Llegué a Mazatlán con el corazón abierto y los sentidos atentos. No todos los días se es testigo del nacimiento de un proyecto que aspira a quedarse en la memoria colectiva, y mucho menos cuando ese proyecto lleva como estandarte la palabra excelencia. La primera edición de los galardones ASES de Oro a la Excelencia no fue solo una ceremonia: fue una declaración de principios, un acto de fe en el talento sinaloense y en la grandeza de su gente.
El evento, impulsado por la visión de la licenciada Rocío Labastida, fundadora de ASES como una escuela para apoyar a los sobresalientes del estado, reunió a mujeres y hombres cuya trayectoria confirma que Sinaloa no se explica únicamente desde sus heridas, sino también —y sobre todo— desde sus sueños, su trabajo y su capacidad de poner el corazón sin perder el rumbo.
Entre esos encuentros que deja la vida, tuve el privilegio de conversar con Adrián Eduardo Varela Avilés, artista sinaloense galardonado en el ámbito artístico. La entrevista se dio de manera natural, casi como una charla entre viejos conocidos, con el mar de Mazatlán como testigo y la convicción compartida de que el arte también es una forma de resistencia.
Adrián habló de sus orígenes con una ternura que no se aprende en ningún escenario: de sus abuelos cantando a dueto, de aquel niño que convertía cualquier objeto en micrófono y se subía a la mesa para imaginarse cantante. Ahí entendí que los sueños no nacen de la nada; se heredan, se escuchan, se sienten. Y cuando se cuidan, florecen.
Hablamos también de los obstáculos, de los retos que no se esquivan, sino que se enfrentan con disciplina, amor y una idea firme: creer en uno mismo basta, siempre que se camine con principios y con la voluntad de hacer el bien. Adrián lo dijo con claridad y sin poses: no se necesita la aprobación de nadie cuando el trabajo se hace desde el corazón.
La conversación derivó, inevitablemente, hacia Sinaloa. Coincidimos en algo esencial: somos más que la violencia, más que las noticias negativas, más que las cifras que intentan definirnos. Sinaloa es cultura, es música, es comida, es solidaridad, es talento que se abre paso aun en tiempos difíciles. Negar la crisis sería absurdo, pero enfrentarlas desde el bien, desde la creación y desde el ejemplo, es una forma legítima de construir paz.
Adrián habló de sus proyectos —su álbum Mi buen mezcal, su regreso a la balada pop, los shows que rescatan clásicos con elegancia jazzística—, pero más allá de los títulos y los escenarios, habló de algo más profundo: de compartir contenidos que nutran el alma, de contagiar lo bueno, de recordar que brillamos más cuando lo hacemos juntos.
Esa es, quizá, la mayor enseñanza que me dejó esta entrevista y esta gala: poner el corazón, sí, pero siempre anclados en valores; soñar en grande, sí, pero con los pies en la tierra y el pensamiento positivo.
Los ASES de Oro no solo reconocen trayectorias; iluminan caminos posibles para las nuevas generaciones.
Desde LogoCómic, seguiré contando estas historias. Porque en Sinaloa hay mucho que decir, mucho que mostrar y, sobre todo, mucho que celebrar.
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