México Publica Papers Mientras China Fabrica el Futuro

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Hace apenas unas semanas, la Academia China de Ciencias publicó un avance en baterías de estado sólido que promete duplicar la autonomía de los vehículos eléctricos. La noticia no solo fue un hito en la revista Nature; en cuestión de días, la gigante BYD anunció la integración de estos avances en su cadena de producción. Del laboratorio a la fábrica en un parpadeo. Mientras tanto, en México, un investigador del Cinvestav o de la UNAM puede durar años lidiando con la burocracia para importar un solo reactivo. Se vive en un sistema que trata a la ciencia como un lujo cultural y no como la columna vertebral de la economía.

Los datos del Nature Index 2025 confirman un cambio de era: en el ranking académico, nueve de las diez instituciones científicas más productivas del mundo son hoy chinas. Harvard mantiene el primer lugar, pero el resto del Top 10 es una avalancha de universidades asiáticas —Universidad de Ciencia y Tecnología de China, Zhejiang, Pekín, Tsinghua, Nanjing— que hace quince años apenas figuraban en el mapa. Cuando se incluyen instituciones gubernamentales, la Academia China de Ciencias encabeza el ranking global con una puntuación que casi duplica la de Harvard. No es solo cantidad; es soberanía. Han desplazado a Stanford y al MIT en la autoría principal de artículos en las revistas de mayor impacto. China no solo está jugando el juego de la ciencia; está escribiendo las reglas del mercado tecnológico de la próxima década.

¿Qué tiene esto que ver con México? Todo. Los datos más recientes del Banco Mundial indican que México invierte apenas 0.27% de su PIB en Investigación y Desarrollo. Para poner esto en perspectiva: Brasil invierte 1.2%, Corea del Sur 4.8%, y aunque las cifras exactas de China para 2025 varían según las fuentes, el consenso sitúa su inversión por encima del 2.4% del PIB.

Pero el presupuesto es solo la punta del iceberg. Lo verdaderamente alarmante es que México se ha convertido en una maquiladora de talento. Entre 1978 y 2024, China envió 8.88 millones de estudiantes al extranjero; de ellos, 6.44 millones regresaron tras graduarse. La tendencia se aceleró dramáticamente después de 2012: 5.63 millones retornaron solo en este período, lo que representa el 87% del total histórico. México, en cambio, exporta sus cerebros. Sin plazas de investigación suficientes y con una industria nacional que no demanda alta tecnología, gran parte del capital humano formado en nuestras universidades públicas termina en Boston, Berlín o Shanghái. Estamos subsidiando el desarrollo de las potencias con nuestros mejores investigadores.

Pensemos en el caso de la transferencia tecnológica. La información disponible indica que la UNAM solicita en promedio entre 30 y 50 patentes anuales, una cifra ya de por sí modesta para la mayor universidad del país. De esa cifra, la proporción que llega a ser licenciada por empresas mexicanas es mínima. El resultado es absurdo: un científico mexicano publica un avance en nanotecnología para celdas solares; una empresa alemana o coreana lee el paper, desarrolla la aplicación y, cinco años después, México importa esos mismos paneles solares.

El problema radica en un sistema de incentivos desconectado de la realidad. El Sistema Nacional de Investigadores e Investigadoras sigue privilegiando la publicación de artículos por encima de la utilidad social o industrial. Un investigador recibe mayores estímulos por publicar diez artículos que nadie en México leerá, que por desarrollar una patente que resuelva la crisis hídrica o energética del país.

El sistema castiga a quien se ensucia las manos en la industria: si pasas tiempo creando una empresa de base tecnológica, tu productividad académica baja y tu estímulo económico desaparece. La paradoja es brutal: puedes obtener el máximo nivel del SNI publicando decenas de artículos sobre problemas que solo interesan a otros académicos, pero si dedicas años a resolver un problema nacional concreto, generando impacto real, tu currículum se debilita porque publicaste menos.

China entendió que la ciencia no es un adorno de las sociedades ricas, sino la herramienta que las hace ricas. El retorno masivo de científicos chinos no fue por patriotismo romántico, sino porque China creó un ecosistema donde es más atractivo innovar en Shenzhen que en Silicon Valley. Programas como el “Plan de los Mil Talentos” ofrecieron contrataciones rápidas y generosas subvenciones.

En México, el investigador que regresa se enfrenta a laboratorios sin mantenimiento, la desaparición de fideicomisos que antes agilizaban proyectos y, en algunos casos, a un discurso oficial que estigmatiza la excelencia científica como elitismo. El desmantelamiento durante el sexenio anterior fue sistemático: eliminación de fondos de investigación aplicada bajo argumentos de austeridad, congelamiento presupuestal de Conacyt que en términos reales significó una caída de cerca del 40%, y redirección de recursos hacia becas universales sin criterios de excelencia académica.

Los números cuentan historias demoledoras. En 2020, las universidades chinas otorgaron 1.4 millones de títulos de ingeniería, siete veces más que en Estados Unidos. Para 2025, se esperaba que China produjera casi el doble de graduados con doctorado en ciencia y tecnología que Estados Unidos. México no tiene cifras públicas precisas sobre cuántos de sus doctores formados con fondos públicos terminan trabajando fuera del país, pero la evidencia anecdótica y la experiencia de cualquier universidad pública mexicana confirman que la hemorragia es masiva.

Para romper este ciclo, la solución no es solo inyectar dinero, sino cambiar la arquitectura del sistema. Primero: reformar el SNII para evaluar el impacto real, las patentes comercializadas y la creación de empleos de base tecnológica, no solo el conteo de publicaciones. Segundo: crear puentes industriales mediante incentivos fiscales agresivos para las empresas mexicanas que contraten doctores en ciencias y financien proyectos universitarios.

Tercero: establecer un fondo de capital de riesgo público que invierta en las patentes de las universidades públicas para que el conocimiento se quede en México y beneficie a la industria nacional. Cuarto: identificar diez problemas críticos del país y asignar presupuesto científico específicamente a resolverlos, evaluando instituciones por resultados concretos y no solo por papers publicados.

La pandemia y la reciente crisis de semiconductores nos dejaron una lección brutal: los países sin capacidad científica propia son mendigos de tecnología. México no pudo producir vacunas no porque sus científicos no supieran cómo hacerlo, sino porque desmantelamos esa capacidad décadas atrás. Fuimos suplicantes en la fila por dosis.

La próxima crisis, sea sanitaria, ambiental o energética, nos encontrará igual de vulnerables si no cambiamos el rumbo. China no está ganando porque sus científicos sean más inteligentes que los mexicanos. Está ganando porque decidió que la ciencia es tan esencial como su ejército, como sus carreteras, como su sistema eléctrico.

México sigue tratando la investigación como un lujo que se financia cuando sobra dinero. Y el dinero nunca sobra. Así que seguiremos formando talento para otros países, generando conocimiento que otros explotarán, y preguntándonos por qué seguimos siendo pobres a pesar de tener recursos y gente brillante. La respuesta es dolorosamente simple: porque decidimos que la ciencia no era prioridad. Y en el siglo XXI, esa decisión es equivalente a decidir ser irrelevantes.

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