Hay una escena de Asimov que vuelve sin pedir permiso. Un anciano en silla de ruedas, con un libro sobre las rodillas, aparece ante un grupo de hombres angustiados y les habla con la calma de quien conoce el desenlace de la crisis. Hari Seldon lleva décadas muerto. Lo que habla es una grabación, y lo que la sostiene es una idea: que la psicología, llevada a la escala de una civilización, puede convertirse en un plan, y que un plan puede sobrevivir a quien lo concibió.
Fundación es ficción, y conviene no pedirle más de lo que ofrece. La psicohistoria solo funciona con multitudes y exige que nadie conozca sus predicciones. Pero la premisa conserva su fuerza: entender cómo piensan los seres humanos sería una forma de gobernar el tiempo.
Pienso en esa sala cuando leo las fechas del Proyecto Cerebro de China. El Congreso Nacional del Pueblo lo aprobó en marzo de 2016 y su horizonte llega a 2030. Quince años, y no mil. Sus propósitos son comprender las bases neurales de la cognición, desarrollar herramientas contra los trastornos cerebrales y crear métodos de cómputo inspirados en el cerebro. Nadie promete predecir sociedades. Se promete algo más modesto y más verificable: entender el órgano con el que pensamos y aprender de él para construir otras máquinas.
Un plan así necesita personas, y personas formadas en el cruce que el propio plan inventa. Quizá por eso Tsinghua abrió una licenciatura en Psicología, Cerebro y Ciencia Cognitiva, la primera del país según los reportes, con la inteligencia artificial dentro del programa. De mantenerse los cuatro años habituales, sus primeros egresados saldrán hacia 2030, el año en que el plan concluye. Antes de que llegue el resultado, ya está formado quien sabrá leerlo.
Otros países apostaron con otro temperamento. Estados Unidos destinó a su BRAIN Initiative unos 2,400 millones de dólares hasta 2021, apenas el 1 % del gasto total en neurociencia, y obtuvo el primer atlas celular de un cerebro de mamífero: 32 millones de células y más de 5,300 tipos. Europa dedicó una década a simular el cerebro humano con el Human Brain Project y no lo consiguió, meta que muchos científicos juzgaron irreal desde el principio. Falló en lo que prometió y dejó lo que nadie había prometido: EBRAINS, una infraestructura permanente que hoy usan investigadores de todo el mundo. China ató su plan a la clínica y a la industria. En 2025, un equipo de Shanghái implantó una interfaz cerebro-computadora a un hombre que había perdido las cuatro extremidades, y el país pasó a ser el segundo, tras Estados Unidos, con ensayos clínicos de este tipo. Un documento oficial fijó el uso clínico para 2027 y empresas nacionales consolidadas para 2030. Atribuir cada avance a un plan sería ingenuo, y buena parte de estos datos procede de medios estatales, pero la secuencia de fechas sigue ahí.
México también tiene un plan, y es justo reconocerlo. El Plan Nacional de Inteligencia Artificial 2026 descansa en tres pilares: un marco ético y legal, talento y programas informáticos públicos, e infraestructura para la soberanía tecnológica. Su pieza central, la supercomputadora Coatlicue, costará 6,000 millones de pesos y estaría lista en 2028. Existen neurocientíficos en las universidades del país y una licenciatura en neurociencias en la UNAM. Lo que no encontré en ese plan ni en otro documento nacional es un proyecto dedicado a entender cómo piensa una mente. Tampoco ayuda el contexto presupuestal: el gasto aprobado en ciencia y tecnología para 2026 equivale al 0.17 % del PIB, y en 2023 se eliminó la meta legal de invertir el 1 %.
Una supercomputadora responde. Alguien tiene que saber qué preguntarle. Un país puede adquirir máquinas que resuelven problemas y carecer de quienes los plantean, así como una biblioteca inmensa no produce lectores por sí sola. La comprensión lectora cae en los informes de la OCDE mientras la respuesta llega antes que la duda, y de ahí sale la fábrica de zombis académicos: egresados que entregan el resultado correcto sin que el camino haya dejado en ellos huella cognitiva alguna.
Seldon grabó su mensaje sabiendo que alguien tendría que escucharlo. Si hoy alguien grabara el mensaje para quienes enfrentarán dentro de treinta años lo que la inteligencia artificial hará con nuestra manera de pensar, ¿en qué país habría una sala donde recibirlo? ¿Quién estaría sentado en ella con la formación para entenderlo? ¿Y qué habríamos dejado de aprender mientras esperábamos que una máquina nos lo explicara?




