Hay momentos en la historia política en que una obra escrita hace cuatro siglos ilumina el presente con una claridad perturbadora. La sombra del Rey Lear de Shakespeare se proyecta sobre las cancillerías del hemisferio, planteando a los líderes mundiales una pregunta tan antigua como el poder mismo: ¿cómo negociar con un gobernante cuyo ego es inseparable de su política exterior?
El reciente gesto de María Corina Machado —ofrecer su Premio Nobel de la Paz a Trump tras quedar fuera del plan de restitución para Venezuela— parece sacado directamente de la primera escena de la tragedia shakespeariana. Como recordarán quienes conocen la obra, el anciano Rey Lear exige a sus tres hijas que declaren públicamente cuánto lo aman antes de dividir su reino entre ellas. Goneril y Regan compiten en adulación extravagante; Cordelia, la menor y única que lo ama genuinamente, se niega a participar en ese teatro político y es desterrada. El reino queda en manos de quienes mejor actuaron, no de quien mejor gobernaría.
La tentación inicial es trazar un paralelismo directo: Trump como Lear, los líderes mundiales como sus hijas, la geopolítica como ese reino a dividir. Pero la realidad es más compleja y, paradójicamente, más shakespeariana de lo que parece a primera vista. El error de Cordelia no fue su honestidad, sino su rigidez. En un mundo donde el poder exige rituales de reconocimiento, ella confundió dignidad con inflexibilidad. Su famosa respuesta —”nada, mi señor”— cuando se le pide que exprese su amor, es moralmente admirable pero políticamente suicida. Shakespeare, ese gran conocedor de la naturaleza humana, no nos pide que condenemos a Cordelia, pero tampoco que ignoremos las consecuencias de su purismo.
María Corina Machado parece haber llegado a una conclusión opuesta: en un mundo donde Trump controla recursos vitales para la causa venezolana, el pragmatismo exige gestos de reconocimiento. Pero aquí surge la pregunta que resuena desde el siglo XVII hasta nuestros días: ¿dónde termina el pragmatismo y comienza la degradación? La respuesta no está en los extremos sino en comprender la psicología del poder que enfrentamos. Los libros de Trump, particularmente The Art of the Deal, revelan una visión transaccional del mundo donde cada relación es una negociación y cada negociación tiene ganadores y perdedores. Sin embargo, hay un matiz crucial que muchos analistas pasan por alto: Trump no solo busca adulación, busca adversarios dignos que eventualmente reconozcan su superioridad. En su narrativa personal, las victorias contra rivales débiles no cuentan; las victorias contra oponentes fuertes lo definen.
Esto plantea un escenario más complejo para líderes como Claudia Sheinbaum. La presidenta mexicana enfrenta lo que podríamos llamar “la paradoja del respeto trumpiano”: ni la adulación servil ni el desafío absoluto funcionan como estrategia sostenible. Trump desprecia a los aduladores transparentes tanto como castiga a quienes lo ignoran. Lo que valora, según muestra su historial tanto empresarial como político, es el oponente que negocia desde la fuerza, que no cede en lo fundamental pero que reconoce la realidad del poder. En King Lear, el Bufón es el único personaje que dice verdades al rey sin ser castigado. Lo logra no mediante la confrontación directa sino a través de un código que Lear entiende y tolera porque no amenaza su autoridad pública.
La lección para la diplomacia contemporánea no es convertirse en bufones, sino encontrar ese lenguaje que permite decir verdades sin romper el protocolo del poder.
La ruta viable, aunque difícil, pasa por construir una posición de fuerza real —económica, institucional, diplomática— desde la cual negociar. Trump puede exigir reconocimiento, pero históricamente ha respetado a quienes negocian desde posiciones sólidas. Shakespeare nos recuerda, además, que el verdadero peligro del liderazgo egocéntrico no está en su crueldad inicial sino en su ceguera progresiva. Lear, rodeado solo de aduladores, pierde contacto con la realidad hasta descender a la locura. En la política internacional, este patrón se manifiesta cuando los líderes que exigen lealtad incondicional terminan mal informados sobre amenazas reales, oportunidades genuinas y el estado de ánimo de sus propios pueblos.
El gesto de Machado, visto desde esta perspectiva, no es solo táctica inmediata sino síntoma de un sistema donde la adulación reemplaza al análisis. Si Trump se rodea de líderes cuyo principal talento es elogiarlo, ¿quién le dirá las verdades incómodas sobre Venezuela, sobre México, sobre la región? La ironía es que un líder que se percibe fuerte puede volverse vulnerable precisamente porque ha castigado toda voz disonante. La lección para los líderes latinoamericanos en este momento no está en elegir entre la pureza moral de Cordelia o la adulación cínica de Goneril y Regan. Está en reconocer que la diplomacia efectiva requiere tanto fortaleza como flexibilidad, tanto principios como pragmatismo. Esto significa construir poder real antes de negociar, no sustituir el poder con gestos simbólicos. Significa reconocer las realidades del poder estadounidense sin renunciar a intereses nacionales fundamentales. Significa encontrar el lenguaje que permite disentir sin humillar, cooperar sin someterse, y mantener canales de diálogo genuino que vayan más allá de los rituales de ego.
La tragedia de King Lear termina con todos los protagonistas muertos o destruidos. Lear reconoce demasiado tarde que confundió teatro con verdad, que destruyó lo valioso persiguiendo lo superficial. La pregunta es si los líderes actuales aprenderán la lección antes de que sea demasiado tarde, o si repetiremos, una vez más, ese ciclo eterno donde el ego del poder devora lo que debería proteger.
Shakespeare escribió para los siglos porque entendió que ciertos patrones humanos son inmutables. El poder siempre buscará validación; los débiles siempre enfrentarán la tentación de adular; los fuertes siempre caminarán la línea entre dignidad y pragmatismo. La sabiduría no está en ignorar estas realidades sino en navegarlas sin perder el alma en el proceso.
En última instancia, tanto Lear como Trump nos recuerdan que el poder sin sabiduría es una tormenta que consume todo a su paso. La pregunta no es si podemos evitar la tormenta sino si tenemos la fortaleza y la inteligencia para atravesarla sin perder lo que realmente importa: la dignidad de nuestros pueblos y la posibilidad de un futuro que no esté escrito por el capricho de reyes, viejos o nuevos.




