Rossy Gámez, una voz que escribe bajo fuego y hoy ilumina al periodismo sinaloense

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Rosalinda Gámez Gastélum —nuestra querida Rossy— es de esas mujeres cuya presencia deja una huella silenciosa pero profunda. La conocí en los pasillos del periódico Noroeste, entre 1997 y el año 2000, cuando compartimos el vértigo del cierre, el olor a tinta fresca y esas madrugadas donde la redacción parecía un refugio y una trinchera. Ya entonces se advertía su claridad intelectual, su disciplina, su sensibilidad crítica. Detrás de su sonrisa siempre pronta vive una mujer de carácter firme, una mirada que analiza y descifra, que escucha con atención y que nunca pierde de vista la verdad.

Hoy, aquella colega entrañable con quien también comparto espacios gremiales en la Asociación de Periodistas de Sinaloa y en el Colegio de Periodistas y Escritores “José Cayetano Valadés”, ha sido reconocida con el Premio México de Periodismo por su artículo “Trabajar bajo fuego”, publicado en la Revista ESPEJO. Y la distinción trasciende todas las ceremonias: pone el reflector sobre una realidad que muchos prefieren no mirar, pero que Rossy aborda con valentía y rigor académico.

En su texto, Rossy escribe desde el lugar donde la teoría se encuentra con la herida colectiva. Señala que los trabajadores de Sinaloa —periodistas, profesores, empleados públicos y privados— llevan más de un año laborando “con el Jesús en la boca”, en una ciudad donde la narcoguerra se ha normalizado al grado de obligarlos a desarrollar una resiliencia a prueba de balas. Describe el estrés postraumático que se adhiere a quienes salen cada día a su empleo sin saber si volverán; la fatiga crónica, los dolores en la espalda y en el alma, la hipertensión, la ansiedad que no da tregua, el burnout que desmorona silenciosamente la vida laboral y emocional. Y añade esa frase que golpea por su crudeza: “No existe eufemismo que valga para escapar de esa terrible realidad que nos recuerda a cada momento que estamos en zona de guerra”.

Que un texto con esa densidad humana haya sido reconocido por FAPERMEX y CONALIPE es más que un galardón: es un acto de visibilización. Por eso, cuando Rossy recibió la noticia, la emoción la desbordó. No lo esperaba. No se postuló. Fueron sus propios colegas —particularmente Elisa Pérez Garmendia— quienes reconocieron en su artículo una radiografía precisa del desgaste emocional que vive el gremio. “Fue una sorpresa muy grande y una enorme gratitud que me postularan y haberlo ganado, porque visibiliza cómo nos sentimos los periodistas”, dijo con esa sinceridad que la caracteriza.

En su discurso, Rossy honró a quienes más lo merecen: los periodistas de nota roja, los reporteros de calle, los fotógrafos, quienes se juegan la vida cada día para narrar la narcoviolencia con la exactitud que exige el oficio. “Este premio lo dedico a mis colegas que prácticamente se juegan la vida para informar a la opinión pública lo que estamos viviendo”, expresó. No habló desde el ego; habló desde la comunidad, desde la conciencia gremial que siempre la ha acompañado.

Y habló también como mujer. Como periodista, madre, profesora universitaria, investigadora, profesional con múltiples jornadas sobre la espalda. Recordó que en muchas regiones del país hacer periodismo ya es complejo, pero que ser mujer y periodista aumenta el riesgo, la exigencia y la vulnerabilidad. “Lo que pretendo es que reflexionemos cómo en ciertas regiones del país no es fácil hacer periodismo, y si eres mujer, es aún más complejo”, dijo con la serenidad de quien sabe que la verdad no necesita alzar la voz para imponerse.

Rossy siempre ha sido así: profunda, ordenada, reflexiva, rigurosa. Licenciada en Ciencias de la Comunicación, doctora en Estudios Organizacionales, académica de la Facultad de Estudios Internacionales y Políticas Públicas de la UAS, investigadora que une la teoría con el territorio. No escribe desde la distancia, sino desde la experiencia compartida con quienes, como ella, han tenido que aprender a vivir entre sirenas, bloqueos, retenes y sobresaltos cotidianos.

Por eso este premio tiene una relevancia que rebasa lo individual. Reconoce la calidad de su pluma, sí, pero también expone la dimensión emocional del trabajo periodístico en Sinaloa, un estado donde la violencia se ha vuelto un ruido de fondo que enferma, desgasta y deshumaniza. El premio confirma que su voz es necesaria, que su mirada analítica ayuda a comprender el fenómeno más allá de las cifras y los titulares, que su compromiso con la verdad y con la academia aporta luz en medio de la confusión y del miedo.
Para quienes la conocemos desde hace décadas, este reconocimiento es motivo de alegría íntima, pero también de orgullo gremial. Sabemos de su ética, de su disciplina, de su entrega, de su capacidad para transformar la experiencia en reflexión y la reflexión en una narrativa profunda, socialmente útil. Sabemos también que este premio no es una cima, sino un peldaño más en una trayectoria que seguirá creciendo, en un pensamiento que seguirá analizando nuestra realidad con honestidad, y en una voz que continuará denunciando lo que otros prefieren callar.

Rossy escribe bajo fuego, pero escribe con la convicción de que la palabra puede iluminar incluso en medio de la oscuridad. Y hoy, con este premio, esa convicción encuentra el reconocimiento que merece, no sólo para ella, sino para todo un gremio que sigue contando la historia de Sinaloa a pesar del miedo, la fatiga y las balas. Porque escribir, como ella lo dijo, es lo que más amamos. Es lo que más nos gusta. Es, también, lo que puede salvarnos.

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