Culiacán sangra en un viernes de dolor infinito: hospitales y oficinas convertidos en trincheras

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Sinaloa sufre de desamparo e impunidad. El viernes 29 de agosto de 2025 quedará marcado en la memoria colectiva de Sinaloa no solo como un “viernes negro”, sino como un día en que se cruzaron límites impensables: las balas invadieron espacios de gobierno y de salud, edificios que deberían ser refugio y garantía de vida, no escenarios de terror.

En la Unidad de Servicios Estatales (USE), lugar donde acuden diariamente miles de ciudadanos a resolver trámites de identidad, licencias o registros, un hombre de 38 años fue perseguido y baleado, obligando a trabajadores y usuarios a resguardarse en pasillos que jamás fueron diseñados para resistir la violencia.

Horas más tarde, el Hospital Civil, ese espacio que simboliza la esperanza de quienes buscan sanar, se convirtió en campo de ejecución: cuatro muertos y cuatro heridos, entre ellos una menor de edad, son testigos silenciosos de un acto que despojó de sentido a la palabra “civilidad”.

Pero detrás de cada cifra, de cada titular, hay un eco que retumba con dolor: el del periodista Manuel Aceves, jefe de información de Línea Directa, quien tuvo que escribir sobre el asesinato de su propio tío, víctima colateral de la balacera en el Hospital Civil.

Sus palabras no son solo un lamento familiar, son el espejo de lo que millones de sinaloenses sienten: la rabia de vivir en un estado donde la violencia ya no respeta ni hospitales ni escuelas, donde el dolor se multiplica en cada hogar alcanzado por una bala perdida.

Lo sucedido este viernes no puede mirarse como una serie de hechos aislados. Fue también el día en que un joven de 18 años cayó asesinado en la colonia 8 de Febrero, un menor de 15 en una gasolinera, restos humanos fueron arrojados en Tepuche, un trabajador de Protección Civil fue privado de la libertad en Navolato, y la sierra volvió a ser estremecida por metrallas y explosiones. Como telón de fondo, madres buscadoras colocaban zapatos en el Palacio de Gobierno, reclamando la ausencia de quienes jamás volvieron a casa.

Estamos ante una guerra criminal que lleva más de un año enlutando a Sinaloa y que parece no encontrar freno. Una guerra que no solo disputa territorios, sino que ha invadido lo más sagrado: la vida cotidiana, los espacios públicos, la confianza de salir a la calle sin convertirse en daño colateral.

Lo político y lo social se entrelazan en un vacío doloroso. Las autoridades reportan aseguramientos de armas, explosivos y detenciones, pero la realidad es que cada semana los hoteles cierran, las familias se esconden y los niños aprenden a diferenciar el sonido de un cohete del de una ráfaga. ¿De qué sirven las cifras oficiales cuando en la práctica la gente sigue sintiéndose huérfana de Estado?

Culiacán y Sinaloa en su conjunto atraviesan una fractura cultural profunda: la normalización de la violencia. Lo extraordinario se volvió ordinario; la muerte dejó de ser noticia para transformarse en rutina. Y aun así, cada balacera en un hospital, cada ejecución frente a una gasolinera, cada bolsa negra con restos humanos, reabre la herida colectiva que nunca termina de cerrar.

Lo que duele no es solo lo que se perdió este viernes, sino lo que se sigue perdiendo: la posibilidad de que hospitales y oficinas sean lugares seguros, de que los jóvenes crezcan sin miedo, de que las familias convivan sin la sombra de la violencia. Lo que se reclama, más allá de estadísticas, es el derecho elemental a vivir.

Quizá la frase más honesta y desgarradora de este día la escribió Manuel Aceves: “Mi tío no era un delincuente, su único pecado fue estar sentado en una macetera del Hospital Civil.” Esa línea sintetiza la tragedia de un pueblo entero: en Sinaloa, hoy basta con estar en el lugar equivocado para que la violencia decida sobre la vida o la muerte.

Y eso, simplemente, es insoportable.
El mensaje completo de Manuel Aceves es un clamor que desgarra el alma:

“Estoy en shock, triste y destrozado. No solo yo, mi familia entera comparte este dolor. Mi tío no era un delincuente, su único “pecado” fue estar sentado en una macetera del Hospital Civil, y por desgracia, las balas de un atentado lo alcanzaron esta tarde-noche.
La noticia me la dio mi madre. Mi papá y mis tías están hechos pedazos. Es un dolor inmenso y me duele todavía más saber que la violencia sigue arrebatando vidas inocentes, dejando víctimas colaterales que nadie debería cargar.
Mi tío era un hombre bueno, alegre, dicharachero. Sufrió mucho en la vida por distintas razones, pero siempre fue un hombre de trabajo. Junto a mi primo realizaba labores de altruismo: cada fin de semana llevaban comida y atención a los migrantes en las vías del tren.
Hoy lo arrebataron de nuestra vida de la forma más injusta. Y lo que siento es rabia, impotencia y un coraje maldito que no me cabe en el pecho
.”

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