Hay entrevistas que transcurren entre preguntas y respuestas. Y hay otras que, sin previo aviso, terminan convirtiéndose en una pequeña experiencia. Así ocurrió con la visita de Anahiris Medina.
Confieso que siempre me ha llamado la atención la gente que canta. No porque posea un don extraordinario —que lo tiene—, sino porque es capaz de desnudar emociones frente a desconocidos sin necesidad de explicar demasiado. La música hace ese trabajo.
Durante la charla, Anahiris habló de su camino, de los retos que acompañan a quien decide perseguir un sueño artístico y de esa disciplina silenciosa que pocas veces alcanza los reflectores. Pero fue cuando interpretó un par de melodías, una en español y otra en inglés, cuando las palabras cedieron el protagonismo a la voz.
En ese momento recordé que el talento auténtico no necesita grandes escenarios. Basta una cámara, un micrófono y la disposición de escuchar para que suceda algo especial.
Eso es justamente lo que buscamos desde LogoCómic: abrir espacios donde las historias respiren, donde el arte tenga un lugar para encontrarse con la gente y donde los jóvenes creadores puedan compartir aquello que los mueve. Porque la cultura no siempre vive en los grandes teatros; muchas veces nace en un pequeño estudio, entre luces, cables y conversaciones honestas.
Agradezco a quienes hicieron posible esta producción: a los entrevistadores José Agustín Valdez Becerra y Juan Ramón Manjarrez Félix; a mi papá y fiel compañero, Miguel Alonso Rivera Bojórquez, en la operación técnica; a Agenda Sinaloa, por abrir sus puertas para que este proyecto pudiera llegar a más personas; y, por supuesto, a Fuentes Fidedignas, por brindarme este espacio que me permite compartir mis reflexiones cada vez que realizo un nuevo trabajo para mi auditorio.
Al final comprendí que las canciones pasan, pero las historias permanecen. Y cuando ambas se encuentran, ocurre esa rara magia que nos recuerda por qué vale la pena seguir contando historias.
Porque, al final, la cultura también se escucha.
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