En el STASAC se habla hoy con insistencia de “consolidación”, de “unidad” y de “cuidar lo construido”. El problema es que, cuando esas palabras se repiten en exceso, suelen delatar lo contrario: desgaste, cerrazón y temor al relevo.
Las escenas recientes son elocuentes. Salvador Flores Acosta y Jorge Uriarte Obregón —figuras centrales del pasado sindical— reaparecen no como voces críticas ni como garantes de la pluralidad, sino como acompañantes de Julio Duarte, quien ya se mueve en abierta campaña anticipada por su reelección. No es un gesto menor ni una coincidencia: es la reedición de un modelo en el que el sindicato se concibe como patrimonio político y no como una representación viva y dinámica de los trabajadores.
Desde las plataformas oficiales del secretario general se presume cercanía, reuniones “de corazón”, celebraciones y encuentros con jubilados. Sin embargo, en la base sindical crece una inconformidad que no encuentra cauces formales. La contradicción es evidente: se habla de unidad, pero se cancelan mantas; se invoca el respeto a la historia, pero se inhibe la presencia pública de quienes legítimamente aspiran a sucederlo; se presume orden, pero se practica la campaña en horario laboral, aprovechando la investidura sindical para recorrer oficinas municipales.
Julio Duarte visita dependencias, saluda al personal, encabeza actos y se deja ver de manera constante. Todo ello mientras otras expresiones son marginadas o silenciadas. En los hechos, no hay piso parejo. Cuando un dirigente utiliza el cargo para promoverse y, al mismo tiempo, bloquea cualquier visibilidad alternativa, deja de ejercer liderazgo y comienza a administrar el poder desde la exclusión.
A ello se suma un elemento que merece precisión y, al mismo tiempo, una crítica más profunda. Los trabajadores eventuales no forman parte del sindicato y, por tanto, las decisiones sobre su salario, prestaciones o la cancelación del seguro de vida en diciembre de 2025 recaen directamente en el Ayuntamiento. Sin embargo, Julio Duarte acude con frecuencia a este sector, no para defenderlos institucionalmente —porque no puede ni le corresponde—, sino para engrosar actos, reuniones y eventos, incorporándolos como base simbólica de apoyo político.
Resulta triste, patético y lamentable que la familia de una trabajadora fallecida haya tenido que buscar apoyo por su cuenta, luego de que el Ayuntamiento cancelara en diciembre el seguro de vida a los trabajadores eventuales.
El problema no es solo jurídico, sino ético: se utilizan las carencias y la vulnerabilidad de los eventuales como escenografía política, mientras se guarda silencio frente a decisiones administrativas que los afectan gravemente. No se les representa, pero se les exhibe; no se les defiende, pero se les suma cuando conviene.
Mientras tanto, entre los sindicalizados persisten reclamos concretos: el retiro del apoyo de transporte a más de 130 trabajadores, el trato diferenciado entre grupos “consentidos” y la percepción de que el sindicato ha dejado de ser un contrapeso real para convertirse en un espacio de administración de privilegios. Todo ello envuelto en un discurso de “lealtad”, “responsabilidad” y “unidad” que cada vez convence a menos.
La historia del STASAC demuestra que ningún liderazgo ha sido eterno. Don Fito Montoya, Jorge Uriarte, Salvador Flores y Sergio Torres tuvieron periodos largos al frente del sindicato, pero todos enfrentaron el desgaste natural del poder. La diferencia es que, en otros momentos, la salida se dio —con tensiones, sí—, pero respetando un principio fundamental: la voluntad de los trabajadores expresada en las urnas.
Ese principio fue violentado de forma grave en 2020, cuando el grupo de Julio Duarte protagonizó uno de los episodios más oscuros en la vida democrática del sindicato. Aquella herida sigue abierta y explica, en buena medida, la cerrazón actual, el control excesivo y la desconfianza hacia la base.
Resulta especialmente preocupante que quienes encarnaron el pasado —Flores y Uriarte— hoy respalden sin matices un proyecto que reproduce los vicios históricos del sindicalismo: la apropiación del sindicato, la confusión entre consolidar y perpetuarse, y el uso político de las estructuras laborales.
El STASAC no necesita más ceremonias ni mensajes emotivos. Necesita renovación real, apertura democrática y una dirigencia que entienda que el sindicato no es propiedad de nadie. La unidad no se impone retirando mantas ni administrando silencios: se construye permitiendo la competencia, respetando la disidencia y reconociendo que el relevo no es traición, sino parte natural de la vida sindical.
Cuando un líder teme a sus posibles sucesores, no está cuidando lo construido: está evidenciando su agotamiento. Y cuando el pasado se organiza para bloquear el futuro, el resultado nunca es consolidación, sino estancamiento.
La historia del STASAC es clara: tarde o temprano, la base decide. La pregunta es si esta vez la dirigencia permitirá que esa decisión se exprese con libertad… o si volverá a apostar por el control, aun a costa de seguir deteriorando al sindicato.




