Las horas de espera no solo sirven para ver expedientes. Sirven para tomarle el pulso al país. Al México de hasta abajo. El que contó Oscar Lewis la Familia Sánchez. El profundo
La sala de espera como espejo
Una mujer, llegada de Cofradía, habla sin levantar la voz:
“Hace 15 años le levantaron a mi hijo. Hoy tendría 40”.
Dice que sus nietos y sobrinos están ahora en eso. Fueron levantados para servir al crimen. Una vida bajo amenaza. Todos callan para seguir respirando . Nadie interrumpe. Nadie se sorprende.
“Así es, dice ella”.
Violencia como rutina
Otra mujer cuenta lo de “Rafa, el de Las Alicias”. No pudo subir la cuota de 300 a 500 mil pesos mensuales.
—Le cortaron una oreja —dice alguien—.
—Y también mataron al ayudante —responde otra.
—A lo mejor también a la mujer…
La frase flota, nadie confirma. Nadie duda. Todos atentos a la conversación y al llamado del consultorio:
“A los que nombre, tienen que ir al módulo 3….”
Enfermedades del cuerpo… y de la vida
Más allá, una señora reclama una operación de cataratas mal hecha. Otra espera turno para su hijo, que necesita cirugía de corazón.
Una vendedora de tamales cuenta que llegaron hombres armados: 20 mil pesos mensuales de cuota, exigieron.
“Es todo lo que gano… cuando hay”, dice.
El país que se escucha en voz baja
Un hombre, sentado al fondo, remata:
—El Dorado y el Pulpo ya pagan cuota…
Nadie pregunta más. Porque todos entienden.
Uno va al Seguro no solo a curarse el cuerpo. Va a medirle el pulso a la desgracia. A cargar historias. A cargar esperanza.
A veces la vida es más graves que cualquier diagnóstico. Pero el IMSS es el mejor lugar para sacar males que le duelen al alma, De los otros, se encargan los doctores.




