Norte de México enfrenta efecto boomerang del fentanilo en la frontera mientras la adicción cruza hacia el sur

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El fentanilo en Tijuana ya no es solo una historia de tráfico. Es una ruptura binacional de salud pública, donde las muertes por sobredosis en EE. UU., la pobreza fronteriza mexicana, la deportación, el acceso barato y el movimiento diario transfronterizo han convertido la adicción en una herida compartida.

La crisis fronteriza va en ambos sentidos

Durante años, la narrativa dominante ha ido en una sola dirección: las drogas cruzan al norte, la muerte sigue en Estados Unidos y México queda encasillado como el proveedor de veneno. Pero en Tijuana, la frontera revela una verdad más incómoda. La crisis también se mueve hacia el sur. Las personas cruzan con hambre, dependencia, papeles de deportación, tarjetas de beneficios estadounidenses, trauma y la insoportable aritmética de una supervivencia más barata.

El tráfico y consumo de fentanilo a lo largo de la frontera norte de México han creado una emergencia binacional, que revela no solo el flujo de drogas hacia Estados Unidos, sino también el desplazamiento de consumidores estadounidenses de drogas hacia ciudades como Tijuana. Según entrevistas citadas por EFE, las razones son brutalmente prácticas: menores costos, acceso más fácil a sustancias, comida más barata, vivienda más barata y una frontera que muchas personas cruzan tan seguido que deja de ser una línea para convertirse en una rutina diaria.

Alfonso Chávez, coordinador del programa Prevencasa AC, dijo a EFE que la frontera norte concentra problemas específicos de consumo de drogas inyectables y opioides que son distintos al panorama nacional de México. Las encuestas nacionales señalan a la metanfetamina como la principal sustancia consumida en el país. Pero Tijuana pertenece a otro sistema. Su crisis de drogas está moldeada por la demanda de opioides en EE. UU., la deportación, la falta de vivienda, la aplicación de políticas migratorias, el cruce diario y la brecha económica entre San Diego y el norte de México.

Esa distinción importa porque la política nacional puede fallar si pretende que la frontera es solo otra región más. Chávez advirtió que centralizar la política pública y no diseñar estrategias diferenciadas para el norte de México implica minimizar un fenómeno con características propias. En otras palabras, un plan hecho para todo el país puede llegar demasiado tarde, demasiado genérico y demasiado ciego a la geografía donde se cruzan fentanilo, migración y pobreza.

Estados Unidos registra más de 70,000 muertes anuales relacionadas con opioides, señaló Chávez, una cifra que ayuda a explicar la gravedad del problema en una región donde la gente cruza constantemente entre ambos países. Ese número de muertes suele tratarse como una tragedia estadounidense. Lo es. Pero Tijuana demuestra que la tragedia no se detiene en la valla fronteriza. Se desborda en clínicas mexicanas, albergues, calles, servicios de emergencia y barrios que ya cargaban con el peso de la deportación, la violencia, el trabajo precario y el abandono urbano.

Una persona consume drogas en una calle de Tijuana, México.  EFE/Joebeth Terriquez 

La economía de la supervivencia barata en Tijuana

El personal de Prevencasa ha atendido a varias personas que sufrieron sobredosis tras cruzar desde Estados Unidos, dijo Chávez. Entre ellas hay deportados y ciudadanos estadounidenses que viajan regularmente entre ciudades como San Diego y Tijuana. Algunos no viven permanentemente en la calle. Algunos se mueven de un lado a otro, coexistiendo en ambas ciudades cada día.

Ese detalle rompe el estereotipo. No es solo la historia de personas abandonadas durmiendo bajo puentes, aunque muchos lo hacen. También es una historia de movilidad fronteriza, desigualdad económica y una forma de supervivencia que es legal, ilegal, médica, informal y desesperada al mismo tiempo. Una persona puede despertar en Tijuana, cruzar a Estados Unidos para seguir inscrita en programas de ayuda, regresar al sur y gastar el dinero en una economía donde las sustancias son más baratas y el costo de vida es menor.

Mike, originario de California, contó a EFE que el alto costo de vida en Estados Unidos ha llevado a muchos estadounidenses a establecerse temporalmente en Tijuana. Dijo que cruza diariamente a EE. UU. para inscribirse y mantener apoyos económicos gubernamentales, usando esos recursos para sostener su estancia en México y cubrir gastos relacionados con el consumo de drogas.

Este es el lado oculto de la integración norteamericana. Bienes, trabajadores, turistas, dinero, armas y drogas cruzan la frontera. También lo hacen las enfermedades. También las adicciones. También los fracasos de la política de vivienda, el acceso a la salud y la protección social. La economía fronteriza no solo conecta dos naciones. Expone la desigualdad entre ellas.

Mario Alberto Bustillo Chávez, un estadounidense que ha vivido en California, Utah y Carolina del Norte, advirtió a EFE sobre lo fácil que es conseguir drogas en Tijuana debido a su bajo costo y amplia disponibilidad. Dijo que esto profundiza el problema de adicción en la ciudad. Sus palabras sobre la vida en la calle fueron tajantes: “Vivir en la calle no es un camino fácil para nadie. Tienes que ser realmente fuerte.” También señaló que las personas en esta situación suelen ser estigmatizadas y tratadas como “ovejas negras”.

Ese estigma no es incidental. Es parte de la maquinaria que mantiene viva la crisis. Cuando las personas que usan drogas son tratadas solo como fracasos morales, los gobiernos evitan construir los sistemas que reducen la muerte: acercamiento, tratamiento, estrategias de suministro seguro, acceso a reversión de sobredosis, albergues, atención de salud mental y coordinación transfronteriza. Condenar es más barato que cuidar, hasta que llega la factura de la ambulancia.

Del 1 de enero al 13 de mayo de 2026, la delegación de la Cruz Roja en Tijuana brindó 152 servicios relacionados con sobredosis. Esa cifra no es masiva comparada con el número nacional de muertes en EE. UU., pero es una señal de alarma local. Refleja la presión directa sobre los servicios de emergencia en una ciudad marcada por el tránsito constante entre México y Estados Unidos. Cada llamada es un punto donde la geopolítica se convierte en aliento, pulso, pánico y el esfuerzo por mantener a alguien con vida.

Una persona consume drogas en una calle de Tijuana, México.  EFE/Joebeth Terriquez 

Un problema binacional necesita honestidad binacional

El significado geopolítico para América Latina comienza con una inversión de culpas. Durante demasiado tiempo, el discurso político estadounidense ha tratado las crisis de drogas como invasiones extranjeras en vez de sistemas compartidos. Se culpa a México por el tráfico. A Centroamérica por la migración. A Sudamérica por la coca. Pero la demanda, las armas, el lavado de dinero, los fracasos farmacéuticos, la adicción no tratada y el colapso de la vivienda también son parte del circuito. Tijuana hace visible ese circuito.

El norte de México no es solo un corredor para sustancias que van al norte. Está absorbiendo las consecuencias humanas del colapso social estadounidense. Cuando estadounidenses cruzan a Tijuana porque San Diego es demasiado caro, porque las drogas son más fáciles de conseguir o porque pueden estirar sus beneficios más al sur, la frontera se convierte en un espejo. Estados Unidos no solo recibe drogas. También exporta vulnerabilidad.

Para México, esto crea un dilema de política difícil. El país debe proteger a su propia población del aumento del consumo de fentanilo, evitando al mismo tiempo un enfoque puramente punitivo que repita los fracasos de la guerra contra las drogas. La militarización puede interceptar algunos suministros, pero no trata la adicción. La deportación puede mover personas, pero no cura la dependencia. Los operativos fronterizos pueden satisfacer a la política, pero a menudo empujan a los más vulnerables a un peligro mayor.

Para América Latina, la lección es más amplia. La política de drogas no puede separarse de la política migratoria, de vivienda, de salud y de mercados laborales. La misma región a la que durante décadas se le ha pedido vigilar la oferta, ahora ve cómo el consumo, la pobreza y el desplazamiento cruzan fronteras de formas complejas. La era del fentanilo no es el viejo guion de la cocaína. Es más rápida, más letal, más sintética y menos contenida geográficamente.

Una respuesta seria requeriría prevención de sobredosis coordinada, datos de salud pública compartidos, acceso a tratamiento en ambos lados de la frontera y políticas diseñadas específicamente para ciudades como Tijuana, donde la gente vive en dos países aunque su cuerpo duerma en uno. Requeriría que Washington deje de usar a México como chivo expiatorio y reconozca su propio papel en la creación de la demanda y la exportación de la desesperanza. Requeriría que Ciudad de México entienda que el norte necesita herramientas específicas para la frontera, no abstracciones lejanas.

La frontera siempre se ha vendido como una línea de control. En la crisis del fentanilo en Tijuana, parece más bien una herida que ambos países siguen reabriendo. Las drogas cruzan. Las personas cruzan. El dinero cruza. El sufrimiento cruza. Lo único que no ha cruzado con suficiente urgencia es la responsabilidad.

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