Vi las portadas el mismo día, y algo en mí se quebró.
No fue sólo el contraste. Fue la revelación brutal de una verdad que preferimos ignorar: el dolor no tiene el mismo valor según quién lo narre.
Ese domingo 1 de marzo de 2026, el contraste entre las portadas de The Jerusalem Post y La Jornada de México me mostró dos mundos irreconciliables.
En uno, una niña muerta bajo los escombros, su pequeño brazo ensangrentado como último testimonio de su existencia.
En el otro, la glorificación del poder, aparecía el rostro de Donald Trump envuelto en palabras como “Freedom” y “Liberty”, con la bandera de Estados Unidos y escoltado por aviones de combate.
Debajo de esa imagen un mensaje que aún retumba por su carga simbólica y política: “Presidente Trump – Salvador de Israel. Que Dios lo bendiga a usted y a sus descendientes por miles de generaciones.”
Y entonces entendí que la libertad también puede ser una mentira.
Porque no hay libertad en los cuerpos enterrados de 168 niñas y maestras. No hay “liberty” en un misil que cae sobre una escuela. No hay dignidad en justificar la muerte de inocentes como parte de una “cadena de errores”, como si la vida humana fuera un accidente técnico.
Pero la indignación no surgió sólo de esa imagen. Se fue construyendo, día a día, en una cronología que revela la profundidad de la contradicción.
El 2 de marzo, apenas un día después de aquellas portadas, Melania Trump apareció presidiendo el Consejo de Seguridad de la ONU hablando de los niños del mundo.
Habló de esperanza, de paz, de futuro. Pero no nombró a las niñas.
Habló en abstracto, sin nombrar a las víctimas concretas, mientras el eco del bombardeo sobre la escuela de niñas en Irán aún no se disipaba.
Ese mismo lunes, mientras se hablaba de proteger a los niños del mundo, los niños ya estaban muertos.
El 12 de marzo, el alto mando militar estadounidense fue cuestionado públicamente. Se reconoció que el ataque pudo haberse basado en información de inteligencia obsoleta. Una “cadena de errores”, dijeron. Como si 168 vidas pudieran reducirse a un fallo de sistema, como si la muerte pudiera archivarse en un expediente técnico.
Y el 13 de marzo, la misma publicación que había exaltado la guerra y el poder, dedicaba la portada de la revista The Jerusalem Post a una apología de la familia Trump, con Melania como figura central: una imagen cuidada, elegante, casi ajena a la tragedia que se desarrollaba en paralelo. Una exaltación estética del poder mientras la memoria de las víctimas comenzaba a diluirse.
Me niego.
Me niego a aceptar que el lenguaje del poder sea más fuerte que el grito de los muertos. Me niego a aceptar que la palabra “Dios” sea invocada para bendecir la guerra mientras los cuerpos de niñas son rescatados entre polvo y sangre. Me niego a aceptar que el mundo mire hacia otro lado porque las víctimas no encajan en la narrativa conveniente.
¿De qué sirve un discurso que no nombra a sus víctimas?
¿De qué sirve una condena abstracta cuando el horror tiene dirección, fecha y responsables?
¿De qué sirve la diplomacia cuando la justicia se diluye en eufemismos?
Llamarlo “error” es una forma de impunidad.
Llamarlo “conflicto” es una forma de silencio.
Llamarlo “libertad” es, en este contexto, una forma de violencia.
La ética no puede ser selectiva. Los derechos humanos no pueden depender del pasaporte, de la religión o de la geopolítica. No existen víctimas de primera y de segunda categoría. No existen muertes más justificables que otras.
Y sin embargo, el mundo actúa como si así fuera.
Se queman imágenes de líderes, pero se olvidan los nombres de las niñas. Se construyen relatos heroicos mientras se entierran historias truncadas. Se celebran símbolos de poder mientras la humanidad pierde, una vez más, su sentido más básico: el valor de la vida.
No es sólo hipocresía. Es complicidad.
Porque cada vez que se justifica lo injustificable, cada vez que se suaviza un crimen con tecnicismos, cada vez que se omite la verdad para proteger intereses, se está participando activamente en la construcción de la impunidad.
Y la impunidad es el terreno fértil donde germinan los crímenes de lesa humanidad.
Hoy no escribo desde la neutralidad. Escribo desde la indignación. Desde la vergüenza de pertenecer a una comunidad internacional que reacciona con tibieza ante la masacre de niñas. Desde la certeza de que el silencio, en estos casos, no es prudencia: es abandono.
No hay religión, ideología ni razón de Estado que justifique la muerte de inocentes.
No hay narrativa política que pueda lavar la sangre de una escuela bombardeada.
No hay portada lo suficientemente poderosa para ocultar la verdad.
La verdadera libertad no se proclama con aviones de guerra.
Se construye con justicia.
Se sostiene con memoria.
Y se defiende, sobre todo, negándose a olvidar.
No había podido escribir estas líneas al ver esos contrastes por la enorme tristeza que produjeron en mi espíritu, pero hoy escribo porque si olvidamos, entonces sí: habrán ganado.




