En la política mexicana, donde las coyunturas cambian con rapidez y los nombres aparecen y desaparecen con la misma velocidad, hay perfiles cuya trayectoria termina pesando más que el ruido del momento. En Sinaloa, uno de esos nombres vuelve a colocarse en la conversación pública: Eduardo Ortiz Hernández.
Una reciente medición de la firma Emotegia, Investigaciones y Consultoría coloca a Ortiz Hernández con un 34.60 por ciento de posicionamiento dentro del panismo sinaloense rumbo a la contienda de 2027. Más allá de la cifra —que siempre debe analizarse con prudencia en tiempos de encuestas— el dato revela algo más interesante: la ciudadanía comienza a mirar nuevamente hacia perfiles con experiencia administrativa, formación profesional sólida y conocimiento del funcionamiento del Estado.
No es un fenómeno menor. En los últimos años, la discusión política en México ha transitado entre la polarización y la improvisación. En ese contexto, el electorado empieza a valorar nuevamente a quienes conocen la administración pública desde dentro y han participado tanto en la iniciativa privada como en la función pública.
Ahí es donde la trayectoria de Ortiz Hernández cobra relevancia.
Su paso por la Secretaría de Desarrollo Económico de Sinaloa dejó resultados que todavía forman parte de la memoria administrativa del estado, particularmente en materia de atracción de inversión y generación de empleo. Durante su periodo, Sinaloa logró cifras importantes de inversión extranjera directa, con capital proveniente principalmente de Estados Unidos y Canadá. Más allá de los números, ese periodo reflejó algo que muchas veces se pierde en la discusión política: la capacidad de gestionar, dialogar y generar confianza para atraer desarrollo.
Antes de eso, Ortiz también había construido una trayectoria política y empresarial relevante: diputado federal, diputado local y líder del sector comercio en Culiacán. No se trata de un político improvisado ni de una figura surgida de la coyuntura mediática. Su perfil pertenece a una generación de panistas formados en el trabajo institucional, en el debate público y en la construcción de acuerdos.
En un estado como Sinaloa, donde los retos económicos y sociales siguen siendo profundos, el debate sobre quién debe conducir el rumbo político no puede reducirse a simpatías momentáneas o a narrativas de corto plazo. Se necesita visión, experiencia y, sobre todo, capacidad de interlocución tanto en lo local como en lo nacional.
Ese es otro de los factores que hoy se mencionan en torno a Ortiz Hernández: su relación política en los círculos donde se toman decisiones en el país, particularmente en la Ciudad de México. En una federación como la mexicana, donde los equilibrios políticos y presupuestales se negocian permanentemente, tener interlocución nacional no es un detalle menor.
La política sinaloense todavía tiene tiempo para definir sus escenarios rumbo a 2027. Sin embargo, los movimientos iniciales ya empiezan a delinear perfiles. Y lo que muestran algunos estudios de opinión es que la sociedad no solo observa nombres nuevos; también revisa trayectorias que han demostrado capacidad y consistencia.
Hay además un elemento adicional que no debe perderse de vista: el estudio que posiciona a Ortiz Hernández no se limitó a un ejercicio local. Se trata de una medición realizada a nivel nacional, que evaluó perfiles del Partido Acción Nacional en todas las entidades que renovarán gubernatura en 2027. En ese contexto, el resultado obtenido en Sinaloa adquiere una dimensión más amplia, pues refleja el nivel de posicionamiento que tiene el perfil sinaloense dentro de ese análisis comparativo.
Tal vez ese sea el mensaje de fondo que deja esta medición: en tiempos de incertidumbre política, la experiencia vuelve a convertirse en un activo.
Y en ese terreno, el nombre de Eduardo Ortiz Hernández vuelve a entrar con fuerza en la conversación pública de Sinaloa. Porque, como dice el viejo dicho político que da nombre a esta columna: cuando el río suena… es porque algo empieza a moverse.




