Hay condena, pero no justicia para Luis Enrique Ramírez

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Hoy hubo sentencia en el caso de Luis Enrique Ramírez: 19 años de prisión para su asesino. Lo escribo y no suena a justicia; suena, más bien, a algo que se queda corto, a una respuesta que llega pero no alcanza a explicar del todo lo que pasó.

Hace más de diez años llegué a Fuentes Fidedignas, y desde entonces el nombre de Luis Enrique no ha sido un recuerdo distante ni una referencia obligada, sino una presencia constante en la forma en la que se entiende este oficio, en los criterios que se sostienen y en las decisiones que se toman incluso cuando no son cómodas. Por eso, frente a una resolución como la de hoy, cuesta asumir que se trata de un cierre.

La familia lo dijo con claridad: el caso no está cerrado, y más allá de cualquier postura, hay algo que permanece evidente: el crimen no ha sido esclarecido en su totalidad. Existe una persona sentenciada, sí, pero eso no alcanza a explicar completamente lo ocurrido ni permite afirmar que todas las responsabilidades han sido determinadas.

Luis Enrique fue asesinado el 5 de mayo de 2022 en Culiacán, y desde entonces su ausencia no se ha vuelto costumbre; sigue siendo una presencia que pesa, que se cuela en la rutina, en la conversación, en la forma de mirar cada historia que pasa por esta redacción. Hay casos que el tiempo acomoda y hay otros que simplemente no terminan de encajar, y este es uno de ellos.

Porque una sentencia puede representar un avance, puede marcar un punto dentro del proceso judicial, pero no necesariamente significa que todo esté resuelto. Cerrar un caso implica entenderlo completo, tener claridad sobre lo que ocurrió y sobre todos los involucrados, y hoy esa claridad no está del todo.

No se trata de desestimar lo que se resolvió, sino de reconocer sus límites, de no confundir una condena con una explicación completa, de no dar por concluido algo que todavía deja preguntas abiertas. Desde aquí, desde el espacio que él construyó y desde la experiencia de haber crecido profesionalmente bajo esa línea editorial durante más de una década, esa diferencia no es menor, porque es justamente ahí donde se define si lo que hay es justicia o simplemente una parte de ella.

Y quizá por eso cuesta tanto quedarse solo con la cifra, con el número frío de una sentencia, cuando lo que sigue pesando no cabe en años ni en expedientes, sino en esa sensación persistente de que algo falta, de que la historia no está completa, de que hay ausencias que no se acomodan con resoluciones, y que mientras eso siga así, hablar de justicia siempre va a sentirse, inevitablemente, como algo que no termina de alcanzar.

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