La eficiencia selectiva de Morena

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Pocas cosas inquietan y molestan tanto a Morena como un movimiento que no nació de su mano…

Hay días en que la política mexicana se vuelve un espejo perfecto: no porque refleje la realidad, sino porque nos devuelve una versión distorsionada, acomodada y, por momentos, francamente absurda. Esta semana, Morena decidió emprender una cruzada —de esas que les encantan— para “desenmascarar” al presunto promotor de la marcha de la Generación Z. Y lo hizo con una velocidad que ya quisiéramos ver cuando se trata de atender las verdaderas causas de las verdaderas marchas.

Mientras tanto, en Palacio están ocupados revisando contratos, cuentas, facturas, publicaciones. Hasta pareciera que cuentan con un ejército de analistas que no duerme. Y uno no puede evitar preguntarse: ¿por qué esa capacidad de investigación aparece solo cuando se trata de desacreditar una marcha juvenil? ¿Por qué no surge cuando ciudadanos, estudiantes, víctimas o familias enteras claman justicia?

Pero, claro, investigar delitos reales nunca ha sido tan entretenido como desacreditar un movimiento que nació de la inconformidad —y también del hartazgo— de quienes crecieron viendo cómo la clase política lo promete todo y cumple poco.

La narrativa oficial busca convencer a la ciudadanía de que nada que no controle es auténtico. Todo lo que los cuestione es manipulación; toda movilización que no cargue su bandera es “financiada”. Esa es la obsesión: no perder el monopolio de la moral, aunque eso implique perseguir hasta el último TikTok. Y mientras tanto, la inseguridad avanza, las denuncias se acumulan y las carpetas de investigación se empolvan en los escritorios de siempre.

Pero lo realmente incómodo para el gobierno no es un joven con contrato o sin contrato.
Lo incómodo es que una generación entera esté empezando a cuestionar, a organizarse y a salir a las calles sin pedir permiso. Que no les teman. Que no se dejen apantallar por el discurso de “nosotros sí somos el pueblo”.

La marcha de la Generación Z puede gustar o no, pero es real. Igual que lo fueron —y seguirán siendo— las manifestaciones de estudiantes, de familias fracturadas por la violencia, de colectivos que no descansan, de ciudadanos que no quieren acostumbrarse al miedo.

Y es justamente esa autenticidad —esa raíz ciudadana— la que ha desatado el nerviosismo en Palacio: porque lo orgánico no se controla, no se dirige y, sobre todo, no se calla.

Morena podrá buscar debajo de las piedras, en los expedientes, en las cuentas bancarias y en los hashtags. Podrá tratar de desmoronar los movimientos con argumentos endebles y filtraciones disfrazadas de “investigación”. Pero hay algo que no va a lograr borrar: el hartazgo que los originó.

Y es que no hay desacreditación posible que detenga lo que surge de una sociedad que ya entendió algo profundamente político: el poder tiene miedo cuando deja de ser dueño de la calle.

Porque aquí vale preguntar algo que el gobierno no responde: si de verdad creen que todo movimiento que no controlan está “orquestado”, entonces… ¿También son orquestadas las protestas estudiantiles en la Universidad Autónoma de Sinaloa? ¿Los jóvenes que salieron a exigir democracia universitaria, certeza jurídica y respeto a su autonomía también fueron financiados por “oscuros intereses”? ¿O fueron simples estudiantes defendiendo lo que consideran justo?

Y vayamos más allá:
¿Están “dirigidas por la oposición” las marchas detonadas por la violencia que azota a Sinaloa?
¿Los familiares de desaparecidos, de asesinados, de mujeres víctimas de feminicidio…
también están manipulados?
¿Las protestas que estremecieron a Michoacán tras el asesinato de Carlos Manzo —un hecho que indignó incluso a quienes normalmente callan— también forman parte de esta narrativa conspirativa que el oficialismo usa para no asumir responsabilidad?

Porque si su teoría es cierta, entonces todo es complot.
Y si todo es complot, nada es responsabilidad del gobierno.

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