Luis Enrique: cuando matan a un periodista, no solo apagan una vida. Matan un faro. Apagan una luz que ayudaba a otros a ver. Y con ello, condenan a la sociedad a una forma más densa de oscuridad.
Por eso duele tanto. Por eso indigna.
El absurdo de tu muerte no se acomoda con el paso del tiempo. No se vuelve comprensible. No se vuelve menos injusto. Al contrario: se vuelve más evidente.
¡Qué falta haces en estos días!
Hace falta tu mirada aguda, esa que encontraba la grieta exacta por donde se filtraba la verdad. Hace falta tu capacidad de decir sin estridencias lo que otros apenas se atrevían a insinuar. Hace falta, sobre todo, tu honestidad: esa forma de escribir que no buscaba agradar, sino comprender.
Tus textos eran faro y también espejo. Nos mostraban lo que ocurría y, al mismo tiempo, lo que éramos. Tenían el pulso de la historia y el aliento de la literatura. Sabías narrar los hechos, sí, pero también desnudar sus capas ocultas, esas que muchos preferían mantener en la sombra.
Y cómo olvidar tu estilo.
Esa manera de salpicar la realidad con anécdotas precisas, con historias que parecían menores pero que, en tus manos, se convertían en revelaciones. Tenías el raro talento de hacer visible lo invisible, de conectar los puntos que otros ni siquiera veían.
Tu precisión era quirúrgica. Tu humor, sutil y punzante. Tu inteligencia, incómoda para algunos, necesaria para todos.
Hoy, en estos tiempos aciagos, tu ausencia se vuelve aún más evidente. Porque no hay quien haya llenado tus zapatos. Hay voces, sí. Hay opinión, abundante. Pero falta esa combinación casi irrepetible de rigor, sensibilidad y talento narrativo.
Falta alguien que no solo nos diga qué pasa, sino por qué importa.
Falta alguien que nos obligue a detenernos.
Faltas tú.
Y entonces resuena aquella idea que parece escrita para momentos como este, de Ryszard Kapuściński: “Para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser buenos seres humanos.” Tú lo eras. Y se notaba en cada línea.
Y mientras el mundo sigue girando —más confuso, más ruidoso—, uno no puede evitar preguntarse cuántas verdades estarían mejor contadas si tu pluma aún nos acompañara.
Hoy no solo se te recuerda.
Hoy se te extraña.





