Cuando el Carnaval era nuestro

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Ayer, día del Marido Oprimido, según lo marca el calendario carnestolendo, bajé a la pista de Olas Altas a mirar, a recordar y, en una de esas, a bailar…

Me dije para agarrar enjundia:

“Si subí el Faro tres veces en los último 2 meses, dícese el más alto del mundo, bien podría despachar con solvencia El Sinaloense. No como antes, de portería a portería, pero si en en una pista acotada de 8 metros cuadrados.

Tengo seguridad, pero ya no es la misma fe de antes, pero tampoco me rajo al estruendo del primer compás.

Después de unos años de no pararme en el escenario de Olas Altas, regresé porque tenía ganas de sentir la pista, pero principalmente el recuerdo.

Soy de la escuela del “Caballo Viejo”, pero si truena el Toro Mambo de la vieja escuela o “Seis Pies Abajo” de la nueva, el organismo responde con pulcritud y ritmo, se esmera. La memoria dibuja los pasos, los giros y florituras, sin perder la elegancia, en una fusión de danza rural y tango.

Una confesión: lo mío no es la banda cantada. Y lo digo con respeto, porque le tengo aprecio a Julio Preciado, quien después de Luis Pérez Meza —que hizo hablar a la tambora— tomó la estafeta y la sacó del rancho para llevarla a conciertos masivos en el Foro Sol, donde era venerado como “el Michael Jackson de Netza…” Y de ahí, a Europa, al mundo.

Me hablan de Pancho Barraza, de El Coyote, de El Mimoso, de Adán Ramírez, de Max Peraza, de Edén Muñoz, y me quedo en blanco. No los identifico. Si acaso respeto el pentagrama de Noé el “gato” Hernández de la Sánchez Celis con “Y llegaste tú …”, que me roza.

Me quedo con el sonido nítido de La Costeña de Ramón López Alvarado, con quien me cruzaba en los pasillos de Canal 7, donde yo dirigía el noticiero Nueva Imagen y él llegaba con su Costeña, ordenada y uniformada, al programa del compositor Braulio Benítez. La Costeña, con todo respeto, llenaba el espacio para compartirlo con la primera banda de Cruz Lizárraga .

Pero yo, siendo de arrabal, era cliente de La Mazatleca, agrupación todo terreno, que nos seguía en esa gran pista frente al mar, pagadas por adelantado 100 canciones a razón de 10 por cada uno de los 10 amigos que hacíamos la troupé carnavalesca.

Ahí sonaban el “Toro Mambo”, “Los Amores de Julia”, “Cinco de Chicle”, “El Niño Perdido”, “El Polvorón”, “Mil Palomas”, “El Mocho Lencho”, “El Becerro” o “La Basurita» que daban la vuelta en lo que hoy los jóvenes identifican como loop (repetición automática). Con un lote de 100 canciones, era imposible no repetir

Piezas que decían muchas cosas sin letra, con la pura tuba -a la que hay colocar justamente detrás de quien pide la canción-, la tambora y los pitos. Música que no necesitaba explicarse porque al bailarse, se entendía.

A los viejos nos critican la obsesiva cantaleta de que los tiempos pasados fueron mejores. No siempre. Pero en algo sí.

Cuando yo bailaba del escudo de Sinaloa al monumento al Venadito —de ida y vuelta— no necesitaba tener encima a la Guardia Nacional, al Ejército y a una corte real de policías locales. Y mucho menos en horario burocrático de media jornada (de 10 pm a 2: 00 am, como hoy). No había vallas, ni retenes, ni ese rumor de fondo que no es música sino tensión. Y mucho menos bajaban el telón tan temprano con sirenas ululantes para despejar el área. Esperar el amanecer era parte del ritual.

Hay diferencias en seguridad y gustos musicales. No me inspiran “La Chona”, “¿Qué es lo que quiere el negro?” o aquella descriptiva que empieza con un “no te lavaste el mono…”.

La banda sinaloense escaló a nivel mundial, es cierto. Conquistó mercados difíciles en Europa y en la Ciudad de México que es cumbiera, se profesionalizó, se volvió espectáculo, industria millonaria, marca de identidad. Y Mazatlan fue su cuna.

Pero algo se quedó en la orilla.

Tal vez soy yo. Tal vez es la edad. Tal vez es la música cuando se industrializa y pierde ese olor a salitre y cerveza derramada sobre la pista de Olas Altas.

Mariano Rivera Conde, de La Noria, Mazatlán, quién le abrió la puerta de la RCA Víctor a Cruz Lizárraga, lo dijo mejor que nadie:

“No hay mejor momento al final de la jornada que tomarse un cognac (o un mezcal de La Palma), entre cerrar los ojos para mirar el rayo verde y escuchar El Muchacho Alegre”.

Yo ayer bailé. Poco, pero bailé.

Y al volver a mi puente de mando, con los zapatos llenos de recuerdos, confirmé algo: no es que el pasado haya sido mejor. Es que era nuestro.

Saludos cordiales

MM

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