Hay entrevistas que se quedan en la superficie y otras que, sin proponérselo, se convierten en un retrato generacional. La charla exclusiva que sostuve con Diego Méndez Torres pertenece claramente a la segunda categoría.
Diego tiene 17 años. Decirlo así, de corrido, parece una cifra cualquiera. Pero cuando uno lo escucha hablar de independencia, de presión extrema, de discriminación, de fe, de frustración y de propósito, la edad deja de ser un dato y se vuelve una paradoja. Porque Diego no habla como alguien que apenas comienza a vivir, sino como alguien que ya entendió que el camino hacia los sueños no concede treguas.
La entrevista —realizada desde su centro de entrenamiento en Estados Unidos— no fue una conversación sobre autos ni sobre velocidad. Fue, más bien, un diálogo sobre la soledad, la disciplina y el precio real de apostar todo por una vocación. Diego dejó México siendo prácticamente un adolescente para instalarse en un país que no es el suyo, en un idioma que no es el suyo, lejos de su familia, de sus amigos y de la red de contención que normalmente acompaña a alguien de su edad.
A los 17 años, vive solo. Se levanta solo. Come solo. Trabaja solo. Toma decisiones que, para muchos adultos, resultan abrumadoras. Y lo hace sabiendo que no hay plan B, que el automovilismo dejó de ser un juego para convertirse en su camino de vida.
Pero si algo marcó la conversación fue su franqueza al hablar de la discriminación. No como un concepto abstracto, sino como una experiencia cotidiana: miradas, comentarios, exclusiones abiertas, incluso agresiones dentro de la pista por el simple hecho de ser mexicano. Escuchar a un joven narrar con serenidad cómo le han negado un servicio o le han dicho que “no pertenece ahí” obliga a replantearnos qué tan caro sigue siendo, para muchos, cruzar fronteras con un sueño en la mano.
Y aun así, Diego no habla desde el resentimiento. Habla desde la convicción. Desde la certeza de que la fe, la disciplina y el trabajo constante terminan por abrir brechas incluso en los muros más duros. Corre sabiendo que cada vuelta es una prueba mental, emocional y física. Corre entendiendo que este deporte puede elevarte un día y derribarte al siguiente. Corre con humildad, porque el automovilismo —como él mismo lo dice— te da y te quita sin pedir permiso.
Durante la charla quedó claro que Diego no se concibe como un héroe individual. Para él, ganar una carrera es ganar en equipo. Y quizá ahí esté una de las claves de su madurez: entender que el talento no basta si no va acompañado de carácter, gratitud y sentido humano.
No es casualidad que Diego Méndez Torres haya sido reconocido como Premio ASES de Oro al Mérito Deportivo 2025. Más allá de los resultados en pista, este reconocimiento habla del impacto de su trayectoria, de su disciplina y de la forma en que su historia comienza a resonar dentro y fuera del automovilismo.
Hoy, Diego Méndez Torres camina —mejor dicho, acelera— hacia un objetivo que no suena exagerado cuando se le escucha con atención: convertirse en campeón y en el mejor piloto profesional mexicano del automovilismo mundial. No como una frase grandilocuente, sino como un proyecto de vida que se construye día a día, con sacrificios silenciosos y decisiones irreversibles.
La entrevista en video que hoy presentamos en LogoCómic no es solo el testimonio de una promesa del deporte. Es el retrato de un joven que aprendió demasiado pronto que los sueños verdaderos exigen soledad, resistencia y una fe inquebrantable en uno mismo.
Agradezco de manera especial a Rocío Labastida, quien brindó los medios y las facilidades para que esta charla pudiera realizarse, haciendo posible este encuentro y este testimonio que hoy compartimos.
Y quizá por eso vale tanto la pena escuchar a Diego Méndez Torres: porque en su historia no solo corre un auto, corre también la dignidad, la esperanza y el talento de todo un país.




