Desde el final de la Guerra Fría, Estados Unidos ha tenido muchas narrativas oficiales y no oficiales: líder del mundo libre, policía del orden global, defensor de la democracia, o guardián de la estabilidad económica global. Lo que diferencia a la narrativa de Donald Trump en 2026 no es solo su contenido, sino su tono: la insistencia en recuperar un rol activo, poderoso y decisivo en el escenario internacional, enmarcado casi como el regreso a un pasado percibido como más seguro, más influyente y más respetado.
En discursos, declaraciones públicas y su uso de plataformas como Truth Social, Trump ha reforzado una idea simple pero potente: “Estados Unidos ha vuelto”. Ha presentado las acciones militares recientes (la captura de Maduro, la eliminación de líderes regionales y la campaña militar contra Irán) como pruebas de que su país está dispuesto a ejercer su poder sin ambigüedad. Esta narrativa apela a dos imágenes fundamentales: primero, la del “Estados Unidos fuerte” que protege no solo sus intereses, sino los de sus aliados; segundo, la del país capaz de restaurar el orden mundial en un momento de incertidumbre global.
Para reforzar esta narrativa, Trump no ha escatimado en simbolismos: ruedas de prensa en el Pentágono, entrevistas televisivas donde repite sus logros, y declaraciones directas que vinculan estos eventos con la seguridad global. La idea es sencilla: si Estados Unidos es fuerte y decidido, entonces el mundo está más seguro y las amenazas son menos probables. También es una manera de contrarrestar la percepción de vulnerabilidad interna, marcada por dificultades económicas, inflación persistente o desaceleración del crecimiento.
Presentar una política exterior fuerte puede, en la lógica trumpista, compensar la insatisfacción con los resultados económicos domésticos.
La pregunta clave, sin embargo, es si esta narrativa será efectiva políticamente en el mediano plazo. Las señales actuales sugieren que el público estadounidense está dividido, e incluso mayoritariamente escéptico respecto a las operaciones militares: una encuesta reciente indica que solo alrededor de una cuarta parte de la población apoya los ataques contra Irán. Además, la preocupación por el impacto económico de un conflicto, desde los precios del combustible hasta la incertidumbre de los mercados, es un factor que pesa más para los votantes que la política exterior.
La historia política reciente muestra que las narrativas triunfan cuando se conectan con las experiencias y prioridades reales de la ciudadanía. En la década de 1990, por ejemplo, la narrativa del “nuevo orden mundial” funcionó en un contexto de crecimiento económico sostenido y relativa estabilidad internacional. Hoy, sin embargo, muchos estadounidenses sienten que sus salarios, empleos y oportunidades no han mejorado lo suficiente para sentir que “Estados Unidos está bien”. Cuando la narrativa de poder global no coincide con la experiencia cotidiana de la gente, cuando la gente siente que no le alcanza para cubrir sus necesidades básicas, esa narrativa corre el riesgo de parecer vacía o desconectada.
Además, la narrativa de “Estados Unidos como defensor del mundo” enfrenta competencia de otras visiones globales. Países como China y Rusia han rechazado abiertamente las acciones militares recientes, presentándolas como una amenaza a la estabilidad internacional y una violación de la legalidad global que debería frenarse de inmediato. Esa crítica internacional refuerza una percepción diferente: la de un mundo cada vez más multipolar, donde la narrativa unilateral de una sola potencia tiene menos fuerza y menos legitimidad.
Entonces, ¿le alcanzará esta narrativa a Trump para consolidar apoyo en las próximas elecciones? Esto dependerá de su capacidad de conectar esa visión de poder global con respuestas concretas a las preocupaciones internas del país. Si la narrativa del “retorno al poder” no se traduce en beneficios tangibles (mejor empleo, seguridad económica, acceso a servicios) entonces puede ser percibida como un simple recurso retórico, eficaz para la diplomacia coercitiva, pero insuficiente como estrategia electoral.
Políticos de todo el espectro deberían observar este momento con atención: no basta con proyectar fuerza hacia fuera si esa fuerza no dialoga con las necesidades del público hacia adentro. La narrativa del poder puede inspirar orgullo nacional, pero sin soluciones reales a las tensiones económicas, sociales y de bienestar, corre el riesgo de convertirse en un eco vacío en una campaña electoral competitiva.




