Etiqueta: Justicia para Luis Enrique Ramírez

  • Réquiem por Luis Enrique Ramírez Ramos

    Réquiem por Luis Enrique Ramírez Ramos

    Fue en la colonia Popular, en Culiacán, la ‘Colpop’, donde los lazos entre mi familia y la de Luis Enrique Ramírez Ramos comenzaron a hilarse como en un telar infinito de anécdotas comunes y complicidades absolutas.

    Por la calle Río Aguanaval creció mi papá y también Luis Enrique, junto a su hermano Juan Carlos, que durante muchos años tuvo un puesto de jugos en la zona de la cuchilla, ahí a la vuelta de casa de su mamá, doña Kena, a donde mis hermanos y yo llegábamos a comprarle.

    En la primaria, Luis Enrique y mi tía Fidelina, hermana de mi mamá, iban en el mismo salón, y cuando fue su graduación bailaron juntos el vals de fin de cursos. De niño cuentan que era muy serio, que no le gustaba participar en clase, y que el maestro aprovechaba cualquier oportunidad para que toda la clase escuchara su voz poniéndolo a leer en voz alta, sin tener buenos resultados.

    Ya de adulto, y siendo amigos de grandes personajes del periodismo y la literatura en México, yo lo leía, me gustaban sus crónicas, sus reportajes cargados siempre de una agudeza y finura al escribir que era un placer hasta el punto final.

    Cuando empecé a trabajar en medios de comunicación, por allá en el 2008 fui a pedir trabajo a El Debate. Tardaron varios meses en contactarme. Yo entraría dos días después de que les arrojaron una granada en la entrada que se encuentra por el bulevar Francisco I. Madero. Sin saberlo, yo estaba supliendo el lugar de Luis Enrique, que asustado por el hecho no vio condiciones de seguridad en la que fuera su casa por muchos años y regresó a la Ciudad de México, en busca de refugio entre sus amigos.

    Me tocó cubrir sus fuentes, el Congreso del Estado, los entes electorales y colegios de profesionistas. Yo una reportera con poca experiencia, que sólo había cubierto Cultura y Suplementos Comerciales en Noroeste, intentaba llenar el gran vacío que la pluma del orgullo de la Colpop dejó en esa redacción.

    Pasaron los años, y un buen día de mayo de 2012, ya teniendo un año de haber salido de El Debate, me contactaron para preguntarme si me interesaba formar parte de un diario digital. Le dije que sí, y me citaron en una cafetería cercana al ya desaparecido Blockbuster, por Ciudades Hermanas, ahí estaba Luis Enrique. Sentados en una de las mesas nos platicó sobre su proyecto, Fuentes Fidedignas, escuchamos atentos, Cynthia Valdez, Elier Lizárraga, hoy mi esposo y yo.

    El diario digital inició oficialmente un 7 de junio con muchas ilusiones, en mi caso retomé las mismas fuentes que cubría en El Debate, las mismas que tuvo mi ahora jefe en sus manos y que me desarrollaron un gusto por el análisis del escenario político y social en Sinaloa.

    Muchas cosas le debo a Fuentes Fidedignas, muchas cosas le debo a Luis Enrique Ramírez, él nunca supo que cuando leía sus crónicas yo decía, algún día trabajaré en El Debate, algún día me leerán como lo hago yo con él. Hoy que jamás volverá a escribir, duele, duele mucho su ausencia. Hasta siempre. Gracias por todo.   

  • “Salúdame a Luis Enrique”

    “Salúdame a Luis Enrique”

    “Salúdame a Luis Enrique”, era el mensaje que siempre me daban a entregar cuando iba a un evento o conferencia de prensa y sabían que trabajaba en Fuentes Fidedignas. Los actores políticos hablaban de él con cierto respeto y era casi religioso que le enviaran un saludo.

    En el 2015 llegué más por casualidad que por causalidad a trabajar en medios, a pesar de haber estudiado Ciencias de la Comunicación, no tenía experiencia y en ese momento no estaba buscando trabajar en un diario, pero se presentó la oportunidad y la tomé. Al llegar a FF, no estaba al día con la vida política de mi estado y penosamente no conocía a Luis Enrique ni su historia.

    Con el tiempo, fui descubriendo quién era mi jefe, me sentía mal por no saber desde un principio quién era el gran periodista que me dio la oportunidad de trabajar en su periódico, del cual formo parte desde hace siete años.

    Siempre fue muy hermético, a veces sentí que vergüenza de hablar conmigo, como si fuera un niño. Incluso no fue a mí directamente a quien le sugirió que escribiera mi propia columna; a otra persona le dijo: “leo lo que escribe Marissa en sus cuentas personales, ¿por qué no lo hace con nosotros? Lo hace muy bien, no la dejes ir”.

    Al igual que Luis tuve mis altibajos, pero en el fondo siento que él me entendía perfectamente, que sabía por lo que estaba pasando cuando mi trabajo no era tan bueno. Nunca me sentí juzgada por él. Ambos éramos seres nocturnos, sensibles, con encanto por las luchas sociales y la verdad.

    A lo largo de estos años, he sido testigo de buenos y malos momentos del periódico que con tanto esfuerzo fundó Luis. No hay lugar a dudas que su muerte nos sorprendió y dolió, no hay mayor deseo que continuar su legado, de mantener a flote el barco que él creó y recordarlo siempre como el talentoso comunicador que fue.

    Al cumplirse 10 años de este proyecto, no estoy más que agradecida por formar parte de él, y por la oportunidad de compartir mis pensamientos en sus páginas. Porque al escribir me descubro, porque con las palabras puedo mostrarme al mundo sin máscaras, porque las letras me liberan.

  • Dejar la oscuridad

    Dejar la oscuridad

    Conocí a Luis Enrique Ramírez en 2011, a través de sus publicaciones, cuando empezaba mi andar el periodismo. Para mí, Luis Enrique era una leyenda porque siempre iba un paso delante de los reporteros. Incluso en mis asignaciones diarias, mi editor me recomendaba leer su columna para saber qué iba a escribir ese día. Luego mataron a Humberto Millán y Luis Enrique se exilió durante un tiempo.

    Al siguiente año finalmente lo conocí en persona cuando fundamos el diario digital Fuentes Fidedignas. En esa época yo me encontraba en un lugar oscuro y, al principio no lo sabía, pero él también estaba en un lugar oscuro. En retrospectiva, me atrevo a decir que era raro que Luis no estuviera sumergido en su oscuridad personal de alguna manera, pero eran los momentos en los que lograba salir a la luz cuando se le podía ver como realmente era: un gran periodista y todavía más grande ser humano.

    Recuerdo 2012 como un año horrible en mi vida, pero hubo una serie de cosas buenas que me pasaron y me ayudaron a ver la luz al final del túnel. Una de esas cosas fue integrarme al equipo de Luis Enrique, formado en un inicio por Lya Mendoza, ahora mi esposa, Irene González, Paola Palos y Cynthia Valdez. Todos, incluido Luis Enrique, estuvimos en algún momento en El Debate, y una constante en el trabajo diario era romper con el oficialismo que entonces dominaba la empresa y escribir noticias realmente importantes. En cierta medida había días que lo lográbamos, y cuando no, irremediablemente caía de nuevo en mi propia oscuridad.

    Luis Enrique se dio cuenta y me ayudó desde el primer momento. Nunca me pidió nada a cambio más que mi trabajo y, aunque no siempre cumplí, siempre hacía lo posible por corresponder el esfuerzo. Era en esos momentos difíciles, en medio de decepciones amorosas y alcoholismo, que lograba ver a Luis Enrique en la oscuridad. Otros periodistas siempre atribuían a su personalidad el que desapareciera de la escena periodística por días o semanas, pero ahora sé que en realidad libraba la batalla más difícil que uno puede enfrentar: la batalla consigo mismo y sus demonios personales.

    Ver a Luis Enrique ganar esa batalla de vez en cuando fue lo que me dio fuerza en esa época para salir adelante. No tener que estar bien todos los días, pero no dejarme vencer. Si bien Luis no siempre ganaba, logró mantener a sus demonios a raya, o por lo menos no se dejó dominar por ellos. Ni siquiera al final de su vida Luis fue vencido por sus demonios y, aunque todos podemos caer en algún momento, deberíamos saber que, como Luis, podemos luchar para recuperar la luz.

  • Luis Enrique “El Jefazo”

    Luis Enrique “El Jefazo”

    Luis Enrique Rámirez, director de Fuentes Fidedignas, nos narro que alguna vez le presentó una nota a un director de un periódico nacional muy reconocido, al momento que leyó la regresó con él y le gritó sacudiendo el escritorio por la redacción.

    Dice el dicho que “lo que no te mata te hace más fuerte”, eso fue lo aprendió muy bien Luis Enrique, siempre se exigía en su redacción y eso fue lo que dejó como legado para todos los compañeros de Fuentes Fidedignas: tenías que dar EL PLUS, exigirnos como comunicadores.

    Hacer las reuniones de trabajo era para elaborar la agenda de temas que se iban a dar a conocer a través de un portal que inició con el pie derecho, sobre todo porque era un producto que consumía mucho el círculo del poder, ya que dictaba la línea editorial de otros medios de comunicación.

    Además del objetivo de la reunión eso algo fascinante para mi Omar Báez, que me gusta escuchar historias, y Luis Enrique “El Jefazo”, como yo le decía, tenía un repertorio interminable ninguna de sus anécdotas superaba a otra, todos eran increíbles y con personajes que solo conocía por la lectura o porque salían en la televisión.

    Cuando me ofrecieron trabajar en Fuentes Fidedignas, pensé que era otra entrada de ingresos, pero no solo fue eso. Ahí conocí a compañeros extraordinarios a los que les aprendí mucho, el trabajo en equipo se volvió algo secundario eso se convirtió en una familia, que en como todas había altibajos y aciertos, estos últimos eran los más.

    Fuentes Fidedignas es uno de los medios electrónicos que ha cobijado a muchos reporteros y periodistas, cada uno de ellos ha impreso su estilo, pero sobre todo ha dejado su legado gracias a la bondad que caracteriza a nuestro medio, en los medios de comunicación todos caben, a todos se les abre la puerta para expresarse.

    Este portal de noticias esta celebrando un año más de innovar e informar a la ciudadanía, desafortunadamente este año no estará El Jefazo, pero sí su enseñanza, tenacidad, dedicación y profesionalismo, así como su forma única para escribir, la cual se disfruta y se saborea como un vaso de agua helada en un verano en Culiacán.

    Muchas felicidades a Fuentes Fidedignas, Luis Enrique y todos los compañeros que ha sido parte de este extraordinario proyecto. Los abrazo con cariño.

  • Lo que Luis Enrique me enseñó

    Lo que Luis Enrique me enseñó

    Luis Enrique se llamaba como mi papá. La última vez que lo vi fue en septiembre del 2021. Nos reunimos en el Starbucks de la Guadalupe. Le pedí verlo porque quería despedirme de él antes de irme de Sinaloa. Cuando le conté a donde me iría se alegró sobremanera, me contó lo que había sido para él vivir en esta ciudad y que le daba mucho gusto que tuviera esta oportunidad.

    Le conté que en mi última entrevista la persona que me entrevistó había reconocido a ElDebate y le impresionó que formara parta de él. Cuando salí de la entrevista y repasé todo lo que sucedió, entre mis pensamientos estuvo Luis Enrique, él no dudo en recomendarme cuando el periódico le consultó que escritores sinaloenses podía incorporar. En nuestro último encuentro le conté eso y recuerdo que me dijo:

    “No tienes que agradecerme. Es tu talento. Además ya necesitamos renovar esto, muchos ya vamos de salida.”

    Me dijo que confiaba en que tendría cuidado, que mi madurez me iba a ayudar a no escribir cosas que me metieran en peligro. Sabía porque me lo decía.

    Ya me había repetido algo similar hace un año. Aceptó mi invitación cuando le pedí verlo y presentarme como el nuevo Director de  Comunicación de la SEPYC. El consejo que me dió fue que tratara a todos bien y que tuviera cuidado, que el periodismo era violento, “tanto que hasta entre nosotros nos destruimos” me dijo. Entonces me contó los detalles de su exilio y porque había vuelto a Sinaloa.

    Para un hombre que no se acobardó como casi siempre lo hacen todos. No puede haber las excusas que han dado siempre para todos.  Que se haga justicia por lo menos ¿ya que otra cosa se puede hacer?

  • MC lamenta “uso político” en el crimen de Luis Enrique Ramírez

    MC lamenta “uso político” en el crimen de Luis Enrique Ramírez

    Sergio Torres Félix lamentó que el gobierno de Sinaloa le dé un uso político al crimen del periodista Luis Enrique Ramírez.

    Culiacán, Sin.- En conferencia de prensa, el dirigente estatal de Movimiento Ciudadano, Sergio Torres Félix lamentó que el gobernador Rubén Rocha Moya haya repetido las mismas declaraciones que hace 15 días pronunció en Sonora la Secretaria de Seguridad, Rosa Isela Rodriguez y haya ofrecido que este día 7 de junio, el que se celebra la libertad de expresión, habría noticias importantes “como si se tratara de un regalo para ustedes, los periodistas”.

    Torres Félix refrendó su deseo para que la investigación sobre el crimen de Luis Enrique Ramírez sea sería, profunda y responsable y que se aplique todo el peso de la ley en contra de quienes hayan sido los culpables.

    Al mismo tiempo, le reiteró su voto de confianza al gobernador y a la Fiscal de Sinaloa por su trabajo en la investigación que ha realizado.

  • “El reportero metiche”: un texto de Elena Poniatowska sobre Luis Enrique Ramírez

    “El reportero metiche”: un texto de Elena Poniatowska sobre Luis Enrique Ramírez


    Retomado de Rafael Cabrera / Aristegui Noticias:

    Rescatamos algunos fragmentos del prólogo “El reportero metiche” que escribió Poniatowska para el libro “La muela del juicio” (Conaculta, 1994), de Ramírez, quien fue asesinado este jueves 5 de mayo en Culiacán, Sinaloa. En dicho libro, el reportero publicó entrevistas a Chavela Vargas, Elena Garro, Manuel Álvarez Bravo, José López Portillo, Gabriel Figueroa, Isela Vega y más personajes de la cultura mexicana.

    Luis Enrique Ramirez es norteño, alto, 1.86 de estatura, de cabello muy tupido y muy negro, ojos negros, cejas negras, a veces intenciones negras y sonrisa entre seráfica y luciferina. Presume de ser malísimo porque su hobby es hablar mal de la gente y encontrar sus puntos débiles o por lo menos chuscos, pero es el primero en correr a la cabecera del amigo enfermo que inmediatamente piensa que lo va a asfixiar con la almohada, cuando lo único que Luis Enrique pretende es salvarle la vida para seguirse riendo de él. Vive con una gata mudita que recogió en Tlatelolco y con ella se esconde del mundo opresor en medio de los multifamiliares. Escribe en una lap-top tan importante para él que hasta nombre le puso, Miss Jujú, mientras que pobre gata sigue sin ser bautizada.

    Luis Enrique es culichi porque nació en Culiacán, Sinaloa. Allá se inició en el periodismo a los 17 años, en El Diario, estuvo después en El Debate y comenzó a hacer entrevistas en el Noroeste. Cuando le dio por hacer viajes a la capital, siempre se hospedaba en el Hotel Regis. La primera vez vino con su hermano Juan Carlos -más alto que él y todavía más flaco- en camión Tres Estrellas de Oro de segunda clase, entre gallinas, puercos y olor a chilorio, machaca y chorizo. Tras las 24 horas у de carretera, llegó en calidad de jerga y nadie lo levantó. “Venimos a conocer”, dijeron. Creían que la ciudad de México se componía de La Villa, Chapultepec, la Alameda y el Zócalo.

    La segunda vez era estudiante de periodismo de la Escuela de Comunicación Social de Sinaloa y participó en un congreso en la escuela Carlos Septién García con su maestra María Teresa Zazueta. Ella lo llevó al teatro, recorrieron museos y galerías, asistieron a conciertos, compraron libros católicos y después de admirar el mural de Diego Rivera en el Hotel del Prado se tomaron un chocolate caliente en el Super Leche con Alejandro Avilés. Las fachadas del Paseo de la Reforma estaban tapizadas de carteles de la Marcha del Orgullo Homosexual; era la efervescencia del Gay Power en México, es decir en la ciudad de México porque en el norte no sabían ni con qué se comía esa cosa. “¡Vamos, vamos!”, exclamó Luis Enrique, y su madre-maestra lo reprendió: “Óyeme, qué moderno saliste”.

    (…)

    Una noche antes de regresar a Culiacán me llamó, me cubrió de elogios y sin esperar respuesta colgó; yo me quedé con el auricular en la mano esperando más. Para entonces él ya tenía decidido que esta ciudad que a todos nos parece tan horrible sería la suya: él era de asfalto, de neón y de muchedumbres solitarias, el smog le resultaba más estimulante que el vigoroso aire del norte, el cantadito tepiteño le parecía dulce al lado del golpe verbal del acento sinaloense.

    En 1988 emigró apoyado por Abraham García Ibarra quien le dio hospedaje en su casa y luego le consiguió un cuarto de azotea en la calle de Providencia, en la colonia del Valle. Como aquella diminuta habitación carecía de ventanas, Luis Enrique no tuvo otra que asomarse a las redacciones de los diarios capitalinos. En Excélsior le ofrecieron reportear para Últimas Noticias pero tenía que levantarse a las 4 de la mañana y aguantó un solo día. Se fue a El Financiero y tras un riguroso examen fue aceptado como corrector de galeras. Harto de trabajar de noche (de 9 a 4 de la mañana: horario de talleres), tenía decidido renunciar y regresarse a su tierra, pero un amigo le consiguió una oportunidad en la naciente sección cultural de ese diario. Víctor Roura lo puso a prueba un mes y resolvió darle el puesto de reportero. “Usted es para hacer entrevistas, maestrísimo”, le dijo moviendo su melena frente a una copa de ron añejo.

    Luis Enrique habría de contarme más tarde: “Si algún momento he sido plenamente feliz en lo profesional ha sido allí. Víctor Roura fue un gran jefe. No regañaba, no gritaba, no prohibía, sólo estimulaba. Y respetaba”. Con aquel eficaz método, Roura pronto hizo de aquéllas las mejores páginas culturales del periodismo mexicano. Permitió brillar a Luis Enrique Ramírez, quien publicó allí entrevistas memorables.

    (…)

    Yo lo quiero mucho porque es muy noble, me da mucha alegría, es bonito verlo llegar bañadito y con sus camisas bien planchaditas por él mismo. Su pulcritud alcanza a su escritura, revisa sus textos casi neuróticamente para evitar cualquier arruga, cualquier doblez, los rocía y los plancha con esmero, y aún así, al verlos publicados dice “Chingüentes, se me fue esa coma!”. También así repasa a sus entrevistados, analiza sus respuestas, los observa y los desmenuza y a algunos hasta los encuera (en sentido figurado, por supuesto). Nunca había conocido periodista más obsesivo. De ahí tal vez sus continuas depresiones y sus interminables melancolías. Atraviesa a sus interlocutores y los adivina antes de que respondan. Creo que entre los jóvenes es el mejor, el más fino, el más perceptivo, el más talentoso de los periodistas. Y, desde luego, el más encantador.

  • A Luis Enrique

    A Luis Enrique

    “Para ser buen periodista, se necesita ser buena persona”, cito a Ryszard Kapuscinski para recordar a Luis Enrique.

    Es difícil describir y explicar el concepto de “buena persona”, pues siempre llevará una carga subjetiva, pero en la mía está él.

    La generosidad, su empatía, su autocrítica, su inteligencia, su amor por la naturaleza y por la lectura, su comprensión a las compañeras y compañeros, el esfuerzo por creer que todo podía ser diferente, más humano y con más respeto hacia la naturaleza.

    En definitiva, hay muy pocas personas que pueden reconocerse de esa manera recordando únicamente las pláticas y las acciones, como en 2013, cuando hablar de diversidad sexual era un tema tabú, pocas veces leído en las portadas de los periódicos, o cuando las asociaciones de protección y cuidado animal no tenían un eco. Ahí estaba Luis Enrique.

    La mayoría lo recordamos por su prosa, la pulcritud de sus textos, sus grandes entrevistas para distintos diarios de circulación nacional, por sus columnas en El Debate y Fuentes Fidedignas.

    Leer a Luis Enrique era necesario para comprender los enroques políticos, las confrontaciones dentro de partidos, las sucesiones gubernamentales, los nombres de quienes ostentaban en el poder. Tenía una precisión fina sobre esos temas, pero también cuando hablaba de la cotidianidad, de los grupos sociales a los que él comenzó a darles voz sin que se lo pidieran, solo porque él creía en esas luchas tan necesarias.

    Ya Elena Poniatowska recordó a Luis Enrique como “el reportero metiche”, pero es importante decir que esa cualidad no se la quedaba para sí mismo. Trataba de compartir con quienes trabajamos con él esa misma pasión y forma de hacer periodismo.

    Siempre preguntaba, cuestionaba a las reporteras y reporteros, aconsejaba, mejoraba los textos y enseñaba cómo, con quién y hacia dónde ir. 

    A veces sus tareas eran difíciles, pero cómo aprender de periodismo si no se suda en este oficio, si no se abre al riesgo de hacer mal las cosas, si no se hace para las personas que nos leen y que creen que puede haber un cambio.

    Sus luchas las transmitía hacia quienes lo acompañamos, nos enseñó y compartió hasta el momento en que cada una de nosotras y nosotros debía partir.

    Sus palabras siempre fueron de amor, de atención, de apoyo, de agradecimiento, de reconocimiento y compañía.

    Siempre harán falta más personas como Luis Enrique y agradezco que me haya tocado conocerlo.

    Gracias.

  • Luis, aquí seguiré apoyándote

    Luis, aquí seguiré apoyándote

    Estaba yo desempleada y con un futuro incierto por mi condición de salud, pero fue un llamado de Luis Enrique quien me trajo de nuevo a los medios de comunicación y desde ese entonces creo que me anclé a Fuentes Fidedignas, sin estar en la calle, pero detrás de una computadora informando y aprendiendo día a día.

    Luis Enrique era de pocas palabras, pero cuando tomaba aprecio por alguien lo hizo con todo su corazón. Lazos familiares me envolvieron dentro de sus cuidados, quien en todo momento se mostró comprensivo y me siguió dando la confianza para estar en su portal.

    El día de su llamado a la casa del Padre Celestial no fue como él lo merecía, pero la Justicia Divina se encargará de dar su merecido a quien de forma tan cobarde se llevó la inspiración de muchos profesionales a ser como él.

    Luis, aquí seguiré apoyándote desde mi computadora y dando diariamente mi mayor esfuerzo para que el nombre del portal que tú lanzaste con tanta dedicación sea una huella de tu paso por este mundo. Saludos hasta el cielo mi estimado.

    -Ángeles Jacobo (Angie de cariño para ti)

  • Luis Enrique Ramírez creó escuela con una pluma filosa y refinada

    Luis Enrique Ramírez creó escuela con una pluma filosa y refinada

    A estas alturas decenas de analistas, columnistas, periodistas, etc. se han sumado a la exigencia de justicia por el asesinato del gran periodista Luis Enrique Ramírez; no es para menos. Hay personas que influyen en generaciones completas cuando su trabajo sobrepasa a la persona. Luis Enrique fue un hombre que creó escuela en Sinaloa con una pluma filosa, pero bien decorada de refinación estética. 

    Luis Enrique fue periodista y maestro. Como pocos, fue generoso en brindar consejos y espacios a quienes se lo pedían. Para muestra un servidor. Luis Enrique fue la primera persona que me ofreció un espacio en su portal Fuentes Fidedignas, aun sin conocerme.  Un día decidí comenzar a escribir columnas, pero no sabía dónde. A los periódicos importantes no les interesaba dar espacios a desconocidos o principiantes.  Fuentes Fidedignas fue de los primeros portales de noticias en internet que cobró fuerza en Sinaloa. Recurrí a Twitter para contactarlo. Me ofreció una cita en un café. 

    Los dos aparecimos puntuales a la cita. Luis Enrique llevaba algunos libros bajo el brazo (siempre llevaba libros las veces que me tocó verlo). La plática fue fluida. Me preguntó por qué quería escribir. Era un gran conversador. Siempre tenía anécdotas que compartir de sus años como periodista en la CDMX. Tras una media hora de plática, me solicitó leer alguno de mis escritos. Le mostré dos. Ahí mismo me dijo que el espacio era mío. Que tenía que escribir tres días a la semana. Me parecieron muchos días; si embargo, en ese momento me ofreció uno de los mejores consejos que recibí en mi vida: “Si quieres escribir tienes que aprender escribiendo”. Esas palabras se me quedaron grabadas. Comprendí que escribir era un acto de disciplina, aunque no tuviera las ganas y el tiempo para ello.  

    Fueron cerca de tres años que tuve mi espacio en Fuentes Fidedignas. Sin duda, ese periodo de tiempo fue el más prolijo en cuanto a la cantidad de columnas que escribí en mi vida. La mayoría fueron muy malas (seguramente lo siguen siendo), pero tuve algunos éxitos y Luis Enrique nunca dudó en felicitarme; no sólo eso, de vez en cuando replicaba mis ideas en su propia columna o de plano me criticaba abiertamente por alguna de mis posturas. Para mí, que un maestro de su tamaño se dignara a tomar en consideración alguna de mis ideas para refutarlas era un privilegio. Lo agradecí enormemente. 

    Mi tiempo en Fuentes Fidedignas llegado a su fin. El ciclo se cerró en buenos términos. Dejé de escribir para ese portal, pero mi carrera como opiniónologo no existiría sin esa oportunidad. Deje de colaborar para el portal de Luis Enrique; sin embargo, nunca dejamos de estar en contacto de manera virtual. De vez en cuando reaccionaba y comentaba en mis publicaciones en redes sociales para mandarme recomendaciones en privado. Lo agradecí infinitamente.

    El asesinato de Luis Enrique duele. Duele mucho a los sinaloenses que nos arrebaten las pocas voces críticas y elocuentes que teníamos.  Era un periodista y muchas veces militante de sus propias convicciones. Pocas veces se escondía en una mal entendida objetividad. Sus opiniones eran fuertes y claras, algunas veces hasta subidas de tono, pero pocas veces faltaba a la verdad. Sus ataques eran frontales sin cortapisas; por otro lado, cundo quería apoyar a alguno de sus amigos de manera lo había de manera abierta y franca en sus espacios. No temía a la crítica; no escondía sus afectos.

    Hay una generación de periodistas sinaloenses que cayeron y callaron violentamente. Humberto Millán, Javier Valdez, Luis Enrique Ramírez y otros tantos se fueron por la maldad de personas que no toleraban ver que sus nombres fueran exhibidos o sus miserias señaladas. Sinaloa no merece más feminicidios, no merece más asesinatos de periodistas, no merece más asesinatos de policías. NO MERECE UN SOLO HOMICIDIO MÁS.  Las autoridades se lamentan y condenan, no tienen capacidad para hacer más. Algunos lo intentan; la mayoría falla miserablemente. 

    ¡Gracias, Luis Enrique! Gracias por enseñarnos que la crítica le duele al poder. Gracias por mostrarnos que unas cuantas palabras arrodillan a los más encumbrados. Gracias por mostrarnos que una persona en solitario puede poner a temblar a las estructuras más poderosas que el dinero puede comprar. ¡Justicia para ti! ¡Justicia para todos!